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La imagen fue capturada por Jimmy Maldonado.

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Desigualdad y migración

Álvaro Bracamonte Sierra*

El hecho de que pocos, muy pocos, se apropien de un porcentaje escandalosamente alto de la riqueza y que muchos se queden con una parte cada vez más exigua es el resultado perverso de una modernización económica sustentada en la creencia de que los mercados son por definición eficientes. No sólo es una consecuencia moral y éticamente inaceptable sino que el tolerarla arriesga la viabilidad misma de las economías. Stiglitz y otros economistas han alertado sobre los efectos nocivos que acarrea la desigualdad. En El precio de la desigualdad Stiglitz señala que el uno por ciento de la población estadounidense (los más ricos) posee más de un tercio de la riqueza de ese país; esta condición privilegiada les permite acudir a las mejores escuelas, contar con las mejores viviendas, disponer de los médicos más prestigiados y disfrutar de un exclusivo nivel de vida. Circunstancias similares se reproducen en prácticamente todos los rincones del mundo: se trata de la globalización de la desigualdad.

Precisamente el martes pasado, el presidente de Estados Unidos, en el informe sobre el estado de la Unión, tocó este problema y planteó propuestas interesantes. Una de ellas es aumentar el salario mínimo: pasaría de 7.25 dólares la hora a 10.10. Se trata de un incremento cercano al 40 por ciento. De prosperar esta medida, seguramente aminorarían las discrepancias sociales que aquejan a esa economía: en los últimos 50 años, los ingresos medios del uno por ciento con mayor riqueza crecieron 271 por ciento, en tanto que los del 90 por ciento más pobre lo hicieron sólo en un 22 por ciento.

En México, medidas de esa naturaleza no caben en la cabeza de nuestros gobernantes pese a que la situación es notablemente más grave: desde hace casi tres décadas la pérdida de poder adquisitivo del salario mínimo asciende a cerca del 70 por ciento. La proporción que representan las percepciones salariales en el ingreso nacional pasó, en ese mismo periodo, de 35 por ciento a un escaso 24 por ciento. La precariedad laboral aumentó y las conquistas sindicales muestran un dramático repliegue. En correspondencia, los índices de criminalidad han crecido, el rezago educativo se ha acentuado, la cohesión social está hecha añicos y los pobres se están volviendo cada vez más pobres. Resolver esa compleja situación requeriría aumentar la generación de empleos, pero también iniciar un proceso de recuperación salarial y de las condiciones laborales perdidas. En lugar de eso, se aprueba una reforma laboral que legaliza la precariedad y se olvida de las magras remuneraciones de los trabajadores.

El salario mínimo para 2014 aumentó 3.9 por ciento respecto a 2013. En promedio, un trabajador gana desde el 1 de enero alrededor de 66 pesos por jornada completa, esto es por 8 horas diarias de trabajo. Dicho incremento en nada resuelve la desigualdad referida; al contrario, la agudiza si se considera el reciente incremento de los precios de varios productos de la canasta básica experimentado a propósito de la aplicación del IVA: el índice de precios de la primera quincena de enero aumentó en casi 0.70 por ciento; de seguir esa tendencia pulverizaría el alza del salario mínimo.

Atisbo en el horizonte que junto a la mayor criminalidad, inseguridad y desesperanza asociadas a la desigualdad, se produciría un aumento de la migración hacia Estados Unidos. La cuestión migratoria también fue abordada por el mandatario estadounidense el martes pasado; volvió a comprometer todo su capital político para que dicha asignatura sea pronto zanjada y puedan legalizarse los más de 12 millones de indocumentados que viven en ese país.

No es temerario predecir que el flujo de indocumentados no terminará en tanto no se generen buenos empleos en México y el diferencial salarial entre ambos países disminuya. Si el salario en Estados Unidos es de 10 dólares la hora (130 pesos), y si se labora una jornada de 8 horas, entonces el ingreso mínimo diario superaría los mil pesos. Tomando en cuenta que en México el mínimo asciende a 65 pesos, tenemos que la brecha es abismal: un trabajador norteamericano ganaría 16 veces más que un mexicano. Este enorme boquete se convertiría en un formidable incentivo para cruzar la frontera en busca del sueño americano. Un sueño por cierto, como vemos, algo menguado en virtud de la monumental desigualdad socioeconómica que padece el país más rico del mundo.

A fin de que la desigualdad y pobreza que experimenta México empiecen a aminorar es indispensable plantearse medidas audaces: incrementar los salarios sería una plausible. Hacerlo no debe ser un problema para las finanzas privadas y públicas; en todo caso debe verse como una inversión, pues la calidad de vida de los asalariados es una premisa esencial para pacificar el territorio nacional y detener el vergonzoso flujo de mexicanos al exterior. Incluso porque también, no debe olvidarse, el futuro de los ricos está ligado a como viven los pobres.

*Doctor en Economía. Profesor-Investigador de El Colegio de Sonora.