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La imagen fue capturara por José Luis Moreno Vázquez

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Jovita y su familia tenían que irse

Marcos J. Estrada Ruiz*

Para quienes han tenido la experiencia de dejar su lugar de origen y vivir en contextos distintos de  donde crecieron y en los que se desarrollaron, la experiencia de “otredad” les puede resultar sumamente traumática. Particularmente si el cambio es de tal magnitud que se refleje, por ejemplo, en lo cultural en sentido amplio y hasta en el clima. Ir, como diría aquella canción de Jaime López, del calor a lo frío, sin mediación.

Cuando Levinas describía quién era el otro o a quiénes se refería cuando hablaba del otro, aparecía siempre en sus descripciones el extranjero, y si bien convencionalmente definido se refiere a alguien que vive o se encuentra en un país distinto al que ha nacido, en México, por la diversidad cultural y geográfica (entre otras tantas) existente, es muy fácil que a alguien se le haga sentir extranjero en su tierra. Porque resulta que este país es de muchas tierras, algunas con mayor contacto entre ellas y otras más alejadas y replegadas, muy proclives a lo autorreferencial, al regionalismo.

Hace varios días circuló por Internet un video en el que una niña es atacada por otro niño al interior del salón de clases, en la escena aparece eso que claramente se caracteriza como violencia escolar (golpes o injurias graves al interior de los recintos escolares). Se suele decir que siempre están presentes en el acoso y violencia escolar los incitadores, espectadores, el agresor y el agredido. Todos participan, los espectadores de una manera terrible. Pero en este caso, el hecho tiene otros antecedentes, la niña agredida proviene de una familia de Jalisco que tiene, o tenía, seis meses viviendo en Hermosillo, Sonora.

Los relatos que han salido a la luz han ido mostrando que esto que sucedió en el salón de clases, ya se había presentado en variadas formas en otros espacios vividos por la familia, es decir la familia ya se había sentido agredida en el nuevo contexto al que se habían trasladado.

Más allá de todo el trasfondo que hay en esto, una de las consecuencias es que la madre anunció que se iban de Sonora, y esto desencadenó en distintos medios el que se le pidiera a la familia –a la madre (Jovita) en concreto me tocó escucharla–, que no se fuera. “Que no se vaya Jovita” fue el lema.

Los argumentos que le daban no los repetiré aquí, pero apelaban en el fondo, a que aguantara la situación entre otras razones, porque de “las crisis” se sale fortalecido y porque debería, con su ejemplo, ayudar a otros niños y dar una lección a los sonorenses.

La respuesta de la madre fue contundente, digna: que ya era una decisión tomada, independientemente de lo que hicieran las autoridades. Que no fue mucho por cierto. Yo solo diré esto, pregunto, ¿pedirle a la víctima que prolongue esa situación en aras de ser una especie de consciencia que señale el hecho, es una tarea que las propias víctimas tendrían que realizar? Más aún cuando sus victimarios no están necesariamente en ese salón de clases ni en esa escuela que sale en el video. Esa es la trampa y no parece comprenderse el origen; se reduce esta expresión de violencia, de discriminación, a lo escolar, cuando está claro que es un problema más amplio y que los mismos medios que hoy lo condenan son participes y reproductores de esto.

Jovita tenía que irse porque su familia nunca tuvo que sufrir la violencia de dejar su origen y la discriminación del lugar de llegada. Porque alejarse del entorno hostil es lo más racional, es simple sobrevivencia. Porque quisiera pensar que su ausencia podría llenar el espacio dejado con algo de vergüenza. Jovita tenía que irse para mantener su dignidad y la de los suyos. Esa es la lección que se le pidió a la madre le diera a Sonora, y la está dando, aunque quizá no se esté entendiendo del todo.

 

*Profesor-investigador del Centro de Estudios del Desarrollo de El Colegio de Sonora. mestrada@colson.edu.mx