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FOTO DE LA SEMANA: “Atardecer”

La imagen fue capturada por Ana Orendain.

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Expectativas

Álvaro Bracamonte Sierra*

La reciente gira por Sonora de López Obrador permitió escuchar, en voz del ex candidato presidencial, el diagnóstico más pesimista sobre el momento que vive México. El tabasqueño está convencido de que las reformas aprobadas son regresivas y nos devuelven directamente al pasado: al porfiriato. La privatización del petróleo, los nuevos impuestos, la reelección de legisladores y alcaldes, entre otras modificaciones, dibujan para el tozudo político un ominoso panorama nacional. Esta visión de un paisaje preocupante tiene seguidores en todas partes.

Un colega universitario me decía que son cada vez más frecuentes las quejas, frustraciones e inquietudes que se escuchan entre los ciudadanos; sienten que el desempleo no cede, cosa que representa un doloroso desperdicio de recursos, sobre todo de mano de obra de jóvenes que no encuentran una fuente de trabajo honorable; así mismo, consideran que la corrupción se extiende y que al parecer la clase política que hoy gobierna quedará como una generación que no pudo o no quiso tender las bases para un desarrollo saludable.

Estas opiniones lamentablemente no son inventadas sino que están avaladas por los hechos: en este inicio de año la escalada de precios parece inmanejable, las sospechas de corruptelas continúan, la inseguridad trepa a grados alarmantes y se disemina por todos los rincones del país. Michoacán es, incuestionablemente, un estado fallido y algunas regiones se encaminan hacia allá; en Sonora la violencia ligada al crimen organizado crece, como lo constatan los enfrentamientos y homicidios registrados en Puerto Peñasco y alrededores de Caborca.

Al profesor universitario sólo le pude decir que la percepción de desesperanza no es de ahora sino que tiene un largo y penoso historial de por lo menos 20 años. La diferencia es que hoy un porcentaje importante de mexicanos imagina que las cosas mejorarán. Es decir, en contraste con la postura de AMLO y de millones de mexicanos que piensan que vamos al precipicio, hay otros tantos que abrigan la esperanza de que el futuro es positivo. Desde luego estos mexicanos creen que las reformas estructurales, esto es, las nuevas leyes en materia energética, fiscal, laboral, financiera, educativa y de comunicaciones, sientan las bases para la refundación del país y que tal refundación permitirá más y mejores fuentes de trabajo y piensan que con ello el desarrollo nacional se encuentra a la vuelta de la esquina.

Estos mexicanos, que no son pocos, están encabezados, como es de esperarse, por los promotores de las reformas y obviamente por los empresarios directamente beneficiados y también por académicos y líderes de opinión liberales que sólo alcanzan a ver beneficios en las reformas aprobadas.

En resumen, a diferencia de años anteriores, la visión de un futuro ominoso no es compartida totalmente. Como se anotaba, para muchos las expectativas son negativas y para otros son excelentes. Esto es lo que hace distinto el inicio del año comparado con los de las últimas dos décadas en las que predominaba la desesperanza. No se había registrado una situación similar desde 1994 con la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio, que generó entusiasmo sobre el devenir en virtud de la creencia de que el libre comercio nos sacaría del atraso económico. Dichas expectativas se esfumaron pronto a consecuencia del manejo imprudente de la política cambiaria que ató la paridad a intereses políticos y afectó seriamente la salud financiera del país limitando el crecimiento del PIB y la incubación de buenos empleos.

Ahora las perspectivas positivas se repiten según un sector de mexicanos que tienen la convicción o la fe de que las reformas estructurales traerán buenos dividendos; pero lo detractores insisten en que vamos al vacío. No les falta razón para este pesimismo pues el TLC resultó un fracaso y, en tal sentido, no habría por qué esperar que en esta ocasión las cosas fueran distintas.

Hay muchas dudas sobre las bondades de los cambios constitucionales votados en el Congreso. No se advierte ninguna garantía de que serán suficientes para reactivar el crecimiento y pavimentar un sendero de desarrollo de largo plazo; si somos estrictos, es posible observar que los promotores del cambio estructural son los mismos que patrocinaron la integración de México a Estados Unidos. También son los mismos los que venden las expectativas favorables antes referidas. No es por tanto un despropósito suponer que ese escenario se esfume cuando empiecen a sentirse los efectos de las reformas. Hasta entonces se confirmaría que la esperanza de que un mundo mejor estaba a nuestro alcance fue sólo un espejismo. También puede ocurrir lo inverso: que las cambios detonen el crecimiento y que en dos o tres años se empiecen a sentir los beneficios.

*Doctor en Economía. Profesor-Investigador de El Colegio de Sonora.