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La imagen fue capturada por Jimmy Maldonado.

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Para documentar el pesimismo

 

Álvaro Bracamonte Sierra*

El 2014 pinta bien para algunos, pero para muchos más el horizonte adquiere tonalidades grises. En lo personal no encuentro razones de peso para decir que viene lo mejor, a no ser que las reformas estructurales sean suficientes para trocar el pesimismo en optimismo. Podrían serlo pero, a mi juicio, falta algo. Lejos de decretos y leyes, los hechos son los que cuentan: aquí van algunos que delinean un panorama poco halagüeño.

La violencia en Michoacán ha distraído a los sonorenses de la inseguridad estatal y, pese a esa cortina distractora, el número de muertos entre diciembre y lo que va de enero aumentó a un ritmo preocupante. El sábado pasado fue en Agua Prieta, antes en Altar, Puerto Peñasco y Hermosillo; en Ciudad Obregón el crimen es casi rutina y también en otras localidades sureñas. Con estos datos difícilmente las autoridades podrían sostener que Sonora es la región más segura de México o de la frontera Norte. A la sensación de inseguridad se agrega la percepción de incertidumbre y riesgo vinculada a las crecientes dificultades para sortear ya no la cuesta de enero sino el año complicado que se advierte. La inflación crece por encima de los salarios y, con ello, el deterioro de la capacidad de compra de los asalariados se profundiza.

La actuación de los políticos locales es una verdadera pena. Todavía a principios de diciembre los impetuosos diputados tricolores se jactaban de que no dejarían pasar el presupuesto de egresos si antes el Ejecutivo no aclaraba los presuntos desvíos por ellos denunciados. Pero cae más pronto un hablador que un cojo, reza el refrán: en el ecuador de diciembre y a horas impropias, votaron sin pudor, junto a los blanquiazules, el presupuesto. De los compromisos que hicieron ni quien se acuerde. Queda esperar que en un futuro la ciudadanía, al emitir su voto, no olvide estos desaseos, aunque al respecto no pueden abrigarse grandes expectativas pues sabemos que la memoria es flaca y pronto esas minucias dejan de interesar. Puede que se trate, como señala López Obrador, de cierto masoquismo ciudadano, ya que con frecuencia se elige a quienes poco o nada bueno han demostrado en los asuntos de la agenda pública.

Dos situaciones que me incumben directamente también abonan en dibujar un panorama desalentador: la primera tiene que ver con mi práctica docente en la Universidad de Sonora y en El Colegio de Sonora. En la Unison acumulo casi 20 años ininterrumpidos de profesor. La semana pasada se reiniciaron actividades y acudí al aula que me correspondía. En el intercambio inicial con los estudiantes les pregunté sobre sus planes para este año; en otras oportunidades ante el mismo cuestionamiento respondían con generalidades cercanas a la trivialidad o con la promesa, muchas veces incumplida, de mejorar su rendimiento escolar. En esta ocasión la mayoría de los alumnos coincidió en que su meta es hacer dinero.
Lo dicen con tal desparpajo, que me quedé preocupado pensando que para hacer dinero no necesariamente se requiere estudiar. Intenté contra argumentar con este razonamiento pero no conseguí sacarlos de su idea sobre la meta planteada. Me consternó, francamente, pues el conocimiento no está en sus prioridades, lo que hace suponer que no consideran que incrementarlo puede ser el mejor vehículo para acceder a la prosperidad y la movilidad social. Esta cruda realidad confirma, a simple vista, que estamos ante nuevas generaciones mentalizadas en que el éxito consiste en acumular riqueza.

El otro motivo de aflicción tiene que ver con los defectos urbanos que privan en la capital sonorense: abunda la basura y las deficiencias en la infraestructura. Sobre la primera recuerdo una anécdota ocurrida durante las fiestas de fin de año: un joven pintor, mientras realizaba su faena, platicaba con una visitante de Phoenix que vino a ver a sus familiares; por el tono de la charla era obvio que el muchacho nunca ha estado en Arizona o en algún otro lugar de Estados Unidos. Preguntó cuál era la diferencia entre Hermosillo y Phoenix. La “paisana” respondió sin titubear: la basura. Allá está limpio y aquí abunda la suciedad. Efectivamente, sólo se necesita dar una corta caminata por avenidas y bulevares, del centro y de la periferia, para comprobar que por dondequiera brota la basura. Esto nos lleva a pensar que es mucho lo que falta en ese terreno, a pesar del novedoso reglamento que sanciona tirar basura o acumularla por fuera de los hogares.

Estos pocos ejemplos, más los que seguramente usted podría agregar, documentan cierto pesimismo en torno al futuro.

*Doctor en Economía. Profesor-Investigador de El Colegio de Sonora.