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    Publicación cuatrimestral, Año XXIV, núm. 55, septiembre-diciembre de 2012, El Colegio de Sonora, Hermosillo, Sonora $ 80.00

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La imagen fue capturada por Anayeli Cabrera

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

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Vía libre

La paradoja de la austeridad

Alvaro Bracamonte Sierra*

En medio de las tribulaciones hacendarias de inicio de año y de la tensión ciudadana provocada por las nuevas cargas impositivas, llama la atención la ligereza con que detractores del gobierno, académicos, y curiosamente las propias autoridades, han querido abordar la problemática fiscal de la entidad. La inconformidad contra los impuestos, especialmente el del Comun, ha sido de tal magnitud que tiene contra las cuerdas al gabinete “padresista” y ha dado ocasión para que profesionales y amateurs propongan alternativas a la fragilidad que hoy padecen las finanzas estatales. De hecho, los mismos funcionarios públicos han promovido el actual e inédito torneo de sugerencias. Fue el Secretario de Gobierno, persuadido, supongo, por la presión de los ciudadanos movilizados, quien sugirió este festival propositivo.

La agrupación “No Más Impuestos” no tardó mucho en responder; igualmente lo hicieron los empresarios (“Declaración de Hermosillo”) y también distintos académicos de diferentes instituciones. Incluso un diputado perredista integró una Ley en esa materia, que ahora está en espera de ser discutida. La variedad de recomendaciones es amplia y algunas sin duda valen la pena. Sobresalen las medidas de austeridad y transparencia por un lado, y por otro, la sustitución de algunos impuestos para completar el monto equivalente a lo que eventualmente se dejaría de recaudar en caso de que el Comun fuera derogado.

En esta colaboración haré referencia exclusivamente a las primeras. Respecto a la transparencia y el adecuado ejercicio del gasto no hay mucho que agregar: todos los contribuyentes reclamamos de los servidores públicos un uso responsable de los fondos fiscales; hay la presunción de que su destino no ha sido necesariamente el más correcto y una parte importante de sonorenses está decidida a no darle un centavo más a los gobernantes, incluidos estatales y municipales, si antes no exhiben pruebas contundentes del uso eficiente del presupuesto. En esto les asiste la razón y ahí hay mucho por hacer de parte de las autoridades.

Sobre la austeridad, me temo que el asunto no es tan sencillo. Es una medida infaltable en casi todas las propuestas. Entre los argumentos que se manejan para justificar un posible recorte del gasto sobresale el que alude a que hay gobernantes ricos pero gobierno pobre, pues mientras el Estado no tiene para pagar sus deudas los funcionarios se dan una vida de lujo. Podrían tener razón quienes así piensan y en ese caso sería justo el reclamo de austeridad. Ésta llevaría a reducir o eliminar la adquisición de artículos suntuarios, el uso de celulares, viajes de trabajo, fiestas y compra de muebles innecesarios. Una austeridad de esta clase daría un aire republicano a un gobierno que algunos consideran funciona como monarquía. En todo caso, la austeridad es buena si se aplica temporalmente y con precisión milimétrica, si no es así, las implicaciones pueden ser devastadoras para el desempeño de la economía.

Algunos de los mejores economistas, entre los cuales podemos contar al legendario J.M. Keynes, a Paul Krugman y Joseph Stiglitz, han bosquejado que en momentos de incertidumbre económica como los que actualmente se viven, y que muestran una tendencia a acentuarse en los próximos meses, un programa de austeridad está contraindicado. Los hechos han comprobado la pertinencia de esta regla. La depresión del 29-32 pudo ser superada hasta que se dio un aumento notable del gasto público durante la década de los treinta en Estados Unidos.

La profundización de las dificultades financieras que atraviesan la mayoría de los países europeos se explica justamente por el riguroso programa de austeridad aplicado, que recrudeció las dificultades fiscales del Viejo Continente. Obama afrontó esa problemática incrementando el gasto, lo que permitió mitigar los efectos más dañinos de la recesión y una recuperación más rápida que la europea. Aumentar el gasto en tiempos de crisis se justifica bajo la premisa de que el dinamismo derivado de esa estrategia incrementará la recaudación a un ritmo suficientemente alto como para compensar el desequilibrio fiscal previo.

Volviendo al caso local, me parece un tanto temerario proponer, sin mayor análisis, la reducción del gasto público. La austeridad mal operada pudiera provocar mayores problemas de los que se intenta resolver. En medio del campeonato de propuestas, sugiero desecharla y que en su lugar se diseñe un programa de gasto responsable y eficiente. En ese marco, valdría la pena una reingeniería administrativa que abra la posibilidad de eliminar oficinas y dependencias redundantes y reinvertir esos recursos en infraestructura, en educación y en investigación científica que conforman el mecanismo más efectivo para relanzar el crecimiento en época de turbulencias.

*Profesor-investigador del Centro de Estudios de América del Norte de

El Colegio de Sonora. Correo electrónico: abraca@colson.edu.mx