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La imagen fue capturada por Anayeli Cabrera Murrieta

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Los yaquis de Carlos Fuentes

Emanuel Meraz Yepiz*

El próximo 15 de mayo se cumple el primer aniversario del fallecimiento del célebre escritor mexicano Carlos Fuentes, y es lógico pensar que algo se informará en los medios –noticiosos, ociosos, académicos y literarios– al respecto. Nunca he sido un gran adepto a “los aniversarios”, aunque entiendo el valor didáctico que tienen sus efectos en la memoria individual y colectiva, o más bien, su potencial como excusa para repensar acontecimientos y personas.

Carlos Fuentes siempre me fue un autor lejano. Recuerdo, acaso, la polémica que se hizo durante la administración de Vicente Fox en torno a su libro Aura y la pretendida censura por parte del entonces secretario del Trabajo Carlos Abascal. Fuera de allí, y salvo esporádicas apariciones en los medios y la estantería de librerías y bibliotecas, Fuentes permaneció fuera de mi radio de interés inmediato, al igual que otros tantos autores del boom latinoamericano.

Fue a mediados del año pasado, después de su muerte y de la subsecuente oleada de notas, artículos y reediciones, que finalmente decidí leer el viejo tomo de La región más transparente que languidecía en un rincón de mi casa. Me encantó, y de entonces a la fecha he devorado –casi literalmente– varias de sus novelas. Detrás de lo anterior, sin embargo, no sólo está el gusto por su elogiada pluma, sino la curiosidad –no sé de qué otra manera definirlo– que me causa un personaje incidental, si acaso secundario, y recurrente: los yaquis.

Los yaquis no eran personajes novedosos en la literatura al mediar el siglo pasado. Antes, ya aparecían en variopintas piezas nacionales y extranjeras, desde poemas, crónicas, cuentos y novelas e, incluso, en sus adaptaciones cinematográficas. En estas participaciones, empero, era evidente que prevalecía un criterio que homologaba a los yaquis con el resto de las comunidades indígenas: primero como salvajes –buenos o nocivos (una visión que se remonta a la Conquista y la Colonia y permanece hasta la década de 1930, diremos)– y después como objeto de esa piadosa retórica del indigenismo, característica del lapso 1930-1970.

Para Carlos Fuentes, contrario a lo que por ejemplo son los mayas en la obra de Rosario Castellanos, los yaquis no son víctimas de agravios históricos, sujetos de una cultura a reivindicar a través del programa social y cultural indigenista –el atavío del desdén latinoamericano a sus «beneficiarios», según Carlos Monsiváis–: son fieros actores (sin ser protagonistas de más de un par de páginas), son el brazo fuerte, los que acribillan con sus loberas y pericia a la División del Norte en el sitio de Celaya (vibrante pasaje de La región más transparente), los que “ganaron la victoria de Obregón” (como dice en Las buenas conciencias), la realidad de un país en perenne descomposición moral que se revela en la oscuridad de una celda (capítulo de La muerte de Artemio Cruz que merece un estudio en detalle).

Los yaquis de Carlos Fuentes pasan, al igual que las múltiples imágenes del caleidoscopio de México que es su obra, frente a nuestros ojos para fundirse en el seno de lo que somos como país, de nuestra incongruencia y pedestre valor. Son letras en páginas que se pierden detrás de lo singular que es nuestra múltiple y tragicómica historia, y es precisamente por ello que adquieren un valor que rebasa y verdaderamente vindica su naturaleza combativa, su férrea voluntad de ser,  plasmada en los hechos de nuestro pasado, en la pluma elegante y artera de Carlos Fuentes.

Aprovechemos su aniversario luctuoso (y el 98 de la batalla de Celaya, que acaba de pasar a mediados de este mes) para dimensionarnos en las letras, en nuestros ojos, único recinto donde los hechos de los hombres –yaquis, yoris y demás– tienen razón de ser.

*Asistente académico de la Coordinación de Posgrado de El Colegio de Sonora. emeraz@colson.edu.mx