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La imagen fue capturada por Anayeli Cabrera Murrieta

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Vía libre

Dilemas económicos en el noroeste de Sonora

Alvaro Bracamonte Sierra*

Tuve la oportunidad de recorrer en los días pasados la región noroeste del estado que incluye los municipios de Caborca, Puerto Peñasco y San Luis Río Colorado. Son todas localidades desérticas cuya problemática ambiental, social y económica es diversa e interesante. Vale la pena compartir algo de las impresiones que recogimos en este recorrido. Empezaré por Caborca, la llamada “Perla del Desierto”, cuya economía experimenta desde tiempo atrás cambios sustantivos. En el pasado la agricultura constituía la parte medular de su estructura productiva. Sigue siendo una actividad relevante, pero sin duda ahora en menor grado. De acuerdo con los productores caborquenses, hace dos o tres décadas la superficie sembrada del distrito de riego 037 superaba las 60 mil hectáreas. En estas tierras se sembraba inicialmente trigo y algodón y con el tiempo el patrón de cultivos cambió a perennes, principalmente uva industrial.

En la actualidad, la cantidad de hectáreas en explotación no rebasa las 20 mil, lo que evidencia una reducción sensible de la actividad. La causa de ese notorio descenso tiene que ver con la escasa disponibilidad de agua para riego agrícola. Su extracción tuvo que disminuir, pues de no haber sido así el agro ya hubiera desaparecido. Dada esta restricción, los productores han buscado opciones para ser más competitivos; modificaron el tipo de cultivos sembrados centrándose exclusivamente en uva de mesa y espárragos. Se sienten orgullosos de que, pese a la adversidad climática y la estrechez hídrica, son eficientes y utilizan responsablemente, como nadie, así lo presumen, el escaso recurso disponible: la extracción de agua (alrededor de 300 mil millares de metros cúbicos) representa exactamente el volumen de recarga del acuífero alimentador del distrito de riego.

Consideran que los agricultores de Hermosillo no se conducen de manera similar y con frecuencia se exceden de su dotación, lo que estresa el manto freático en esta región agrícola.

De acuerdo con los productores de Caborca, entre los agricultores de la capital priva el desorden, pues nadie sabe con claridad cuál es la situación real de las cargas y recargas, lo que se explica porque en la zona convergen varias cuencas hidrológicas, como las del Zanjón, la del río San Miguel y, claro, la del río Sonora.

Lo peor en este asunto es que el manejo responsable que presumen los agricultores de Caborca está en riesgo de derrumbarse. Esta posibilidad surge a propósito del boom minero que experimenta la región y que aseguran está perjudicando la administración adecuada del agua. Los productores sostienen que la explotación de ricos yacimientos en Pitiquito, Peñasco y Caborca está presionando las reservas con que se cuenta. El razonamiento esgrimido hace notar que cualquier pozo, aun cuando se halle fuera del distrito de riego, afecta la cantidad y calidad del agua disponible. De acuerdo con sus estimaciones, las empresas mineras que operan en esa región, entre ellas La Herradura —una de las más grandes de México—, San Fernando y Cerro Colorado, todas productoras de oro, utilizan cerca del 15 por ciento del agua concesionada a los agricultores. Pero sospechan que puede ser más.

El consumo de las compañías mineras seguramente repercutirá en la recarga de los acuíferos regionales y mermará la posibilidad de seguir irrigando las ricas tierras del valle. De concretarse este escenario, el cuidado del agua que con tanto celo han conseguido no tendrá ningún sentido. Esto podría corregirse de alguna forma si las autoridades competentes vigilaran y, en caso de ser necesario, sancionaran a las mineras que están excediéndose de la dotación asignada.

No es el único problema que advierten y quizá ni siquiera es el más preocupante. El que mayor inquietud genera es la contaminación que provocan los desechos de las mineras: se sabe que están utilizando cianuro como compuesto químico para la lixiviación del oro. A cada gramo del metal extraído corresponde una abundante cantidad de agua y una porción de cianuro; los desechos se descargan en el suelo sin tratamientos especiales, lo que eventualmente implica la filtración de los materiales contaminantes en las corrientes subterráneas de agua que alimentan el manto freático regional.

Esto no puede seguir así, pues de alguna forma se pone en riesgo la agricultura, que es la actividad económica más antigua en la región. Tal vez lo más sorprendente es que no se trata de inversionistas extranjeros; la propiedad de La Herradura, la minera más grande, la detenta el Grupo Peñoles, de la familia Bailleres, dueña, entre otras cosas, de prestigiadas cadenas comerciales y principal mecenas del ITAM, la casa de estudios formadora de los cuadros directivos en las áreas financieras y hacendaria del país.

*Profesor-investigador del Centro de Estudios de América del Norte de El Colegio de Sonora. Correo electrónico: abraca@colson.edu.mx