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FOTO DE LA SEMANA: “Reina del Amazonas”

Imagen capturada por Inés Martínez de Castro en Amazonia colombiana, julio de 2013.

 

 

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

Lucía del Báltico. Capítulo III: El aventurero noruego

¡Faen helvetes drilt!–, exclamó Asbjorn Ludvig Pedersen al sentir que el pedal del freno se hundía hasta el fondo sin obedecer y el decrépito Nash, que traía prestado, chocaba levemente contra la defensa trasera del elegantísimo Packard blanco que estaba cargando gasolina en la bomba de adelante. De inmediato, saltó a tierra, alarmada, una hermosa mujer de ojos brunos que se clavaron, cuestionantes, en los suyos. Suspensos, ambos sintieron que una especie de chispazo cósmico los sacaba del tiempo y del espacio para meterlos en el campo de fuerzas del destino. Asbjorn, sabiendo que él tenía que decir las primeras palabras y que, para colmo, debían ser en español, acudió desesperadamente a su memoria. Y a velocidades siderales, recobró el recuerdo de la frase salvadora que su amigo-socio le había enseñado asegurándole que era lo que uno tenía que decir a las damas argentinas cuando se viera precisado a disculparse con ellas.

Así que la recordó, y sin saber las consecuencias ni entender su grave significado, se la soltó de frente, ¿Te quierres casarr conmigo?

Chela Gómez Clara van der Wall “pintora romántica hija de un gran pintor y famoso escultor cordobés y una holandesa que murió sola y renegada en una casa de campo de la familia rodeada de treinta y tres óleos de gigantescas proporciones con escenas religiosas y trágicas de historia bíblica” (según platica Duncan Pedersen) entre extrañada y divertida, se quedó muda y sólo acertó a recordar el compromiso matrimonial recién contraído con el rico estanciero de la provincia de Entre Ríos que era dueño de aquel ostentoso Packard ahora ligeramente abollado. Sin embargo, la súbita mirada azul de aquel extraño rubio desorientado y la descabellada propuesta pergeñada en aquel rudo acento gutural, imantó su curiosidad con una fuerza que la obligó a pedirle, medio en broma, que repitiera lo que acababa de decir. Él, con el candor de la ignorancia, repitió la frase creyéndola una formalidad de mera cortesía. Y, remendando excusas en noruespañol le pidió su número telefónico. Entonces la bella cordobesa-holandesa, “todavía chocada (física y emocionalmente)” tuvo que apelar a la mnemotecnia para recordar el número de teléfono de la casa familiar. El número era el 99013 y la regla recordatoria inventada por algún desmemoriado de la familia, era “casi cien, nada, fraile”. Asbjorn miró la tarjeta y el número y pausadamente sacó del bolsillo su libreta roja de aviador de la Fuerza Aérea Noruega, en la que, por encima de su fotografía, resaltaba el número de registro, ¡99013!. Ambos se quedaron paralizados, pero esta vez no por el choque de sus miradas, sino por la broma insólita que les jugaba el destino.

Porque Asbjorn Ludvig Pedersen, como buen noruego que se respete, se había lanzado a los océanos y a los cielos del mundo desde su primera juventud. Para cuando cumplía su segunda década, ya había abandonado su nativa Halden y navegado buena parte de las profundidades azulnegras de los mares nórdicos y para cuando entraba en su tercera, ya era ingeniero y piloto de la Real Fuerza Aérea Noruega y había sobrevolado gran parte de los territorios de bruma, de hielo y de tundra. Era pues, uno de los que, según el dicho noruego, “viajan trece meses al año”.  Estaba visto que su cepa vikinga no lo dejaría quieto porque, unos cuantos años después, ya formaba parte del equipo de aventureros de su tío abuelo, el gran explorador Roald Amundsen, quien había realizado la alucinante proeza de descubrir el Polo Sur allá por el año de 1911.

Cuando Asbjorn recobra todo esto en su memoria, se emociona y, causando desazón entre los oyentes de La Mesa 10, suspende por momentos su narración. La presión para continuar le llega acompañada de una copita de líquido cristalino y poderoso y entonces accede a recordar que había sido por aquellos tiempos cuando comenzara una sociedad con Amundsen que los llevaría a la insólita aventura de establecer una compañía para transportar carga y pasajeros en zeppelines entre Buenos Aires, Río de Janeiro y varias ciudades europeas. Y parece que la cosa comenzó más o menos así…

En los muelle de Stavanger, un hormiguero de marinos animosos traficaba por almacenes, escalas y puentes poseídos por el febril sentimiento de inminencia que precede a los grandes viajes. Preparaban, desde días atrás, la salida de “Nordfjord” hacia remotos mares sudamericanos. Así que no tuvo que trajinar mucho para averiguar su itinerario y asegurarse una posición enrre los oficiales que le diera la oportunidad de explorar, en cada puerto, las posibilidades de escala para los dirigibles, no sólo para bajar y levantar pasajeros y carga, sino para colocar pedidos de teodolitos, paracaídas y periscopios que la compañía vendería a lo largo de la ruta.

Y una mañana neblinosa se sorprendió a sí mismo, sobre la popa, despidiendo con la mirada las siluetas montañosas que bordean el Lyserfjord y queriendo imprimir en su memoria la inefable imagen visual de su Noruega marítima.

Días más tarde, rodeaban por el norte de las Islas Británicas y enderezaban rumbo hacia el sur para dejar Europa al oriente y bordear la enorme prominencia atlántica del África. Desde esa posición, les fue inevitable que los marineros soltaran su imaginación hacia las palmeras esbeltas de las Islas Madeiras; los acantilados amarillos de las Canarias; el tórrido verdor del Trópico de Cáncer y del Cabo Blanco y las rojizas arenas de las costas de Mauritania. Finalmente arribarían a las Cabo Verde donde harían la primera pausa. Había que reestablecer las necesidades de la nave y reavivar los ánimos de la tripulació que ya eructaba el interminable azul marino y soñaba con el verdor terrestre.

Y una vez saciado el barco de aceites y combustibles traídos en grandes buque-tanques desde el proveedor vecino continental de Dakar; una vez restablecidos los marinos de “la saturación azul” y una vez reavivadas las ambiciones de los que comerciarían con sus cargamentos, una mañana cristalina fijaron quilla rumbo al suroeste y comenzaron a desplazarse serenamente sobre las profundidades azulclaras de la Depresión de Cabo Verde.

Días después, cuando navegaban sobre las profundidades que arropan la Cordillera del Medio Atlántico, Asbjorn ya había entrado de lleno en sus lecturas pendientes con el fin de familiarizarse con la otredad latinoamericana. Y, sorprendido, entró en un estado de continuo descubrimiento por un mundo multicultural, multitétnico y multicolor que lo atrapó desde el principio y lo transportó a ciudades míticas y milenarias, a urbes modernas y sobrepobladas, a selvas insondables y ríos continentales; a montañas planetarias y a bestias que, para él, todavía no tenían nombre. Nadie le había advertido sobre aquella inacabable diversidad geográfica y humana y, absorto, saltaba de asombro en asombro, estableciendo, sin saberlo, las bases de las que serían, muchos años después, las pasiones y fascinaciones permanentes de su vida, la Arqueología, la Paleontología y la vastedad territorial de la Patagonia.

Se le esfumaron así los días azules hasta que, para su sorpresa, le anunciaron que navegaban ya sobre la Depresión Abismal de Pernambuco y que muy pronto avistarían las verdes costas del Brasil. La imaginación se le escapó tierra adentro al escuchar los exóticos nombres de Natal, Recife, Joao Pessoa, Campina Grande y Juazeiro do Norte, y no despegó la vista de la costa hasta que una tarde caliente y soporosa, entraban por fin al abigarrado tráfago portuario de Salvador Bahía de Todos los Santos.

Allí constató, por primera vez, el encano del desorden. Lo disfrutó unos días sin tener que rendir cuentas a nadie y una vez que estudió la plaza, estableció los contactos iniciales y valoró la pertinencia de aquella escala para los proyectos de su compañía, estuvo listo para continuar el viaje en un barco que, ya alivianado de fardos y de maquinaria, podría acelerar nudos hacia más al sur.

Desde la entrada a la gran Bahía de Guanabara, enmarcada entre elevadísimos morros rocosos y casi verticales, supo que aquello iba a sobrepasar todos los asombros que la imaginación le había estimulado durante sus lecturas de travesía. Y muy pronto lo comprobó porque a los dos días de estar allí ya había caído en el embrujo de una ciudad que, con sus bahías azules enmarcadas entre montañas verdes y ribeteadas de playas blancas, estaba más allá de lo descriptible. Abundaban, además, sus olores tropicales, sus bebidas bravas y sus comidas exóticas. Pero, sobre todo, el cadencioso vaivén de las caderas torneadas de miles de mulatas que paseaban su frondosidad frutal por las calles y las plazas. Por eso fue que comenzó a dudar de la necesidad de continuar el viaje hasta la Argentina y trató, con insistencia, de convencer al capitán de que permanecieran unos días más en aquel fascinante tráfago portuario y turístico para completar sus “exploraciones”. Lo único que consiguió fue que aquel  le recordara, con energía, las obligaciones de las tripulaciones ante las compañías navieras y el respeto que debían a la embarcación misma que, “es como tu hogar, tu domicilio y tu patria viajera misma, a la que debes lealtad y cariño”.

Eso fue lo que hizo que su sentido del deber lo rescatara de la fascinación ya cuando el Nordfjord se preparaba para levar anclas.

Y por fin, una mañana soleada sus ojos de nativo de “el norte de más al norte”, avistaron, a orillas de un gran río-mar turbio y reposado, la metrópoli de “el sur del más al sur” que la compañía había marcado como el destino final de la ruta.

Y aquí es donde Asbjorn Ludvig pierde otra vez el hilo de su relato invadido por un aluvión de recuerdo del que lo rescata doña Chela con una de sus características miradas temperamentales.

̶ Momento mujer ̶   replica él –es que se me acabó el Aquavit y el café con canela –cosa que Brunello, siempre pendiente, remedió de inmediato y…

Y el caso es que cuando se encontraba en Buenos Aires negociando los primeros contratos, recibió noticias de que Amundsen se había perdido sobrevolando la inmensidad helada del Polo Norte mientras intentaba rescatar la extraviada expedición de Nobile. Nunca más se sabría de él y Asbjorn se quedaría por eso, sin socio y sin empresa.

Luchó por remediar la situación por algún tiempo, hasta que el desastre de Hindenburg y la aparición de nuevos aparatos de volar más pesados que el aire, le dieron la puntilla a los zeppelines como medio de transporte. Entonces decidió quedaese por algún tiempo en aquel país extraño, sin hablar el idioma, sin conocer a nadie y sin recursos para continuar su aventura.

Poco después, aparecería en Córdoba ya embarcado en proyectos arqueológico y expediciones rupestres que más adelante lo llevarían hasta el extremos sur del mundo.

“Pero esa, es historia que debe contarse aparte” le reviró doña Chela, Y…

Y el caso es que… ¡que fue precisamente durante una calurosa tarde cordobesa cuando vino a suceder aquello del venturoso choquecito en la gasolinera; de la fulminante mirada; del chispazo cósmico de los dos números, y… y del predestinado “encuentro de dos mundos y dos tiempos diferentes”!

̶ ¡Yaaa yaaa ̶ ,  protestó Nikáen es creíble que broten amores instantáneos y esas cosas, ¿pero matrimonios?…!

̶ Ya pues, dejen de interrumpirlo ̶    protestó Vibeke ¡Adelande Asbjorn por favor!

Bueno pues resultó que a las cuantas semanas del incidente en la gasolinera, esta beldad argentina (ya sin Packard prestado) y yo, cometíamos matrimonio en la casa grande de su familia y…

¡Y hasta ahora!  ̶ remató ella ̶   seguimos preguntándole al azar cómo arregló el choquecito aquel y el numerito que nos puso a tiro para que pudieran darse, en cosa de segundos, todas las conjunciones siderales precisas para que ocurriera aquel inesperado e irreversible “golpe de vista”.

Y estaban todos por aplaudir a los Pedersen cuando el capitán de meseros envió a Brunello la consabida mirada de que ya no sirviera más tragos.