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Vía libre

La innovación en las relaciones México-Estados Unidos

Alvaro Bracamonte Sierra*

La reciente visita del presidente estadounidense pudiera convertirse en el punto de partida del relanzamiento de una relación económica desdibujada luego de los prometedores años posteriores a la firma del Acuerdo de Libre Comercio. Si se revisan los principales acuerdos firmados, destacan dos por su estrecho vínculo con la economía: 1. Creación de una mesa denominada Diálogo Económico de Alto Nivel que tendrá como propósito promocionar la competitividad, la productividad y la conectividad así como fomentar el crecimiento económico y la innovación, y 2. Conformación del Foro Bilateral para la Educación Superior, Innovación e Investigación.

Hay múltiples lecturas a los acuerdos alcanzados. La primera, que es en la que coinciden la mayoría de los analistas, es en la intención casi explícita de desnarcotizar la relación bilateral y dejar claro que la cuestión migratoria está en manos de las autoridades norteamericanas. Por lo menos eso es lo que dejó entrever el presidente Peña Nieto. Se trataba, a como diera lugar, de privilegiar la economía sobre los temas que habían concentrado la atención en los doce años de administraciones panistas: la seguridad y la migración.

El que lo económico y complementariamente lo educativo acaparen ahora el interés no es casual, considerando que el fortalecimiento del aparato productivo en ambos lados de la frontera disminuiría el flujo migratorio y apaciguaría poco a poco las regiones incendiadas por los bandas criminales en México. Una pujante economía es una condición necesaria, pero no suficiente, para sentar las bases de una nueva convivencia binacional.

Es de suponerse que no se trata de impulsar un crecimiento en donde México siga especializado en los segmentos de la producción que demandan mano de obra abundante y barata, y Estados Unidos en los espacios de diseño e innovación, que son en los que se incuba el escalamiento competitivo. Si leemos entre líneas los dos acuerdos signados, un denominador común es la innovación. El relanzamiento de la agenda económica parecería a primera vista estar anclado en la innovación; lo mismo puede deducirse del Foro sobre Educación e Investigación, ya que nuevamente el término innovación está presente, lo que implica que el reforzamiento de la alianza estratégica se configurará sobre la base de la innovación.

Para detonar procesos de innovación se requieren condiciones concretas que no se obtienen de la noche a la mañana. Se necesitan investigadores y tecnólogos que sepan descubrir las limitaciones de la industria y sean capaces de delimitar los problemas sociales que impiden incubar un ambiente innovativo. Se precisan investigadores con suficiente apoyo fiscal a fin de que sus pesquisas no se detengan por falta de recursos. Se requiere desde luego que los gobiernos nacionales y subnacionales se comprometan con una estrategia científica puntual y de largo plazo; sólo en este horizonte se consiguen los frutos de la apuesta por el desarrollo científico y tecnológico.

Las complementariedades productivas entre ambos países tienen un alto potencial. Por ejemplo, para nadie es un secreto que el sector automotriz mexicano está íntimamente ligado a las tendencias del mercado norteamericano. Una cosa igual ocurre con la emergente industria aeronáutica. Las empresas de este giro establecidas en Sonora, junto con las que operan en Arizona, poseen un alto grado de integración.

Para mejorar la competitividad y la productividad en esa industria, que es justamente el espíritu que subyace en los acuerdos firmados por los presidentes de México y Estados Unidos, es indispensable propiciar procesos y esquemas de colaboración basados en el diseño y la innovación. Ello exige invertir más en centros de investigación y en particular en estudios sobre nuevos materiales que utiliza una industria tan dinámica y competitiva como es la aeroespacial. Pero no nos equivoquemos: los resultados de esta apuesta no se verán en el corto plazo, pues la investigación científica no responde precisamente a los problemas de corto plazo que enfrentan los empresarios.

La investigación de largo alcance responde a interrogantes básicas propias del quehacer científico; las soluciones alcanzadas luego son aplicadas en resolver problemas prácticos de la empresa. Si lo entendemos así seguramente mucho se avanzará para conseguir un desarrollo integral basado en el conocimiento y la innovación.
*Profesor-investigador del Centro de Estudios de América del Norte de El Colegio de Sonora. Correo electrónico: abraca@colson.edu.mx