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FOTO DE LA SEMANA: “Ojos de búho”

La imagen fue capturada por Pedro Yáñez.

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

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Coyuntura difícil

 Álvaro Bracamonte Sierra*

 

El momento que se vive en el país es especialmente delicado y preocupante. A ello se suma, como si algo faltara, el que casi todos los actores centrales del acontecer nacional exhiben un profundo descrédito justo cuando lo complicado de la coyuntura requiere liderazgos legitimados, capaces de dar certeza ante tanta turbulencia.

Los partidos y sus dirigentes, en general, están reprobados por la opinión pública y por su propia militancia; la inmensa mayoría de los gobernadores estatales resiente la desconfianza ciudadana que les reprocha el despilfarro presupuestal y acciones de mal gobierno. Los operadores políticos se muestran incapaces de atemperar el crispado ambiente que se respira: el conflicto los ha rebasado. Los líderes sindicales tradicionales y de las viejas centrales campesinas trastabillan penosamente al intentar hacer frente al reclamo de sus agremiados; incluso la presidencia de la República no ofrece respuestas o no reacciona atinadamente: calla o se escurre.

La institución presidencial, tan omnipresente y dominante hasta hace unos años, es hoy una sombra de lo que fue. No es un problema que atañe al actual mandatario; priistas y panistas se encargaron de dinamitar ese imaginario representado por la figura del presidente. Cierto que es correcto su achicamiento: es una premisa saludable para un régimen que se precie de democrático y de contar con instituciones robustas. Pero en temporada de reformas de gran calado como las aprobadas recientemente y las que están en discusión, se extraña un mandatario sólido y legitimado. Desde luego que este vacío fuera fácilmente salvable si contáramos con espacios apropiados para la confección de soluciones a las múltiples querellas y tensiones que está acarreando el rediseño nacional en marcha.

Precisamente porque nos encontramos en este tipo de coyuntura es que crece la desconfianza ante la incertidumbre que despierta el surgimiento de nuevas reglas que regularían la interacción futura entre los mexicanos; la creciente suspicacia hace temer el naufragio de esta supuesta refundación frente al embate opositor que la considera lesiva para la población.

La ausencia de liderazgos en una coyuntura de cambio institucional se da en medio de una dura crisis social y de una inesperada, pero no por eso menos peligrosa, crisis económica. De la primera da cuenta la extrema desconfianza que priva entre los mexicanos. En una conferencia impartida recientemente en Hermosillo, Federico Reyes Heroles daba a conocer los resultados de un estudio que revela que el 70 por ciento de los mexicanos no confía en los otros mexicanos. Esta lamentable situación responde sobre todo a la percepción de que priva la impunidad y se vincula también a la ominosa inseguridad que afecta a prácticamente todo el territorio nacional: la aún joven administración peñanietista no ha podido frenar el río de sangre que lastima a la sociedad; de hecho, todo indica que se ha incrementado en los meses de reinstalación priista.

La desaceleración económica es, por otra parte, de tal dimensión, que los organismos internacionales especializados en temas financieros coinciden en señalar que México cruza un bache profundo que pudiera deteriorar de forma irreversible la planta productiva. Como consecuencia, el desempleo crece y la precariedad urbana y rural es cada vez más penosa, lo que además abona, con justa razón, a la protesta de los maestros y trabajadores que se oponen a las reformas acordadas por el Gobierno federal en el Pacto por México.

Tan delicadas circunstancias obligan a reflexionar qué tan conveniente es forzar la aprobación de las leyes secundarias en materia educativa, o la energética y fiscal, cuando surcamos una zona de turbulencia social y económica. No pocos expertos sostienen que en una atmósfera de dificultades sociales resulta contraindicado impulsar una agenda de reformas tan ambiciosa como la que está en curso.

La población se vuelve reactiva en situaciones de alta tensión. Una polarización de dicha naturaleza provee una base social formidable a quienes dudan de las bondades que se supone acompañan a las reformas en proceso. Que urgen cambios en la estructura institucional, nadie en su sano juicio lo pone en duda; en donde no hay consenso es en el tipo de transformaciones que se necesitan en un país en proceso de refundación. La definición en estos asuntos requiere discutirse con libertad, sin prisas pero sin pausas. El entorno de crispación observado no es el mejor ambiente para un debate serio y objetivo del que emanarían las acciones requeridas para redefinir el rumbo de México. Tomar malas decisiones condenaría a las próximas generaciones a un subdesarrollo aún más adverso, que de ninguna manera se merecen. .

*Doctor en Economía. Profesor-Investigador de El Colegio de Sonora.