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FOTO DE LA SEMANA: Pueblos de la Sierra

La imagen fue capturada por Inés Martínez de Castro.

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

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“Agua, poder y escasez” por Esther Padilla

Palabras para la presentación del libro Agua, poder y escasez. La construcción social del territorio en un ejido sonorense, publicado por El Colegio de Sonora, en Hermosillo, en diciembre de 2012.

En San Miguel de Hoorcasitas, Sonora, el 11 de octubre de 2013

 

Buenas tardes. Agradezco la presencia de todos ustedes aquí y la voluntad de quienes organizaron este evento, tanto de El Colegio de Sonora, en Hermosillo y el área de Difusión Cultural, como las autoridades del ayuntamiento aquí en San Miguel. De manera especial agradezco la presencia del doctor Ignacio Almada. Nosotros hemos querido venir sencillamente para compartir el resultado de una investigación que se originó aquí en San Miguel y también en Los Ángeles, y que gracias a la colaboración de varios vecinos de estos pueblos fue posible realizar y llevarla a buen término. Después, esta investigación, sus resultados, tomaron la forma de libro, y para presentar a ustedes este libro, estamos aquí esta tarde. Considero que esta experiencia de presentar un libro es importante ya que involucra el esfuerzo de muchas personas, y como todo objeto cultural, un libro da cuenta de la vida social de muchas otras, entonces quiero aprovechar esta ocasión para compartir algunas cuestiones relacionadas con su elaboración.

Este libro  tiene que ver con la historia social de este lugar y también con la del pueblo de Los Ángeles, y de varias maneras también con este valle del río San Miguel. Como sabemos, la historia de estos lugares es grande. Se remonta muchos años en el tiempo, y si comenzamos en un periodo anterior a la llegada de los españoles, podemos decir que por estos territorios transitaron grupos étnicos que afortunadamente subsisten, como los seris, claro, en condiciones muy distintas; también transitaron por aquí otros grupos étnicos que vivieron procesos de mestizaje muy profundos, como los pimas bajos.

Como se sabe, San Miguel tuvo su origen en un fundo minero y luego creció de manera importante al relocalizarse aquí el presidio del Pitic y establecerse la capital de la Gubernatura de Sonora y Sinaloa, lo cual aceleró el poblamiento hispano. Así, en el siglo XVIII y sobre todo durante el XIX, esta villa sonorense se convirtió en el centro productivo y comercial de la región central de Sonora. Sin embargo, al despuntar el siglo XX ya las condiciones económicas y políticas habían cambiado, y también se había modificado sustantivamente la situación privilegiada que antes tuviera San Miguel de Horcasitas, sin embargo, en nuestros días sigue siendo un lugar donde la producción agropecuaria es la actividad económica dominante, sujeta –como siempre– a los vaivenes del desarrollo económico, político y también de tipo climatológico.

Por su parte, el pueblo de Los Ángeles tuvo su origen al conformarse una misión jesuita que congregó a indios seris del grupo salineros. Al fundarse el presidio de San Miguel (entre las misiones del Pópulo y Los Ángeles) se expropió una parte considerable del territorio de estas dos localidades para dar lugar al repartimiento de tierras comunales en beneficio de soldados y colonos españoles. Con los procesos de concentración y privatización de la tierra entre los siglos XVIII y XIX, el territorio de Los Ángeles pasó a manos de diferentes propietarios. Ahí, Manuel Íñigo y sus socios instalaron en 1836 una fábrica textil, que al paso del tiempo cambió de propietarios y de condiciones productivas hasta que se quemó o fue intencionalmente quemada –como reportan algunos testimonios orales– en 1941, cuando se llamaba “Fábrica de Hilados y Tejidos de Los Ángeles” y operaba bajo la denominación social “Compañía Industrial del Pacífico, S. A.”.

Las características del pueblo de Los Ángeles estaban muy relacionadas con la presencia de esta fábrica, y en las primeras décadas del siglo XX una parte importante de la población de este lugar estaba adscrita a la textil. La dinámica local era en gran medida expresión de esa actividad económica. Sin embargo, en este pueblo también se desarrollaba una actividad agropecuaria que daba vida a algunos nativos del lugar, quienes producían alimentos en pequeños predios localizados sobre la margen del río y reproducían ganado en las partes elevadas del territorio.

En estos territorios se desarrollan los procesos relacionados con la conformación del ejido de San Miguel de Horcasitas y de su anexo Los Ángeles, que es de lo que da cuenta en buena medida este libro: cómo se formó el ejido, cómo se formó el anexo, cuáles fueron los obstáculos que enfrentaron quienes asumieron esta tarea, y cómo los fueron salvando hasta que en 1935 se dictó el Mandato de posesión de tierras para el ejido. Más adelante, vemos que a partir de que se constituye esta nueva territorialidad, se desencadena una competencia por el agua, porque a partir de entonces hay un nuevo actor social que precisa del acceso al agua para poder existir.

En San Miguel se presentaron situaciones en las que tanto ejidatarios como pequeños propietarios debían llegar a acuerdos respecto de cómo distribuir el agua captada por El Bacajúsari. En Los Ángeles se inició la “pelea” por obtener agua del río San Miguel, ya que entonces el agua del río que pasaba por el pueblo sólo beneficiaba a los hacendados de aguas abajo, de haciendas como Cerro Pelón, Codórachi, La Labor, El Carmen, El Zacatón, El Alamito. Esta lucha por el agua fue fundamental porque era indispensable para hacer producir la tierra. Luego apareció en el ejido el tema del agua escasa, en el contexto de una sequía que inicia aproximadamente en 1944 y que se prolonga hasta 1957. En estos años la confrontación por el acceso al agua se recrudece, porque al disminuir su disponibilidad natural, empieza a aparecer el tema de cómo se va a distribuir esa menor cantidad de agua: entre quiénes y cómo.

Y esta es quizá la parte nodal de este trabajo, es decir, el mostrar qué hacen los involucrados en la situación, cómo la resuelven. En uno de estos territorios la distribución del agua es más equitativa, y en el otro es más desigual, y esto tiene que ver con las alianzas que se establecen al interior de los grupos sociales, con el tipo de organización que se genera al interior, pero también tiene que ver con las relaciones que cada uno de estos grupos establece con el exterior, con las instancias agrarias o con representantes de los diferentes niveles de gobierno. Es importante señalar que este es un trabajo de carácter histórico, sin embargo sabemos que su lectura puede ser útil no sólo para conocer lo que ocurrió en el pasado en este territorio específico del estado de Sonora, sino para comprender el desarrollo de procesos contemporáneos similares en otros lugares, porque en el libro se plantea que la escasez del agua no está relacionada sólo con aspectos de tipo climatológico, sino que con frecuencia la escasez de este recurso —que llegan a padecer numerosos individuos o grupos sociales—, es producto de las relaciones que se establecen entre los seres humanos.

De tal manera que si en algún contexto específico se produce una disminución en el volumen de agua que la gente del lugar está acostumbrada a usar, entonces dependerá del tipo de relaciones establecidas entre las personas de ese lugar, incluso con la gente de fuera, para que la cantidad de agua de que se dispone se distribuya de manera equitativa o no. Esta temática está presente en el libro. Digamos que a través de los procesos ocurridos en San Miguel y en Los Ángeles, pudimos aprender que la escasez de agua no tiene sólo que ver con cuestiones climatológicas.

También quiero comentar que la primera vez que visité esta zona, venía con cierta información de contexto —comentarios acerca de que estos lugares estaban casi despoblados, que eran como especie de pueblos fantasmas—. Afortunadamente yo no vi eso. En lugar de esas descripciones, lo que yo encontré el 9 de octubre de 2005, hace justamente ocho años, fue un poco más;  un lugar reverdecido por las lluvias, adornado con una cadena de cerros que bordeaba el camino. Este era un camino en muchos tramos arbolado, a lo largo del cual era posible apreciar vestigios de épocas pasadas: acequias desgastadas, muros gruesos derruidos, antiguas construcciones elevadas como el molino de Codórachi, El Fénix, grandes árboles, viejos bebederos de madera de mezquite, carretas tiradas por caballos. En fin, recuerdo también eso que he visto siempre en diferentes lugares de Sonora: asientos viejos, tambaleantes, sillas o sillones que soportan a cualquiera que esté dispuesto a compartir una conversación; no importan las condiciones del asiento mientras haya dos o más personas con la “gana” de conversar.

En esa ocasión me topé también con miradas intensas, como las que veo ahora, miradas que planteaban preguntas, “¿quién eres?” o “¿qué haces aquí, de dónde vienes?”. Esas miradas y otras expresiones de sociabilidad como los saludos y las sonrisas eran una invitación para conversar. Y recuerdo que después, cuando ya había disfrutado de los primeros encuentros con la gente de estos lugares, Catalina Pino me dijo, mientras tostaba café, que ella había visto hacer el camino por el cual yo había llegado. Dijo: “Yo lo vi hacer y no cualquiera lo vio. Yo estaba allá arriba, en el cerro donde está la cruz, y veía los pedazos que volaban con la pólvora. Tendría unos siete años”. Ciertamente yo nunca antes había estado antes aquí, pero el mundo rural no me era ajeno, yo crecí en un ejido hidalguense, soy nieta de un ejidatario que obtuvo la tierra —como se obtuvo aquí— durante el cardenismo, y fue un logro alcanzado a base de empuje, de organización social, de constancia. Así que de alguna manera tenía la certeza de conocer un poco al menos, este mundo rural.

Comencé haciendo entrevistas. Para mí sigue siendo la parte más significativa del trabajo que hice, porque pienso que los testimonios de los hombres que han vivido realidades concretas, describen siempre cosas importantes, expresan fragmentos de la vida social, manifiestan hechos y procesos en los que se vieron involucrados no sólo los entrevistados, sino grupos sociales en épocas pasadas, y muchas de las experiencias que las personas vivieron y que describen con sus palabras, con frecuencia no están registradas en los papeles. Aunque la memoria es selectiva, a través de un testimonio oral se pueden conocer las percepciones de quienes han vivido determinados procesos, y también se puede obtener valiosa información sobre sus acciones y las acciones de otros con quienes compartieron un mismo proceso. Es una forma de recuperar el pasado desde el presente; de conocer la percepción de los saldos, la mirada en retrospectiva de la gente que desde un momento en el presente puede y quiere mirar ‘atrás’ y observar —a la distancia— sus propias acciones y las acciones de otros, y sacar conclusiones sobre lo que pasó y por qué ocurrió de esa manera.

Creo que cuando la gente se sienta a reflexionar sobre su pasado, cuando tiene la oportunidad de reflexionar en voz alta alrededor del mismo, puede aprender de él. Y de esta manera recogí los testimonios de personas tan valiosas como Beatriz Álvarez, Ramona Ánzar, Ignacio Arvizu, Francisco Bravo, Manuel Campillo, José Carranza, Jesús Cázares, Salvador Contreras, Miguel Gallardo, Tirso Gutiérrez, Virginia Islas López, Roberto Jiménez, Luis Francisco López, María de los Ángeles López Badilla, Catalina Pino, César de la Rosa, Jesús Solís, Salvador Solís, y Humberto Tapia Limón, algunos de los cuales vivían o viven aquí y otros no. A todos ellos les agradezco ampliamente el haber querido compartir conmigo su tiempo, sus palabras y sus experiencias de vida, y el haberme dado la posibilidad de conocer y aprehender aspectos relevantes de la historia social de esta región de Sonora. Los libros, representan una de las formas que toma la cultura, y pueden servir no sólo para ilustrarnos y saber más, lo cual no es poco, pero también —cuando se difunden— sirven para que otros volteen a vernos, para que empecemos a existir para otros, que es algo que siempre es importante para cualquier ser humano o grupo social.

También respecto del libro, creo que es importante para todos conocer nuestras raíces, porque esto nos da fuerza, saber de dónde venimos, por qué somos quienes somos. A mí me ha parecido importante colaborar para que las personas en general conozcan mejor su pasado, desde una perspectiva menos fragmentada que aquella desde la cual suelen las personas en general ver su historia social, porque todos estamos localizados en una cierta posición dentro de la estructura de la sociedad en la que nos reproducimos, y es importante saber quiénes somos y dónde estamos localizados socialmente.

La de San Miguel de Horcasitas y también la de Los Ángeles ha sido una historia llena de altibajos socioeconómicos, y aquí puede verse con mucha claridad que lo único constante en el mundo es el cambio. Entonces, ahora que regreso después de algunos años, me encuentro que todo está otra vez distinto, que esta territorialidad —que incluye no solamente lo material, los árboles, el agua, la tierra, sino fundamentalmente a los seres humanos— se sigue construyendo, sigue transformándose. Las personas que aquí cohabitan continúan luchando por su reproducción social, y se advierte que hay nuevos procesos en marcha que no tienen su origen aquí, sino a otra escala de lo social, a nivel macro, pero son procesos que nuevamente afectan lo que aquí acontece, así, es posible advertir cambios con respecto a la tenencia de la tierra y el acceso al agua; y la minería y la ganadería parecen estar repuntando, pero en medio de todo esto continúan haciéndose producir los pequeños predios localizados en las márgenes del río.

Creo que lo importante después de todo, es que la gente aquí no ha dejado de luchar por la reproducción de su identidad social, y que estos lugares no fueron, no son y no han de ser pueblos fantasmas, sino localizaciones sociales en las que existe el arraigo, la inteligencia y la determinación para seguir en la pelea. Lo importante es tomar en cuenta que la organización social y la unión entre los más es un elemento relevante que puede determinar los resultados de estos procesos de cambio social. Qué bueno que sigue habiendo agua por la cual pelear, que sigue habiendo motivos importantes para pensar en la organización.

Esther Padilla Calderón, octubre 11 de 2013.