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La imagen fue capturada por Jimmy Maldonado.

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Pretextos para no olvidar

Emanuel Meraz Yepiz*

Una efeméride dice poco si no nos preguntamos por aquello que le precede, por lo que significó en su momento, y sobre todo por las consecuencias que puede o no acarrearnos. El 18 de enero de 1900 el ejército federal derrotó a los yaquis comandados por Tetabiate en la batalla de Mazocoba, en la otrora inexpugnable Sierra del Bacatete. El combate, descrito por el bando ganador como el más importante de la guerra del Yaqui, puso frente a frente un millar de efectivos del ejército contra una fuerza que les doblaba en número, y dejó como saldo la muerte de más de 400 yo’emes, la captura de alrededor de mil mujeres y niños y otros 834 varones –según el parte rendido–, el inicio de la deportación en masa al sur del país, y la dispersión final de la resistencia indígena en los términos que la había caracterizado desde tiempos de Cajeme.

Manuel Balbás, un médico militar que presenció la batalla, sentenció en sus memorias que allí terminó “la verdadera guerra del Yaqui”, y puede que tenga bastante razón. Mazocoba era un final perfectamente plausible para la “guerra del Yaqui”, el nombre que el ejército porfiriano le dio a su lucha con los indígenas. El gobierno mexicano necesitó alrededor de una década –diremos arbitrariamente que esa década va de 1890 a 1900– para darle forma a una estrategia suficientemente sólida para lograr su objetivo.

Se requirieron militares profesionales, artillería, cuarteles en el corazón del territorio yaqui, fomentar la extensión de vías férreas y de líneas telegráficas, así como la compra de navíos para transporte de personal e implementos, e incluso la adquisición de astilleros de uso exclusivo del ejército en el puerto de Guaymas. A su vez, una comisión de militares hizo un reporte extensivo de los yaquis, su tierra, sus estrategias y el entorno en que operaban, se enviaron misioneros josefinos entre los yo’emes para atender sus necesidades espirituales, y la entonces legación mexicana en Estados Unidos intentó conseguir –sin éxito– el respaldo de Washington para impedir que los indígenas pudieran comprar armamento en Arizona.

Si a lo anterior sumamos la ocupación del territorio yaqui por colonos mestizos y compañías norteamericanas, junto con la persecución de quienes formaban su resistencia, veremos que el optimismo que rodeaba al gobierno mexicano al iniciar el siglo XX estaba justificado. Ahora bien, que los yaquis no volvieran a formar contingentes de más de dos mil hombres en pie de guerra no significó que su resistencia se desvaneciera, que su lucha terminara. La década que siguió, la más oscura para los yo’emes, cuenta una historia que mal que bien nos es familiar: los yaquis sobrevivieron a la deportación y a las tentativas de exterminio, dispersándose y preservando su cultura y el celo por su tierra y su río allí donde estuvieran –en Arizona, en Yucatán, en Hermosillo.

Llegó la Revolución, regresaron los yaquis –no todos–, y volvieron las persecuciones, ahora de los carrancistas y sus sucesores, y “la lucha” seguiría hasta que Lázaro Cárdenas reconociera en un decreto el derecho que los yaquis siempre reclamaron. La conclusión es sorprendente, incluso reconfortante –los yaquis, tras más de un siglo, lograron lo que ningún otro grupo indígena en México: el reconocimiento de su cultura y su territorio, y pasaron de mortales enemigos del progreso a parte integral de eso que llamamos “identidad sonorense”, ocupando, en el camino, el centro del escudo estatal–, y, sin embargo, ésta no deja de ser incompleta, como el juicio del gobierno mexicano tras la batalla de Mazocoba.

Es necesario entender que hay mucho de ficción en esta forma de ver el pasado, y que ésta tiene consecuencias importantes en la relación que establecemos con los acontecimientos en nuestro presente. Ninguna historia que “termine” para un bando está necesariamente concluida para el otro. Viendo nuestros días, quizá la historia a contar, la historia que debemos resolver, es por qué existen bandos en disputa, más que la relación de nuestros éxitos o caídas.