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Impuestos e impuestos

Zulema Trejo Contreras*
Los impuestos han estado presentes casi desde siempre, por no decir que siempre, en la historia de la humanidad, con diferentes nombres, en ocasiones genéricos, y que veces han designado un tipo específico de impuesto. Por ejemplo, en la época colonial, los indígenas pagaban el tributo al gobierno español, los españoles pagaban el diezmo a la Iglesia, los mineros el quinto y los comerciantes las alcabalas a las autoridades españolas. Algunos de estos impuestos subsistieron por siglos, tal es el caso del diezmo cuya obligatoriedad civil, es decir, que las autoridades seculares obligaran a pagarlo, se perdió en el siglo XIX. Otros impuestos recibieron el eufemístico nombre de “aportaciones voluntarias”.

En términos lógicos la recaudación de impuestos es necesaria para el funcionamiento del aparato institucional, y a través de éste, de la sociedad, dado que el dinero recaudado debe, al menos en teoría, devolverse a los contribuyentes en servicios que mejoren su calidad de vida en general. Es así que desde mucho tiempo atrás la aspiración de los gobiernos liberales primero y los democráticos después ha sido la de contar con un sistema impositivo que, sin resultar oneroso para la población, sea lo suficientemente bueno para cubrir los gastos derivados del sostenimiento del aparato institucional y todas las necesidades de la sociedad. En esencia existen dos medidas que teóricamente pudieran cumplir con esta aspiración: primero, establecer una contribución única que grave la riqueza de toda persona que obtenga un ingreso, y que ésta sea progresiva, es ; segundo, que la base fiscal se amplíe, esto es, que sea mayor el número de personas que pague impuestos para que el peso de la recaudación no se cargue en un solo sector de la población.

Sin embargo, a lo largo de la historia esta aspiración se ha quedado la mayor parte de las veces sólo en eso; la mayoría de los gobiernos han recurrido a la solución fácil, en el sentido de que no se requieren modificaciones estructurales del sistema impositivo, no se necesitan nuevos ni mejores recursos humanos para llevarla a cabo y, sobre todo, se recauda con rapidez lo necesario a costa, eso sí, del enojo y protestas de los afectados. Esta medida consiste en establecer nuevos y altos impuestos a un sector específico de la población que, se supone, cuenta con el capital necesario para pagarlos. Lo que no toma en cuenta esta medida es que el aumento en los impuestos que afecta a un sector de la sociedad, afectará indirecta, pero seguramente, al resto de la población, pues se producirá el efecto “cascada”.

Pongamos por ejemplo el caso del impuesto sonorense que coloquialmente se ha denominado tenencia estatal; una empresa que mantenga una flotilla de vehículos que deben pagar este impuesto, es altamente probable que aumente el precio de lo que produce puesto que no sólo necesita cubrir costos, sino obtener ganancias; ese aumento en el precio del producto repercutirá en los bolsillos del consumidor cuyo salario, desafortunadamente, no aumenta, o no lo hace en la medida en que aumenta todo lo que consume.

En 2013 como en 1857 ó 1890, los mexicanos seguiremos esperando que ahora sí el gobierno nacional y estatal pongan en marcha una reforma fiscal factible, que no despierte tanta oposición puesto que para que ésta funcione cabalmente requiere de la comprensión y apoyo de la sociedad a la que afecta.

*Profesora-investigadora del Centro de Estudios Históricos de Región y Frontera de El Colegio de Sonora. Correo electrónico: ztrejo@colson.edu.mx