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FOTO DE LA SEMANA: “Vida y muerte en el anaquel” de Elsa Ivette Jiménez Valdez

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¡Salud, don Humberto!

José Marcos Medina Bustos*
Don Humberto Macías nació en un pueblito de la sierra guanajuatense llamado Nuevo Valle de Moreno, también conocido como Tlachiquera, según afirmaba en tono sarcástico. Debió haber nacido a principios de 1920, y por problemas familiares su mamá, doña Concha, tuvo que salir huyendo del pueblo. Lograron llegar a la ciudad de León, y al estar desayunando en el mercado, su mamá conversó con una mujer yaqui, que también viajaba acompañada de su marido, un soldado. Esta mujer, viendo al niño, le aconsejó viajar a Hermosillo, Sonora, ya que en esta ciudad había una escuela en la que podría internar a su hijo.

Fue así, como el pequeño Humberto —con overol de pechera, huaraches y un sombrerito— llegó a Hermosillo e ingresó a la escuela J. Cruz Gálvez, aunque en realidad no estuvo internado y todos los días abordaba un camión que lo llevaba del jardín Juárez a la escuela. El problema era llegar al jardín Juárez, pues su mamá rentó una vivienda en el paraje denominado Iglesia Vieja, cerca de la primera cementera que hubo en Hermosillo y de la cual todavía se pueden observar los silos que quedaron en las aguas de la presa Abelardo L. Rodríguez, construida con el cemento que se produjo en sus instalaciones. Pues bien, doña Concha —ayudada por Humberto— se dedicaba a vender comida a los trabajadores de la cementera. Todos los días, el recién llegado caminaba desde su humilde vivienda hasta el jardín Juárez después de haber trabajado desde la madrugada en el mercado. En su aventura cotidiana atravesaba el río Sonora, brincando por entre sus cristalinas aguas y tirando piedras a los árboles que crecían en sus orillas.

La Cruz Gálvez le dejó gratos recuerdos, como los frugales alimentos que les daban: su plato bien servido de “gallina pinta” acompañado de un tazón de café y dos birotes, uno de los cuales se lo llevaba para su casa escondido en el pecho de su overol. También recordaba con emoción la práctica boxística, los talleres en que aprendían diversos oficios y su gran anécdota de la vez que el general Lázaro Cárdenas llegó a Hermosillo como candidato a la presidencia, los estudiantes le hicieron valla y cuando pasó cerca de él tuvo el atrevimiento de jalarle el saco.

Sin embargo, las cosas no fueron fáciles. Nunca me dijo por qué razón no concluyó sus estudios en la Cruz Gálvez y entró a otra escuela primaria, ubicada en el centro de la ciudad. De esta nueva etapa sus recuerdos no eran felices, más bien le causaban coraje pues apretando las mandíbulas y cerrando los puños decía: “tuve que imponer mi ley”. Con esta frase se refería a que algunos de sus compañeros de aula lo ofendían y maltrataban, burlándose de él por “guacho”. Esta situación se le hizo intolerable y finalmente se armó con una “resortera” y piedras, arma que utilizó para defenderse de sus atacantes. Si bien, sus compañeritos decían que era “vil el guacho” por las pedradas que les había propinado, finalmente dejaron de molestarlo y con orgullo decía que había impuesto su ley.

Humberto dejó pronto de ser un niño, tenía que trabajar en lo que pudiera: ayudaba a su mamá, que vendía “fruta de horno”, cigarros y otras cosas en una carretita; también fue mozo en una casa, donde lo mandaban a traer hielo a la Cervecería de Sonora. Recordaba que otro de sus trabajos fue hacer mandados ayudando a las señoras a cargar lo que compraban en El Parián. Apenas era un jovencito cuando tuvo la aventura de su vida: se trasladó a Kino y se convirtió en marinero, empleándose en los barcos que pescaban en el Golfo de California. Después de algunos años ascendió a “patrón de costa”. Se tuvo que retirar del mar por enfermedad de su mamá y comenzó una nueva etapa, ahora ya en tierra firme.

Estimado lector, esto tan breve que te he contado de la historia de vida de don Humberto, no es más que una milésima parte de todo lo que me platicó en los poco más de veinticinco años que pasamos juntos al calor de un buen licor o el “frescor” de unas tecates. Era tan buen conversador, que apenas el llamado a comer de doña Nady, su esposa, interrumpía la narración de una vida que fue una auténtica aventura. A cinco años de su muerte, escribo estas líneas, porque realmente extraño a mi suegro y esas reuniones familiares con su inolvidable presencia.

* Director del Centro de Estudios Históricos de Región y Frontera de El Colegio de Sonora. Correo electrónico: mmedina@colson.edu.mx