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FOTO DE LA SEMANA: “Fiesta de la Santísima Trinidad”

La imagen fue capturada por Armando Haro Encinas, en Etchojoa, Sonora, en mayo de 2008

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

Valladolid, Yucatán, México

Valladolid, Yucatán, México

“Esas casas que ves…”

Eloy Méndez[1]

Cuando un pueblo es incorporado al consumo turístico, cambia la condición de su arquitectura tradicional. Es el caso de los denominados “pueblos mágicos”, así categorizados desde su inclusión en el programa turístico con dicho nombre que inició en 2001. Del mismo modo que las historias, costumbres y festividades de arraigo ancestral figuran de pronto como objeto con especial atractivo gracias al plus de “lo mágico”, el tinglado material construido en el núcleo urbano es revalorado como componente integrado en la unidad “mágica”.

Ya no se trata sólo de los monumentos patrimoniales. En varios casos éstos habían sido reconocidos y hasta catalogados debido a su valor histórico y estético; es decir, en las edificaciones permean, a manera de contenedores, las referencias a los acontecimientos de relevancia sucedidos en ellas, entretejidos con los personajes ahí presentes. Así se hermanan antigüedad, relevancia y singularidad plástica para distinguir una edificación respecto de las demás, cuyo valor, si acaso, deriva de su emplazamiento cercano a las anteriores. El escenario es consagrado al adquirir el valor agregado de testimonio de acciones y actores, así como de la calidad arquitectónica reconocida por los especialistas, con frecuencia registrada o confirmada con los datos del momento y autoría de la construcción. Ahora, con la imprecisa denominación “mágica”, se abarca al conjunto edificado del núcleo de población, más aún, se extiende a la intrincada red de asentamientos rurales que el núcleo suele anudar funcionalmente. La categoría incluye, sin hacerlo explícito, tanto construcciones contemporáneas como antiguas, tanto las que poseen cualidades estéticas como aquéllas que no. Sin embargo, si el programa turístico pretende destacar las tradiciones, puede inferirse que las edificaciones incluidas son las que se construyeron bajo el amplio espectro del lenguaje arquitectónico tradicional, independientemente del momento de su realización.

Y así se han edificado las amplias expansiones urbanas contemporáneas en las décadas a caballo entre el siglo XX y el XXI. Las adecuaciones y ampliaciones para los nuevos usos de lo preexistente advierten la disposición generalizada a clonar e imitar las apariencias del viejo casco urbano. El resultado está a la vista: es mediocre, ni las nuevas franjas del tejido urbano ni las nuevas arquitecturas responden funcional o estéticamente a las exigencias de la nueva ciudad. Las prácticas del diseño urbano y arquitectónico se han abandonado en la inercia de la autocomplacencia de la copia. El diseño no se asume como disciplina que requiere incorporar las emergencias económicas o las innovaciones tecnológicas y culturales en la respuesta a los nuevos desafíos de época.

Interesa la arquitectura tradicional porque las continuidades son ante todo manifiestas en ella. La masa, el mayor volumen edilicio de las ciudades y pueblos, tiene características compartidas, sobre todo en pueblos y caseríos rurales, donde suele reinar la calma chicha del espíritu comunitario; ahí la tradición se estaciona como parte del nicho de confort, y por lo mismo es evidencia rica para estudiarla.

La “arquitectura tradicional” se ha concebido en la modernidad. Dicha concepción consiste en dar por codificada la arquitectura mexicana de realización previa a la moderna, cuyo régimen norma y valora las prácticas edificatorias que garantizan mediante su repetición la continuidad con el pasado. La “tradición” agrupa experiencias disímbolas en cuanto a estilos, duración y difusión; el pasado elegido en el porfiriato –por ejemplo– fue en ocasiones indígena, mientras en la posrevolución se afilió al barroco colonial. Hoy día se empaqueta del 1900 hacia atrás. La “repetición” se refiere ante todo a un repertorio laxo de imágenes. En el contexto de los llamados pueblos mágicos, la arquitectura tradicional abarcaría tanto la realizada con sistemas constructivos de dominio comunitario como las obras simuladas con tecnología moderna de otros actores.

La arquitectura tradicional ha adquirido el estatus que le confiere la condición de antigüedad apreciable. El ciudadano moderno engloba en ella los objetos antiguos (a los muebles agrego las edificaciones) con los que decora los espacios funcionales, pero sobre todo pretende preservar a la vista los signos del tiempo. Pero el objeto antiguo no viene solo; el ambiente a conseguir, una atmósfera visualmente armónica propiciatoria del consumo, se logra mediante la organización del espacio edificado en un orden imaginario que posibilita poseer los signos de la época evocada con la colección de formas arquitectónicas y urbanas constitutivas del decorado aportado por el funcionalismo moderno.

La necesidad del nuevo diseño es general en los pueblos mágicos. El giro de las actividades primarias hacia los servicios es el eje de la definición de los cambios más relevantes que imponen la refuncionalización demandada a partir del reúso de la ciudad y arquitectura heredadas.

En general la ciudad y la arquitectura heredadas han tenido toda suerte de intrusiones. Sólo los templos lucen intocados, pero en las guerras de independencia y revolución han sido saqueados y modificados. Aún en los pueblos de mayor expansión se mantienen como mojoneras ordenadoras que acentúan su centralidad en el presente siglo, cuando el programa de “ciudades luz” les ha convertido en faros nocturnos sólo de fin de semana para no abusar del erario público y aprovechar la mayor ocurrencia turística.

La traza urbana se conserva. Calles y manzanas se mantienen sobre un plano irregular que es probable nunca se dibujó antes de levantar las edificaciones. Con todo, hay franjas de fachadas uniformes y continuas; hay cruceros resueltos según la previsión de los ángulos más favorables a la vista; destacan torreones, balcones, terrazas o simples miradores para gozar del paisaje y para ser admirados por el vecindario o el transeúnte. En fin, los pueblos han enfatizado su fachada

Concluyo que el resultado es más que real:

a) La obsesión de sentido logra su aligeramiento y el humor involuntario; el exceso de atención relativiza la satisfacción del confort; la totalización de la experiencia premia la decisión irreflexiva, y el encierro en espacios abiertos dispone la domesticación en el micro universo.

b) En el colmo de la época de la movilidad extrema se obtiene la inmovilidad en la burbuja dentro de la burbuja.

c) Se renuncia al libre flujo en la realidad en un mundo súper conectado.

d) El dispositivo creado para la experiencia turística hace de la arquitectura un contenedor de estrategias de comportamiento, un escenario de la simulación.

e) Todo ello descarta la exigencia de un nuevo diseño arquitectónico y urbano, para reducirse a la puesta en escena en fachada.



[1] Director del Centro de Estudios de América del Norte de El Colegio de Sonora. Correo electrónico: emendez@colson.edu.mx