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FOTO DE LA SEMANA: “Colibríes”

La imagen fue capturada por Lupita Centeno

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

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Vía libre

Hay de temblores a temblores

Alvaro Bracamonte Sierra*

No, en esta ocasión no me referiré a los temblores que causan los paristas de la carretera 15 a la altura de Vícam y en las cercanías de Ciudad Obregón; tampoco a los estremecimientos derivados de las diferencias entre los opositores al acueducto Independencia: recordemos que la tribu Yaqui decidió mantenerse al margen de la marcha hacia El Novillo. Menos a los movimientos telúricos que registra el gabinete legal y ampliado de la administración padresista. Varios de los cambios fueron de rutina y otros se esperaban desde hace tiempo, dado el estado de salud de algunos de los sustituidos.

Tampoco quiero hablar de las turbulencias políticas que experimentan algunos sonorenses metidos en el duro y complejo proceso electoral de Baja California. Los últimos sondeos dan prácticamente un empate técnico entre la alianza comandada por el PRI y la liderada por el PAN. Esto no sólo ocurre en la contienda por la gubernatura sino también en los cinco municipios de la entidad. Lo mismo puede decirse en Sonora, dado el movidito escenario que se está perfilando en el Distrito 17 con sede en el Valle del Yaqui.

No intento referirme a esos temas con el título de esta colaboración y menos a las terribles sacudidas que están registrando las economías tanto de Sonora como nacional. Ésta, como se sabe, exhibe en los últimos meses un desempeño mediocre: la producción está bajando, las exportaciones muestran un notorio debilitamiento y los empleos no crecen en los ritmos esperados por los priistas en Los Pinos. Una muestra de las turbulencias económicas es lo que pasa en la Bolsa de valores: Hace dos o tres meses el principal indicador se ubicaba por encima de los 45 mil puntos; el viernes 14 terminó por debajo de los 40 mil, una baja superior al 10 por ciento, lo que implica pérdidas millonarias por los inversionistas bursátiles.

Tampoco es mi interés analizar hoy los calambres que resiente el Gobierno norteamericano luego de conocerse detalles del espionaje desarrollado en sus oficinas de inteligencia y seguridad. Esto ha puesto en un predicamento al presidente “bueno” que es supuestamente Obama frente al presidente “malo” en que se había convertido su antecesor, G. Bush.

El temblor al que quiero referirme es el registrado en la Ciudad de México poco después de la medianoche del sábado. Los terremotos han sido catastróficos para la capital del país; afortunadamente éste no lo fue, aunque por supuesto causó gran nerviosismo y preocupación entre quienes lo sufrieron. Fui uno de ellos. Estaba plácidamente dormido en la habitación del hotel cuando de repente percibí un rudo jaloneo: estaba temblando y, como es natural en estos casos, sobre todo para quienes no estamos acostumbrados, no sabía con exactitud cómo proceder. No atinaba a decidir entre salir corriendo a la calle o esperar un poco a que terminara el zangoloteo. En lo que adivinaba dónde encender la luz y ponerme algo de ropa para escapar, el temblor concluyó, luego de cerca de 30 interminables segundos.

Salí del hotel y la mayoría de los huéspedes permanecía por fuera de la recepción. Todos con cara de asombro y consternados ante las posibles consecuencias. Un recepcionista comentó que seguramente fue de magnitud cercana a los 7 puntos en las conocidas escalas en que se miden. Me pareció un poco exagerado; mi experiencia me decía que no fue tan fuerte. Después, los noticieros de la media noche y los matutinos del domingo confirmaron que fue de 5.8 en la escala de Richter. Fuerte, pero no tanto como el ocurrido en septiembre de 1985 cuando alcanzó 8 puntos. En efecto, como decía, mi experiencia en terremotos es poca aunque intensa: me tocó nada menos que el de 1985; nunca olvidaré aquellas imágenes de dolor y zozobra. La destrucción que causó debilitó la de por sí disminuida economía nacional que en esa década vivió sus peores momentos. Fue una década perdida en términos de crecimiento y ni duda cabe que el sismo afectó brutalmente una estructura productiva frágil y precaria derivada de las impopulares e inefectivas políticas públicas aplicadas en ese entonces.

Este terremoto no es comparable al de entonces; tampoco la economía experimenta ahora tantos problemas como en aquellos años. No hubo destrucción ni se puso a prueba la capacidad de las instancias de protección civil que desde los ochenta se han establecido en el País. No hay comparación, pero el susto fue tan parecido que no pude dormir el resto de la noche.

Ojalá que los otros temblores, los referidos al inicio, no causen estragos en la sociedad y sobre todo nos dejen dormir con tranquilidad. El ciudadano común no tiene porqué ser el afectado de las turbulencias políticas y de los problemas económicos derivados de malas decisiones.

*Profesor-investigador del Centro de Estudios de América del Norte de El Colegio de Sonora. Correo electrónico: abraca@colson.edu.mx