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FOTO DE LA SEMANA: FOTO DE LA SEMANA: Semana Santa en Maycoba

La imagen fue capturada por Armando Haro.

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queta-tortillas

Con La Queta

 

Lorenia Velázquez Contreras*

Pocas veces he disfrutado tanto de la frescura del cemento a la sombra como cuando iba descalza por las tortillas con La Queta cuando llegaba de la escuela en verano. Eran mis años de primaria y mediados de los años setenta del siglo XX.

La tortillería de La Queta (nunca supe cómo se llamaba realmente) se situaba frente a la entrada principal del diario El Imparcial. Cualquier edificio aledaño a El Imparcial forma ahora parte de sus predios y eso pasó con la casona donde se ubicaba la tortillería de La Queta a donde siempre me arrepentía de ir descalza.

El viaje por las tortillas era entre las 12:30 y las 13:30, horas de poca sombra y altas temperaturas, así que haciendo escalas para enfriar mis pies en esas sombritas donde apenas cabían (siempre fui de pies grandes), finalmente llegaba a formar parte del tumulto que gritaba sin orden: “¡Queta, un kilo!”, “¡Queta, medio kilo!”, “¡cinco pesos!”. Gente más educada, como yo, gritábamos ¡Queta, ¿me das cuatro pesos, por favor?! Aunque esto no siempre resultaba.

La Queta, bajo criterios nunca aceptados por algunos clientes, despachaba primero a quien le daba la gana, pero si el cliente sonaba el claxon de su carro, entonces La Queta se iluminaba, se paraba de puntitas, levantaba la cabeza por sobre las cabezas de quienes esperábamos desde mucho antes, sonreía, asentía y rápido preparaba la orden para el o la “vieja rica de carro”, con el reclamo genuino del resto de los clientes de a pie: ¡Yo llegué primero! A ella le valía madres y parecía que disfrutaba tanto quedar bien con esos clientes, como quedar mal con el resto. Era así que el viaje a las tortillas podía durar 15 o 60 minutos; el tiempo dependía de qué tan visibles podíamos lograr ser para La Queta. Por mucho tiempo, yo apenas y sobrepasaba el mostrador y mis gritos eran lo único que podía salvarme una vez que me colaba hasta el frente. Después supe que existían otras tortillerías.

Enterarme de eso no me sorprendió tanto como enterarme de que allí los clientes hacían fila para comprar. Por muchos años estuve segura de que La Queta nunca salía de su tortillería y por eso no conocía ese estilo de venta. Ahora pienso que tal vez a ella le gustaba su modo, con todos los clientes gritando al mismo tiempo, atendiendo primero a los adultos y a quienes dejaban el carro mal estacionado, como para que los que estábamos ahí gritáramos más. La mayoría éramos chamacada y podíamos esperar, faltaba más. Había jerarquías.

Ahí con La Queta vi trabajando a distintas compañeras de la escuela. Se sentaban en un banquito a acomodar las tortillas recién cocidas al final de la banda de producción. ¡Qué calor hacia allí! Yo pensaba: ¿a qué horas llegará a su casa? ¡Y todavía sonríe y habla con sus conocidos! ¿Vivirá cerca? ¿Tendrá hambre? Para quienes sí teníamos, en el mostrador había una bolsa de sal, de tal manera que, una vez pesado nuestro pedido, podíamos tomar una tortilla antes del empaque, agregar una pizca de sal, enrollarla con las palmas de las manos y disfrutarla. Hasta cierto punto la espera había valido la pena.

El regreso era otro sufrir. Con las banquetas “hirviendo” (como decía mi amá) ¡y yo sin huaraches!

*Profesora-investigadora del Centro de Estudios del Desarrollo de

El Colegio de Sonora. Correo electrónico: lvelaz@colson.edu.mx