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FOTO DE LA SEMANA: “Interior del mercado de Oaxaca”.

La imagen fue capturada por Elsa Ivette Jiménez.

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Reseña de Lucía del Báltico por Eugenio Aguirre

Leer los textos de Gerardo Cornejo es un placer.
Con una trayectoria notable y un oficio largamente cultivado, Cornejo nos presenta una novela río de cuya corriente principal se desprenden varios afluentes que utiliza para contar breves pero sustanciosas biografías y el anecdotario variopinto derivado de las mismas con las que los personajes secundarios alimentan la novela.

Lucía del Báltico, estructurada a la manera del Decamerón de Boccaccio, del Heptamerón de Margarita de Navarra y de los Cuentos de Canterbury, se vale del confinamiento de los personajes en un espacio cerrado, la mesa 10 del comedor central del majestuoso trasatlántico Kungsholm, que realiza la travesía desde Nueva York a los principales puertos escandinavos, para inducirlos al relato de sus peripecias personales en un contexto aparentemente amable y divertido que esconde en sus entrañas el germen de una tragedia que se hace patente, aunque de manera sutil, a lo largo de la narración de la historia que sustenta la novela.

Viajeros que después de haber enfrentado los avatares de la migración forzosa para reinventar sus respectivas existencias en los confines de Norteamérica retornan a sus lugares de origen localizados en las comunidades noruegas, danesas y suecas, que Cornejo define con un conocimiento asombroso de la geografía de esas regiones del mundo, a fin de celebrar las fiestas navideñas con sus seres queridos y en los espacios que les son afines, se ven compelidos, gracias a los artilugios del escritor, a realizar una migración espiritual que va de lo íntimo a lo colectivo; esto es, a develar y divulgar los hechos de un pretérito que, por razones personales, han conservado y guardado a cal y canto como si fuese un tesoro o un arcón de sastre que contiene las vivencias sagradas que se verán expuestas a oídos ajenos, extraños, en una especie de terapia de grupo que los confronta con la riqueza y, en algunos casos, la miseria de sus caracteres dislocados.

Es en este marco, adobado con una liturgia gastronómica que despliega una superabundancia de manjares y consiente las aficiones etílicas de los comensales, que Cornejo relata una historia de amor entre los personajes torales, Gunilla Sundeman y  Brunello Nacarelli, misma que utiliza para hacer un contrapunto entre la introversión de la primera y la extroversión del segundo, explicar las diferencias conductuales entre la razas escandinavas y las mediterráneas, y hacer alarde de su conocimiento de la Italia piamontesa, en particular de la Toscana. Gerardo, así, no deja dudas acerca de su capacidad de observación sobre la forma en que se relacionan los seres humanos pertenecientes a culturas diferentes ni de la manera en que estos asumen sus compromisos emocionales en situaciones que no por ser típicas dejan de perturbar sus conciencias. Anécdota inocente y transitoria, si se quiere, que cobra una dimensión dramática en la medida en la que el narrador omnisciente acentúa los contrastes entre el carácter depresivo del personaje femenino y la exultación luminosa de su ocasional pareja, hasta desembocar en un marasmo sicológico que impedirá a Gunilla el retorno a la cordura y a los anclajes de la supervivencia.

Pero no debemos ponernos tristes. No todo es tragedia. Cornejo maneja el humor y sabe hacerlo bien. La presencia de la picaresca mexicana aflora constantemente, tanto en la complicidad de los comensales de la mesa transgresora, la célebre Távola diábola, para que el romance prosiga con su causalidad natural, como en los comentarios que estos hacen al discutir sus pormenores privados y hacer juicios de valor respecto de la experiencia ajena. Sí, a pesar de que una parte considerable de sus expresiones coloquiales, pícaras y mal intencionadas, están expresadas en la lengua de Petrarca, estas no están exentas de la doble intención que advertimos en los albures y requiebros mexicanos. Cornejo, no puede ni debe sustraerse de la influencia de Cervantes y menos de los malabarismos lingüísticos de don Francisco de Quevedo. Es, no puede negarlo, un escritor latinoamericano con la audacia y destreza suficientes para sumergirse en los aguajes del vodka y el aquavit y salir ileso.

Buen oficiante del arte de escribir, Gerardo, con el objeto de perfilar fielmente la apariencia física de sus personajes, recurre a descripciones puntuales: “Su cara se había afilado y su piel era ahora de una palidez casi trasparente”; descripciones que no sólo le sirven para trasmitir al lector el perfil anatómico de los mismos, sino para definir, con precisión sumaria, los perfiles sicológicos que surgen de sus respectivos intelectos y de su conformación emotiva. Le bastan unas cuantas pinceladas, unas sugerencias simples, para que el lector entienda las reacciones que estos tuvieron que esgrimir para enfrentar la ocupación de los nazis durante la gran conflagración que devastó Europa en sus respectivos países y el porqué de las respuestas de unos y otros al verse confrontados en los amargos años de la posguerra y en la reconstrucción de fronteras e identidades que Cornejo los obliga a efectuar a la hora de los brindis y las confesiones.

El sexo no está ausente del contexto. Una pintora danesa va a relatar sus experiencias artísticas con Pablo Picasso, mas sin obviar las actitudes misóginas, machistas, del genio, soberbio y demoledor, que la avasallaron, degradaron y sometieron al grado de verse obligada a salir huyendo. Por su parte, unas gemelas suecas serán nuestras ciceronas para guiarnos por el atractivo mundo de la pornografía, la prostitución y el erotismo libérrimo y desbocado. Universo fantasioso, en muchos casos artificial, que será muestra de la frivolidad y el desenfado que, usados con moderación, ponen la sal y pimienta en las vidas rutinarias. Como se decía en el anuncio comercial de una mayonesa: ¡Póngale lo sabroso!, Cornejo, sin cortapisas ni mojigaterías, supo ponerlo en su libro.

Hombre de la sierra y el viento, nuestro querido amigo y apreciado escritor está habituado a la contemplación de abismos irredentos y a recrear horizontes en los que los astros juegan en escarceos cósmicos a tocarse las manos, y donde las reverberaciones forman ecos visuales que, como las Lucías del Báltico, multiplican la realidad y la distorsionan al punto de convertir sus contornos en ficciones deslumbrantes. Por ello, no es extraña la habilidad de Gerardo para describir la fuerza, el misterio y el acento del lenguaje de las profundidades oceánicas y tampoco, para hacernos contemplar los prodigios de la Aurora Boreal y la belleza de los fiordos y de las ínsulas que conforman el archipiélago escandinavo.

Lucía del Báltico es así una novela atractiva, bien escrita, cuya lectura recomiendo ampliamente.

Felicito de todo corazón a su autor Gerardo Cornejo y a esos “indios-escandinavos”, que presumo sus hijos, por el testimonio apasionado y vital que su padre les ha legado.