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La imagen fue capturada Jesús Morales.

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Un acto de reflexión

María Zupo Jiménez*

Los desastres naturales están a la orden del día; el cambio climático, para algunos mítico aún, pone en peligro cada vez con mayor frecuencia a la población del planeta. Este fenómeno, sin duda, involucra la acción humana en su concreción, y se debate en foros internacionales la necesidad de una responsabilidad compartida en acciones para mitigar a mediano y largo plazo sus efectos.

A nivel individual percibimos los riesgos de acuerdo a pautas culturales concretas, somos capaces de intuir que ciertas acciones pueden poner en jaque a nuestro entorno físico, social o material, lo que de alguna manera puede incidir en nuestro comportamiento. Comemos lo que creemos es bueno para nuestro organismo, o por lo menos, lo que creemos no lo afecta y que estamos en posibilidad de consumir. Nos conducimos como creemos que es correcto, quizá no en un sentido ético, pero al menos sí pensando que nuestros actos no presentarán consecuencias fatales, para nuestra integridad física o para otras personas. Aunque particular, nuestro actuar se abstrae de lo que aprendemos en lo colectivo, en lo social.

El conducirse de una sociedad es más complejo, no somos capaces de controlar el rumbo de las comunidades, naciones o países. Su destino está determinado por decisiones que escapan, en casi todas las veces, de nuestro quehacer cotidiano; sin embargo, en esas mismas veces, y más, los efectos de lo que se decide en la esfera de lo nacional recaen en nuestra cotidianidad. Para tomar dichas decisiones, en la esfera de los Estados-nacionales se cuenta con cuadros políticos demandados por la ciudadanía para velar por el interés común.

En nuestro país se va complejizando día con día la estructura de las instituciones que guían los procesos para determinar quiénes ostentarán los cargos de elección popular. Podemos decir en este punto que vivimos en un país democrático, aunque sea instrumentalmente.

Actualmente se condensan en el aire mexicano las reformas estructurales que “el país necesita”, que se dicen encaminadas a encauzar, por fin, el desarrollo social y económico a un puerto idílico, pero que en realidad no pueden garantizar sino miedo e incertidumbre. Una vez cocinada la reforma laboral, educativa y fiscal, se remojan la energética y la política.

Sin tener experiencia en medición de riesgos, nos podemos imaginar y percibir que algo no grato se avecina. Una masa de jóvenes que recién inician su experiencia laboral con contratos precarios, pero apegados a la norma; un contingente de mentores que han tomado las calles demandando justicia para su gremio y; una reforma fiscal que pone, no sólo a la controvertida clase media, sino a amplios sectores sociales en amenaza de caer en condiciones de vulnerabilidad socioeconómica o dramatizar la ya existente precaria situación de millones de personas.

Los riesgos sólo son una amenaza para quien puede afectarse por ellos; para quienes agonizan al observar que se acerca el peligro. No lo son para quienes han calculado ya los costos políticos y sociales de sus acciones, para quienes el beneficio del riesgo es mayor que el daño que podría ocasionar, que seguramente no lo tocará de manera personal.

Una sociedad que produce y reproduce las condiciones de desigualdad y vulnerabilidad socioeconómica de manera crónica a partir de los mecanismos propios del sistema político, se encuentra frente a riesgos constantes de desastres que amenazan su supervivencia. Un acto de reflexión al respecto nunca está de más.

*Asistente de Programa de Doctorado de El Colegio de Sonora.