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FOTO DE LA SEMANA: “Las casas de Xochimilco”

La imagen fue capturada por Ramón Romero.

 

 

 

 

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

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El Grito y los desastres naturales

 

*Álvaro Bracamonte Sierra

El protocolo se cumplió como marca el programa establecido años atrás. No hubo ninguna sorpresa; no hubo, como en otras ocasiones, alusiones al proceso de transformación que empuja su gobierno; nada, ni siquiera una sonrisa más allá de lo estrictamente indispensable. No la hubo pese a que era su primer Grito de Independencia, acto que de alguna forma evoca el liderazgo presidencial en un evento solemne que se vuelve fiesta popular. Había motivos de sobra para un gesto de entusiasmo desbordado, sobre todo porque el ritual estuvo en riesgo luego de que los maestros de la CNTE se resistían a desalojar el Zócalo. Apenas un par de días antes los mentores liberaron la plaza e hicieron posible que se realizara el rito celebratorio. Pero el Presidente no estaba jubiloso; su semblante denotaba una inquietud que no podía disimular.

Las causas de esa aparente intranquilidad pudieran ser muchas: al principio pensé que se trataba del nerviosismo normal que surge cuando se hace una cosa por primera vez; después supuse que la preocupación seguramente derivaba de la severa desaceleración económica, a duras penas aceptada por su equipo financiero. Luego caí en cuenta de que su pesar se explicaba porque la violencia, lejos de amainar, crece no obstante el cambio de estrategia aplicado por su administración; a esto añadí la creciente inconformidad surgida tras conocerse los detalles de su propuesta de reforma hacendaria que no han dejado un buen sabor de boca ni siquiera entre sus propios correligionarios.

Es probable que Peña Nieto estuviera mortificado por el futuro incierto de la reforma energética, pues los opositores se preparan para la que consideran la madre de todas las batallas. O tal vez su cara de circunstancia se debía a que las movilizaciones de los profesores coincidirán inevitablemente con las manifestaciones anunciadas por la izquierda en rechazo a la privatización de la renta petrolera. En fin, si bien había motivos para estar alegre, eran muchos más los que abonaron a descomponer su afilado rostro.

A los problemas enlistados podemos agregar uno más que explicaría el rictus de inquietud mostrada: la noche del 15 de septiembre una lluvia pertinaz caía sobre los rostros de los miles de mexicanos que asistieron a la plancha del Zócalo. Esa lluvia era, ahora sabemos, producto de los huracanes Ingrid y Manuel que ya para esa negra hora azotaban las costas del Golfo de México y de gran parte del litoral oaxaqueño, jalisciense y particularmente del estado de Guerrero. Quiero suponer que estos fenómenos naturales afligían al mandatario quien minutos antes fue informado de la dimensión de los estragos que estaban causando.

Pocas veces en la historia se ha registrado la coincidencia de dos fenómenos como éstos: Por el Golfo de México, la tormenta Ingrid, y por la costa del Pacifico, el huracán Manuel. Más de cien muertos es la numeralia fatal hasta ahora; miles de casas arrasadas por la fuerza de las aguas; las carreteras en esa parte del país están prácticamente destruidas; el 95 por ciento de las caminos rurales de Cabo Corriente literalmente desaparecieron. Sólo dos entidades (entre ellas Sonora), no fueron afectadas por los fenómenos naturales.

El recuento de los daños es incalculable. Se habla, por ejemplo, de que se requieren cinco mil millones de pesos sólo para mitigar en algo la destrucción en la zona acapulqueña. Manlio Fabio Beltrones, líder de los diputados priistas, adelantó que el presupuesto de egresos 2014 considerará partidas especiales para la reconstrucción de la red carretera y la restauración urbana, en particular del destino turístico guerrerense.

Pero “Manuel” no se desvaneció en esa región del Pacífico, alcanzó a llegar a Sinaloa. Afortunadamente no tocó a Sonora como inicialmente vaticinaban los expertos. A los “culichis” los golpeó con una rudeza brutal. Pese a que estaban advertidos, confiaban en que no les llegaría con tal fuerza. Los testimonios de los damnificados son conmovedores y la destrucción enorme. Por ejemplo, las instalaciones del CIAD Culiacán quedaron totalmente inundadas; las pérdidas materiales se calculan en no menos de cinco millones de dólares, pues los equipos de laboratorio quedaron dañados irreversiblemente.

Qué triste realidad experimentan nuestros hermanos sinaloenses y del sur del país, pero qué bueno que el huracán no logró llegar a Sonora. Los estragos hubieran sido muchos y escasa la capacidad para solventarlos habida cuenta de las dificultades financieras que enfrenta el gobierno estatal y considerando también que con la actual división que prevalece entre los sonorenses no se vislumbraba una fluida comunicación entre Estado y municipios tan es necesaria para enfrentar dichos desastres.

*Doctor en Economía. Profesor-Investigador de El Colegio de Sonora.