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La imagen fue capturada por Antonio Morales.

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Ernesto Camou Healy comenta Lucía del Báltico

“LUCÍA DEL BÁLTICO”

Gerardo Cornejo

Edición de El Colegio de Sonora y Plaza y Valdés Editores, 2012

 

Ernesto Camou Healy

 Me da mucho gusto poder entablar este diálogo sobre la más reciente novela de Gerardo Cornejo, con la cual completa la docena de libros publicados, y anuncia otras…

Agradezco a Gerardo y a El Colegio de Sonora su invitación para leer y comentar esta nueva propuesta literaria. Invitar a leer es algo que se agradece, y es siempre una oportunidad de aprender y descubrirse a sí mismo. Es un diálogo entre el lector y el autor, y con él, también la oportunidad de enriquecerse con el filón de vivencias, de lecturas, de viajes y experiencias que el autor ha vivido y ha adoptado de muchos otros y que, en un acto de generosidad, nos entrega para hacerse parte de nuestra historia.

Lucía del Báltico es una novela en la que Gerardo se adentra en el mundo, la historia, las culturas, geografías y personajes del norte de Europa, de donde salta con facilidad y buen tino al Cono Sur argentino, a la Toscana, a Malasia y Singapur, a los gélidos horizontes del norte de Suecia, a California, París, Finlandia o Zihuatanejo. A lo largo del texto, Gerardo nos arroja datos y descripciones de paisajes, montañas, selvas o bahías que envuelven a sus personajes y nos va poniendo en el centro de sus vivencias y sus asombros.

Eso hace que el viaje y sus relatos sean siempre verosímiles y que la realidad que imagina y recrea nos parezca creíble y, a veces, familiar. Logra que el relato nos atrape y nos resulte, poco a poco, verdadero en su ficción.

Con la ocasión de un viaje en trasatlántico, que parte de Nueva York y toca Copenhague para arribar a Estocolmo, Gerardo imagina y da vida a un abigarrado grupo de pasajeros que comparte, durante un poco más de una semana, la mesa 10 del comedor del buque aquel. En este artificio sigue una larga tradición literaria que coloca a personas desconocidas entre sí en situación de relativo aislamiento y que eligen, para pasar el tiempo en un quehacer entretenido e inteligente, contarse sus aventuras, trozos de sus vidas, sus penas y alegrías. Los Cuentos de Canterbury, de Geoffrey Chaucer, o el Decamerón, de Bocaccio, ambas del medioevo, de alguna manera inauguran el género.

Ahora bien, el autor acepta las convenciones de este tipo de relatos, pero va más allá: nos plantea no sólo las vivencias y recuerdos de los comensales, sino que paulatinamente se centra en una relación amorosa entre dos de ellos, que va de un cariño adolescente y juguetón a un desenlace sorpresivo que transforma radicalmente el sentido de la narración y la torna en una tragedia agridulce y poética.

Es un viaje, pues, que inicia en Nueva York en algún momento a fines de la década de los sesenta, en un frío mes de diciembre. Muy pronto la narración se centra en una jovencita de 17 años, procedente del norte sueco: Gunilla Sunderman, que luego de visitar a sus parientes emigrados a Minnesota, cansada del bullicio de la vida americana, vuelve deseosa de ver sus bosques y montañas, donde encontraba en la soledad refugio y protección. Así la describe el autor: “Su recogido pelo rubio remataba en una trenza amelcochada que le caía en la nuca con gracia casi infantil y el conjunto de sus facciones le daba una expresión de ternura cohibida que, a sus escasos diecisiete años nunca había sido liberada.”

Una bella chiquilla, un tanto tímida, capaz y sobresaliente en sus labores escolares, un poco harta de la rudeza de los chicos de su pueblo y de su incapacidad aprendida para entender y respetar a las mujeres, que encontraba respiro en los viajes de vacaciones a la montaña y la tundra con un hermano de su padre, el tío Lars Sunderman —personaje que parece presagiar otro relato y otra novela, una especie de Maqroll (el gaviero del septentrión escandinavo) que aparece solamente en unas páginas del inicio y nos deja con la esperanza frustrada de una nueva intervención en el curso del relato—.  Desde el comienzo, el autor aprovecha para anunciar discretamente la posibilidad de una desdicha: “Por eso tenía (Gunilla) que recurrir a esos escapes cada vez con más frecuencia porque había descubierto que en éstos podría aferrarse a su interior como único medio de evitar la espiral de la locura.”

El texto continúa presentando a los personajes que ocupan la mesa 10, y que son atendidos por un joven mesero italiano, Brunello Nacarelli, estudiante de arte en Florencia y encargado del servicio, las viandas, los tragos y propiciar el buen humor y la afabilidad entre los comensales. “Gunilla lo miraba sin mirarlo mientras libraba una sorda batalla contra una turbación desconocida que le impedía asomarse de frente a los negros ojos del joven italiano.”  Se anuncia el romance…

Muy pronto Gunilla establece contacto con dos chicos “indios escandinavos”, hijos de una pareja mexicano-danesa, Gerardo y Ruth, que van a Copenhagen a visitar a sus familiares. Ellos también son parte de la mesa 10 y el lector curioso anticipa un relato autobiográfico sobre la pareja bicultural y sus historias sólo para comprobar, en el curso de la lectura, que el papel de ese Gerardo es estar ahí y, quizá, ser el narrador. No pequeño rol, por supuesto, pero que provoca una cierta frustración al no ver cumplidas las expectativas de enterarnos de los avatares y caminos por los cuales tal familia, quizá conocida, pudo constituirse…

Por medio de Brunello nos vamos enterando sobre los otros habituales de esa mesa, un aventurero noruego de nombre impronunciable, Asbojrn Ludvig Pedersen, casado con la argentina Chela Gómez Clara, que llegó al Cono Sur después de haber sido marino y piloto de aviones en las estepas árticas, vendedor de zeppelines y socio frustrado del Comandante Amudsen, el primero en llegar al Polo Sur, allá en 1911.

Estaba también “el tieso y formal Torbjörn Ingermarson, negociante y diplomático sueco que representaba en Estados Unidos a las industrias acereras Scandvisk.” Un arquitecto danés, Jens Chirstensen, que había deambulado por Asia hasta encontrar un refugio en Zihuatanejo, su paraíso, del que sólo salía para celebrar navidades en su tierra natal. Comía ahí también un sueco emigrado a Minnesota, Gunvor Anderson; una pintora, Vibeke Eriksen, que había sido ayudante y aprendiz de Picasso hasta que, hastiada de sus necedades erótico pictóricas, se trasladó a San Francisco, California, con mayor fortuna y éxito profesional que bajo la sombra controladora del pintor malagueño.

Estaban también E. Kelson, fabricante de embutidos nórdicos en un pueblo de California, y un relojero finlandés, Hannu Nikánen, que ejercía su oficio en el Bronx; completaban la mesa dos hermanas gemelas de Estocolmo que se ganaban la vida, con cierta holgura, atendiendo clientes y bailando para ellos, con la menor ropa posible en un club Playboy de Manhattan.

A esa mesa tenía que servir y tener contenta Brunello; él, por su parte, desde el principio se desvive por Gunilla,  quien resulta ser cada vez más el centro de sus atenciones, con la amistosa colaboración de todos los presentes que ven con gusto y nostalgia el principio y fortalecimiento del amor adolescente, al grado de que la mesa entera se vuelve cómplice de los afanes de uno, y de las ilusiones tímidas de la otra.

Muy pronto llegan al acuerdo de narrar, cada uno en su turno, alguna anécdota o vivencia que pueda ser de interés para el resto y que les permita ir conociéndose en esos días en altamar. Y así se van sucediendo las pláticas de aquellos comensales: nos encontramos relatos chuscos como el del noruego recién llegado a Argentina que toma prestado un vehículo y armado con una sola frase en español —producto de una broma frecuente con los fuereños—, tiene un pequeño choque con un vehículo de lujo conducido por una bella porteña a quien sólo acierta a decir, con toda la ignorancia y buena voluntad del mundo: “¿Quiere usted casarse conmigo?”.

Hay otros episodios sobrecogedores, como la experiencia de Hannu Nikánen en los campos de concentración donde le asignan, como condición para sobrevivir, el infame papel de verdugo; o la odisea del arquitecto Christensen que lo lleva a Kuala Lumpur a desarrollar edificios y torres de oficina para su firma danesa, y donde conoce a una mujer que le cambiará la vida:

Tzi-Hua-Tzien era una criatura inventada por Dios un día en que estaba alegre. La levedad de su presencia espiritual coincidía a la perfección con la delicadeza de sus movimientos físicos y su belleza interior se le traslucía en el semblante. Tenía la piel acanelada de las malaquesas y la delicada cadencia de las tailandesas. Esbelta, leve y grácil revoloteaba por la vida como una especie de colibrí femenino que se alimentaba de la libación de pólenes afectivos…”

La metamorfosis del arquitecto es tan radical que abandona sus proyectos lesivos al medio ambiente, se va a vivir en la selva, es expulsado del país y después de un largo periplo termina en Zihuatanejo, ejerciendo como asesor popular de la construcción nativa a cambio de cocos, frutas y peces.

Resulta también ilustrativa la narración del industrial Ingemarson, productor de acero en Suecia que intenta presentarse como diligente y organizado empresario, que ejerció la diplomacia en tiempos turbulentos y departió con celebridades de toda Europa, hasta que otro de los presentes lo pone en su sitio: “¿Entonces por qué no nos cuentas cómo estuvo eso de la cooperación de la industria acerera sueca con la del régimen nazi en la región del Rhur? Parece que tuviste algo que ver en eso ¿no?”  Y en esa pregunta el autor encuadra la complejidad de esa Europa convulsionada por la guerra, y las consecuencias de las pretendidas neutralidades de algunas naciones.

Y así transcurre la primera parte del escrito, entre los recuerdos y las aventuras de los asiduos a la mesa 10, hasta que el autor introduce una nueva variable a la trama: Giulana Frassineti, natural de la Toscana, estudiante de arte en Florencia y novia de Brunello, que viajaba a Copenhage con regularidad amorosa a recibirlo al final de cada viaje. Brunello y Giulana se habían conocido en 1966, cuando el Arno tuvo una creciente descomunal que inundó Florencia y sepultó edificios y tesoros artísticos bajo una capa de lodo que puso en peligro la historia y la cultura de la ciudad, y de la humanidad. Ambos se ofrecieron como voluntarios para desenterrar arte y tesoros y devolverlos al patrimonio cultural de su región.

Aquí conviene aclarar que esa inundación tuvo lugar ese año y que Gerardo, puntilloso y diestro en el oficio, aprovecha la ocasión para situar ahí el encuentro y el inicio de la relación amorosa de dos muchachos inquietos y preocupados por el arte. Es un buen ejemplo de la labor del escritor que asume la realidad y deja que en ella se muevan sus personajes, reaccionen a la historia, se dejen envolver por las circunstancias y la realidad, y sean plausibles y confiables en su ficción: logra que se acomoden con holgura en la historia y, en ese juego, sean perfectamente aceptables. Que su experiencia de rescatistas de cuadros y esculturas los orille a decidirse por estudiar la carrera de restauradores de arte es un colofón lógico después de haber sido, en aquella Florencia de los sesenta, “ángeles del lodo.”

El viaje continúa con algunos incidentes, normales en esas condiciones, que afectan de distinto modo a unos y otros. Gunilla va cayendo poco a poco en un ensimismamiento que la hace esquiva y huraña: le preocupa, dice, que el barco llegue a su destino y termine ese interludio de felicidad…

El clima feliz y despreocupado que se ha construido a lo largo de la primera parte del escrito va mostrando una faceta más compleja, los relatos de los pasajeros apuntan a vetas profundas de sufrimiento y complicidades en la vida de cada uno, y la relación de los jóvenes se hace más enmarañada a medida que se acerca un final de viaje y una despedida previsibles. La atmósfera festiva y casi jovial del inicio se va revelando turbia y ominosa, y la bella Gunilla se va  mostrando cada vez más hosca, esquiva, angustiada.

El amable viaje transatlántico nos dio ocasión para adentrarnos en las vidas y las historias de algunos de los pasajeros, y comprobar que bajo un exterior, digamos normal, yacen complejidades y zozobras, búsquedas y satisfacciones que conforman la vida y la historia de cada uno, y que esos sucesos, aparentemente individuales, fruto de sus decisiones y azares, tocan a veces oblicuamente a otros, los interpelan, afectan y con frecuencia descarrilan vidas y comunidades.

Pero el caso de Gunilla resulta especial. La energía que los recorrió aquella primera cena en que se encontraron, ella tímida comensal, él apuesto servidor, desató ilusiones y desasosiegos y un fluir profundo, desde la sima de su ser, que muestra su interior atormentado y va desbrozando el camino hacia la desgracia. De pronto la novela de viaje se transformó en tragedia, sin perder su intenso tono poético.

Y desde que leí y releí esta segunda parte percibí, o quizá yo mismo lo introduje en mi sentir, un cierto paralelismo formal, en tono y ambientación —aunque en un medio distinto, en otra época y otro autor también distinto pero, a mi parecer, coincidente—, con una bella, violenta, trágica y poética película de un sueco esplendoroso, Ingmar Bergman: El Manantial de la Doncella. Hay un tono y un ambiente que me lo recuerdan. Quizá tiene que ver con la belleza de la niña, el entorno natural de bosques y senderos como esos refugios que el tío Lars proporcionaba a Gunilla, con la aparente inocencia y despreocupación infantil y la tragedia que se descarga sobre ella y sobre ellos, sobre Gunilla y sus compañeros de viaje; sobre la doncella y su familia y los supuestos peregrinos, y un final, en ambos relatos, pleno de poesía, de belleza doliente y agridulce.