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Esther Padilla comenta libro de Gracida

Economía y revolución en Sonora. La agricultura en los valles del Mayo y del Yaqui, 1913-1927, de Juan José Gracia Romo, es una edición del año 2010, a cargo de la Comisión de Apoyo Especial a los festejos del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución Mexicana del H. Congreso del Estado de Sonora, y con una reimpresión en el año 2012.

Esther Padilla Calderón

 

Como sabemos, el doctor Juan José Gracida, desde su incorporación a la academia sonorense, se ha interesado por conocer el desarrollo económico-social del estado de Sonora, y desde su intervención en la elaboración de la Historia General de Sonora, e incluso antes, se pueden apreciar con claridad sus intereses académicos, los cuales están centrados en la construcción de nuevos conocimientos sobre el desarrollo económico-social de Sonora respecto del periodo porfirista, el periodo revolucionario, y también sobre la etapa de constitución del régimen político mexicano de la posrevolución.

En su obra —como conjunto— se aprecia una línea muy clara de investigación histórica, a través de la cual el autor va instalando importantes ejes temáticos relacionados con el desarrollo económico de Sonora, como los que hacen el desarrollo e impacto de los ferrocarriles, de la minería y el agrícola. Para quienes estamos interesados en trabajar en torno al siglo XX sonorense y mexicano, sus trabajos  —algunos producidos en la década de 1980— son de consulta necesaria no solamente porque en gran medida fundan algunas temáticas, sino también porque instalan reflexiones que siguen siendo válidas en las discusiones académicas actuales. Advierto que su obra puede tener la forma de un capítulo de libro, un artículo o un libro completo, y que cualquiera que ésta sea, expresa continuidad y complementariedad.

Ahora bien, sobre el libro que nos ocupa esta tarde para hacer su presentación a ustedes, cuyo título es Economía y revolución en Sonora. La agricultura en los valles del Mayo y del Yaqui, 1913-1927, es una edición del año 2010 a cargo de la Comisión de apoyo especial a los festejos del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución Mexicana del H. Congreso del Estado de Sonora, y cuenta con una reimpresión del año 2012.

El libro consta de cinco capítulos e incluye una introducción. No es lo que podríamos llamar un libro extenso, y sin embargo toca muchos temas importantes relacionados con la historia de Sonora. Los primeros dos capítulos abordan el contexto en que se desenvuelven los procesos de los cuales el trabajo da cuenta: el objetivo central, que  es “contribuir al conocimiento de la historia económica” del periodo revolucionario en Sonora. Luego de hacer un balance del desarrollo económico a nivel nacional y en el estado, desde los últimos años del porfiriato hasta 1929, con especial énfasis en el periodo revolucionario en Sonora, el autor nos muestra de manera particular el desarrollo económico de los valles del Yaqui y el Mayo que, como sabemos, ha sido predominantemente agrícola.

El autor reseña en el capítulo uno “el porfiriato y la revolución mexicana”. Ahí señala que Sonora vivió de modo peculiar el porfiriato, a través de un triunvirato, siguiendo un modelo de crecimiento orientado al mercado mundial a través de la exportación de materias primas y minerales, y apunta que a principios del siglo XX surge un norte minero sonorense con nuevas características, básicamente cuprífero, en Cananea y Nacozari. También da cuenta de la amplia red ferroviaria que se construye y que dinamiza la economía de Sonora. Luego, la crisis financiera internacional de 1907 afecta ampliamente al desarrollo económico del estado, en particular la minería, pero también varios productos agropecuarios se ven afectados por esta recesión.

Respecto del impacto de la revolución en la economía mexicana, que sin duda es un tema que interesa especialmente al autor, nos indica que hay una discusión con respecto a lo ocurrido en términos económicos durante la década revolucionaria (1910-1920). Señala que algunos consideran éste como un periodo perdido, mientras otros sugieren que el desequilibrio no fue tan grande. Siguiendo a Peña y Aguirre (2006), el autor indica que entre 1910 y 1913 la economía mexicana sufre algunos altibajos y, entre otros, es afectada por los procesos electorales; sin embargo, una situación económica realmente difícil se presenta en nuestro país a partir de mediados de 1913, la cual se prolonga hasta 1916. Luego, entre 1916 y 1926 se produce una recuperación paulatina para entrar luego en una etapa depresiva que corre de 1927 a 1932.

Lo que estas crisis expresan es la desarticulación de la economía construida en el porfiriato; así, la crisis más severa, la de 1914 a 1916, refleja el desajuste del mercado, la ruptura del sistema de distribución cuya base se encontraba en el sistema ferroviario, que entonces era usado por los ejércitos involucrados en la confrontación. Además de los problemas financieros y monetarios, esta dificultad para distribuir las mercancías produce desabasto e inflación. No obstante, el autor aclara que los efectos de estas crisis fueron diferenciados, siendo las actividades más afectadas la agricultura y la ganadería, que de cualquier modo tenían un desarrollo heterogéneo en el estado.

Un factor que contribuyó al rescate de la agricultura fue la intervención, por parte de los revolucionarios, de algunas grandes unidades productivas que se mantuvieron bajo producción convenientemente. También favorece la recuperación económica el hecho de que los ejércitos dejaron de usar los ferrocarriles y las materias primas y productos pudieron transportarse nuevamente; asimismo, fue importante para la recuperación que se presenta después de 1916, la demanda de diferentes productos que se generó durante el desarrollo de la Primera Guerra Mundial.

Nos parece especialmente relevante la discusión que el autor entabla con Enrique Cárdenas pues, a diferencia de éste, Juan José Gracida considera que no había ambigüedad en la política de los presidentes sonorenses respecto del rumbo económico que debía seguir el país, el cual debía continuar el modelo primario exportador con énfasis en la producción agrícola. En opinión del autor, lo que afectó el desarrollo de este modelo fueron tanto los vaivenes de la economía estadounidense como las medidas proteccionistas de este país vecino, siendo la de México una economía periférica.

En el segundo capítulo se abordan los efectos socioeconómicos de la revolución en Sonora. Juan José Gracida marca entonces un primer periodo —1911 a mediados de 1914— durante el cual la economía del estado se ve poco perturbada, a diferencia del siguiente, transcurrido entre el otoño de 1914 y el invierno de 1916, en medio del cual transcurre el “año del hambre”: 1915. Año coyuntural en el que una conjunción de factores produce la gran “hambruna”. Entre estos factores se citan la crisis económica de escala nacional, las fuertes lluvias del invierno de 1914-1915, la violenta lucha entre convencionistas y constitucionalistas, los levantamientos yaquis, y la campaña contra el villismo.

El autor destaca a lo largo del libro el empleo del ferrocarril como un recurso no sólo económico sino también militar, que fue “un medio indispensable para la realización de la revolución”. Señala que la crisis tuvo profundos efectos en la minería y la agricultura y que una de sus expresiones fue la disminución de la cantidad de toneladas de productos agropecuarios que el ferrocarril transportó en el periodo. Otro efecto de la revolución en el estado se observa en términos de los cambios demográficos, pues durante la guerra crecieron de manera importante las ciudades fronterizas, que se convirtieron en “ciudades de refugio”.

El tercer capítulo da cuenta del desarrollo económico en el periodo 1920-1929, que fue una década caracterizada por un repunte económico a escala nacional, que se explica en gran medida por las mejoras en la economía norteamericana. En este periodo, productos como el trigo, el arroz y el garbanzo sonorenses se vieron especialmente favorecidos, y respecto de la minería —no obstante sus altas y bajas en el periodo—, se mantuvo, a través de la producción de cobre principalmente, por la constante demanda de este mineral. Señala el autor que la importancia de la minería se ve reflejada en el crecimiento demográfico, puesto que las ciudades sonorenses que más crecieron en el periodo fueron justamente Cananea y Nacozari. La ganadería es otra actividad que también crece en estos años en la región serrana, en tanto que en las planicies costeras avanzaba un trascendente proyecto de agricultura comercial.

Y así llegamos al cuarto y quinto capítulos dedicados a los consentidos valles del Yaqui y el Mayo. El autor señala entonces que los diversos efectos económicos de la revolución a lo largo y ancho del país sólo pueden contrastarse a través de estudios de territorialidades más específicas, como en este caso, a través de los valles del sur del estado.

Respecto del Valle del Mayo (del que da cuenta el cuarto capítulo), se dice que en éste los principales involucrados en el desarrollo de los proyectos agrícolas fueron tanto los mismos sonorenses como los generales encargados del estudio y deslinde de terrenos, a diferencia del Valle del Yaqui, donde este papel lo desempeñaron las compañías deslindadoras, principalmente la compañía Richardson. Aunque también aquí los políticos y militares desempeñaron un rol importante en el desarrollo agroproductivo.

La demanda internacional de garbanzo fue nodal para el desarrollo agrícola del valle del Mayo desde 1902, y en los primeros años de la década de los veinte recibió un impulso importante por parte del gobierno del presidente Obregón. El éxito de la producción del garbanzo se sostuvo hasta 1926, cuando empezaron a ocurrir cambios en el exterior que afectaron lamentablemente la hasta entonces poderosa economía garbancera de la región.  No obstante, el crecimiento demográfico de Navojoa en estos años refleja su crecimiento económico: en 1930 era la cuarta ciudad en importancia, detrás de Hermosillo, Nogales y Cananea.

Sobre el Valle del Yaqui, nuestro autor señala que el primer gran proyecto de colonización e irrigación para la región fue el del empresario sonorense Carlos Conant, el cual se continuó por la compañía Richardson. Y en este contexto Gracida señala, de acuerdo con Lorenzana y Cerutti, que el trigo y el arroz se constituyeron en los cultivos inaugurales e históricos del valle; el arroz era cultivado en el verano para aprovechar las crecientes del río y el trigo se producía en invierno, como continúa ocurriendo. Se identifica una diferencia importante entre los valles del Yaqui y el Mayo, pues el primero era manejado por una compañía deslindadora extranjera y en el Mayo fueron los mismos sonorenses y los generales federales los que formaron organizaciones para desarrollar la producción agrícola.

Se indica que la compañía Richardson no escapó a los efectos de la crisis de 1914 a 1916, porque también este proyecto dependía del ferrocarril, además, el valle se convirtió en un área inestable por las confrontaciones sociopolíticas presentes y fue afectado por las grandes crecientes que provocaron inundaciones. Desde la perspectiva del autor, las bajas en la producción agrícola se relacionan con la lucha armada, las inundaciones y los ataques de los yaquis. La presencia de Álvaro Obregón en el Valle del Yaqui detonó ampliamente su crecimiento económico y “dinamismo empresarial”, y el autor considera finalmente que el “sistema” propuesto por la Richardson fue continuado y ampliado en Sonora por el Estado mexicano.

Sin duda, este es un trabajo interesante e importante para los preocupados en conocer la historia de Sonora y de las regiones noroeste y norte de México desde la perspectiva del desarrollo económico-social de este territorio, en función de un condicionante político tan trascendente como lo es el proceso revolucionario mexicano y sus modos específicos de expresarse y desarrollarse en Sonora. A quienes aún no conozcan este trabajo les recomendamos su lectura.