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La imagen fue capturada Jesús Morales.

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cajeme-508

Por el milagro de la memoria, el recuerdo y la añoranza

Nicolás Pineda*

Acepté presentar este libro sin merecerlo ya que no es mi tema de estudio ni mi especialidad, sino más bien por meros motivos sentimentales y por el milagro de aferrarse a la memoria, el recuerdo y la añoranza de pasado, de los tiempos idos y de las gentes que nos antecedieron que ha sido una de mis debilidades personales.

El Valle del Yaqui es parte medular de la historia de Sonora y ha sido crisol del desarrollo económico del estado en el siglo XX y donde confluyeron personas de muchas regiones de México y de diversos países extranjeros para conformar una subcultura y un medio ambiente muy particular que en alguna ocasión ha sido definido como “tierra de trabajo”. Como tal ha sido objeto de múltiples y diversos publicaciones históricas y épicas. La más connotada y ya clásica es tal vez la que hizo Claudio Dabdoub Sicre, titulado Historia del Valle del Yaqui, publicado en 1964 y que hace un recorrido histórico de las diferentes épocas de este girón de la patria. Hay además diversas publicaciones de sus cronistas entre las que están Raíces Históricas de Cajeme (1985) de Óscar Sánchez Márquez, Retrospectiva de Cajeme (2004) de Sergio Anaya, y Cajeme de mis recuerdos. Un pueblo con historia de Rogelio Arenas Castro (2007 4ª. Edición). Otras obras son también la de Juan Salvador Esquer, así como la que publicó José Rómulo Félix sobre don Alfredo Schwarzbeck.

Hay además canciones y poemas épicos que cantan las loas a esta región. La que a mí en particular más me gusta es la Carta al Valle del Yaqui de Bartolomé Díaz de León quien es además tío político del autor del libro que hoy reseñamos y cuyo primer verso dice:

¿Cómo poder describir

tu voz metálica y fuerte

si el empezar a tenerte

es empezar a sentir?.

 

Te quiero, Valle del Yaqui

por mío, porque tu nombre

se dice con voz de hombre

¡y porque vistes de *kaki*!

 

¡Porque lloras con los yaquis

que en tus entrañas, de hinojos,

plantaron claveles rojos

de su sangre sin añil!

 

¡Te quiero, porque en Abril

lloras trigo por los ojos!.

Porque ante la dicha ciega

del que te pide y te toca,

quisieras llenar la boca

de los humildes que llegan…

 

Valle del Yaqui: te quiero

porque eres grano de trigo;

por qué en tu nombre persigo

las luces de mi lucero;

porque en cada mesa espero

tu presencia de milagro,

y porque al verte consagro

el pan de todos los días

y porque siento más mías

las angustias de tu agro.

 

Te quiero por tu ciudad,

por esta ciudad sin cuna

que tiene mucho de luna

y poco de antigüedad.

 

El libro de Mayo Murrieta, que ahora llega a su segunda edición, es un libro difícil de roer. Es como el queso añejo y el buen vino, no apto para los no iniciados pero que son un agazajo para los diletantes. Su lectura permite hacer un viaje en el tiempo y remontarse a los surcos y los canales, los chinames y calles lodosas, al circo el payaso Bilimbique y el cine de Julio Soltero, a la carpintería de Pascual Ayón, al comedor agrícola de Manuela Cano, a las numerosas cartas, a ritmo de una o varias diarias, de los líderes agrarios a las diversas instancias gubernamentales, a las tiendas de los chinos y sus pilones en cartuchos de papel, a la casona de la hacienda del Nainari de doña María Tapia de Obregón y al trato afable con los patrones gringos y alemanes. Aquí me encuentro también las maniobras de la Compañía Richardson para impedir que se les expropiara para dotar de tierra a los agraristas mexicanos. Ahí siente uno la fiebre agraria y el gozo de la primera liquidación del ejido colectivo cuando “el desgraciado que nunca había tenido cien pesos juntos se quería comer el mundo. Para todos había dinero. Los presumidos rentaban taxi y para que los llevaran con las chulas de Cajeme, y otro que alquilaban dos parándose el cuello, querían ser vistos en ese carro y con el otro de comitiva. No sabíamos para qué era el dinero. Pueblo Yaqui era un pueblo incivil” (Pag. 118). Pero también encuentro las dificultades, los conflictos y las frustraciones: “De pronto no hubo más liquidaciones. La alegre desorganización de los comisariados, la quiebra de la unión de sociedades de ejidos colectivos y la política nos deparó el individualismo. Del colectivo surgieron jefes y más jefes y tandas de comisionados que andaban en Cajeme gaste y gaste. Hicieron grupo fuerte manejando asambleas, sujetos habladores que terminaron por no trabajar convirtiéndose regaladamente en paleros, recibían mejores salarios por andar de comparsas. Mientras que regadores, tractoristas, mecánicos o surqueros nos vimos subordinados a los habladores. Hasta para un veranito o un calabazar teníamos que pedirles autorización. Pero, cosa rara, de las buenas cosechas de seis años atrás ya no volvió una”. Se acabaron el ejido colectivo de Lázaro Cárdenas.

Hurgando como en toda entrevista a profundidad y en las historias de vida encuentra uno no sólo datos duros para la historia formal, sino sobre todo ambientes, emociones, personajes y la vida cotidiana de una comunidad en un momento particular de nuestro desarrollo. Los que tenemos vínculos o antecedentes ahí, podemos además encontrar algunas perlas de la vida de dos generaciones atrás. En lo personal y por razones familiares disfruté mucho todo el hallazgo de don Juan Adolfo Schraidt, un tío político de mi madre. A este señor yo lo conocí personalmente ya viejo y gordo. Aunque comenzó como administrador de los campos del general Álvaro Obregón, después se volvió próspero agricultor. Aunque yo lo conocí más bien como propietario del rancho Tesocoma al norte del Quiriego. Don Juan Adolfo Schraidt es o fue un personaje de muchas leyendas y cada uno de sus familiares y conocidos tiene alguna anécdota diferente sobre él. Aún así, las que platica este libro resultaron novedosas y divertidas para mí. El libro me ayuda ver también cómo es la rueda de la fortuna de la vida ya que el hijo heredero de este señor Schraidt que también fue uno de los más grandes agricultores del valle, fue expropiado por Luis Echeverría en 1976 y murió en la pobreza. Sus descendientes son actualmente gente que vive de su trabajo.

Otra perla personal que encontré en este libro es la del cine en el valle del Yaqui. El libro se refiere en muchas ocasiones a los espacios de diversión con que contaba la gente, entre ellos destaca el cine de Julio Soltero que anunciaba sus funciones mediante carros con micrófono y donde el boleto para ver la película podía pagarse con un huevo de gallina.

En suma, la obra que hoy nos presenta Mayo Murrieta constituye una contribución valiosa a la historiografía del valle del Yaqui y nos documenta principalmente sobre la vida cotidiana. En su texto además de los relatos orales de los entrevistados, uno encuentra fotos de valor histórico, una bibliografía selecta así como una crónica de hechos históricos relacionados con este espacio grográfico. Para mí fue un gozo poder sumergirme en los relatos de sus páginas y vivir parte de la vida de sus personajes.