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La imagen fue capturada por Jesús Antonio Morales.

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Salvando a Sonora

Álvaro Bracamonte Sierra*

Llama la atención el desplegado priista publicado el domingo 16 de febrero en las primeras páginas de la sección principal de El Imparcial. Se trata de un embate directo, sin tapujos ni matices, a la administración padrecista. La acusan de muchas cosas, entre otras, de no informar qué pasó con miles de millones de pesos pertenecientes a las arcas públicas o al patrimonio del Estado; le imputan incapacidad para resolver los problemas locales que la han llevado a requerir el auxilio de gobiernos foráneos. En síntesis, los tricolores perciben un Sonora arruinado donde el responsable es la autoridad panista.

Sin duda muchas de las molestias denunciadas existen, así como otras que no mencionan, y la carga de responsabilidad recae en la actual administración estatal. Por ejemplo, es conocido el estrés que padecen algunas dependencias y organismos descentralizados que reciben a cuentagotas el subsidio, ya no digamos para operar sino para pagar la nómina quincenal. Ahí están los profesores del Cobach, Conalep y, en fecha reciente, los técnicos y locutores de Radio Sonora. Estas anormalidades que con el paso del tiempo se vuelven rutina, son un botón de muestra de las graves dificultades que atraviesa la entidad. El Ejecutivo sonorense es responsable, lo que no implica que los otros poderes estén libres de culpa.

Los cuestionamientos sobre el manejo presupuestal y de las finanzas ventilados en el desplegado, los habían sacado ya hacia finales de 2013. De hecho, condicionaron la aprobación del presupuesto a que se aclararan primero las sospechas sobre esas irregularidades. Sin embargo, sin mediar explicación alguna, de manera sorpresiva los diputados del PRI lo pasaron sin cambiar una sola coma. Igual que lo hacen ahora, en ese momento dijeron que rescatarían la entidad del fango, pero en la primera oportunidad incurren en lo de siempre: incumplir lo prometido, de ahí que resulte natural poner en tela de juicio que los priistas puedan salvarnos del supuesto desastre que heredará el panismo.

Pasamos ahora momentos intensos en la vida pública regional. Los partidos políticos hacen su tarea denostando al adversario; se autodesignan, sin decirlo, como salvadores, bajo la acusación de que el rival personifica la corrupción y el mal gobierno. En especial, los tricolores no son, ni de lejos, portadores de la decencia en el manejo de los asuntos públicos. Recordemos sólo algunos ejemplos paradigmáticos: si alguna administración puede etiquetarse de corrupta, es la que encabezó Carlos Salinas de Gortari. La mayor privatización del patrimonio nacional se dio durante el salinismo. La entrega de los bancos, la telefónica, las minas y las aerolíneas a los intereses privados se materializó mediante mecanismos plagados de sospecha, generando las más formidables fortunas y una estela de corrupción que simbolizó ese sexenio.

Esta opinión es compartida incluso por varios de los protagonistas centrales de la época. El ahora senador perredista Manuel Camacho Solís, cercano colaborador de Salinas, es uno de ellos; no el único, pero sí uno de los más importantes. En los estados, los gobiernos priistas han dejado también mucho qué desear. Ahí están el tristemente célebre ex mandatario de Coahuila (Humberto Moreira) o el de Tabasco (Andrés Granier) o el no menos polémico Arturo Montiel, del Estado de México, y padrino de EPN. La insinuación de que los priistas serán los salvadores de Sonora no deja de revelarse simplemente como una manera de hacer propaganda política. Se vale, pues en los tiempos que surcamos son normales esas manifestaciones. Pero de eso a que pueda resultar creíble hay mucho trecho.

Ante las dificultades presupuestales que padece la entidad, el incremento sustancial del endeudamiento ya reconocido de manera oficial, los rezagos sociales que se acumulan, los pasivos observados en ciencia y tecnología, la tragedia ambiental que registran ciertas regiones, la inseguridad que crece a pesar de que la autoridad lo niegue, la precaria infraestructura, la polarización creciente entre la clase política local y los complejos desafíos que afrontamos, no podría un partido o una personalidad del mundo de la política por sí solo salvarnos así fuera la persona más brillante y talentosa.

La solución de problemas de tal magnitud no es un asunto individual; es una cuestión colectiva. En efecto, en circunstancias delicadas como las actuales, un hombre o una mujer virtuosos se vuelven lo contrario en el ejercicio del poder. El poder los homologa en negativo. Para evitarlo es indispensable que la sociedad civil se organice para vigilar la conducta de los actores del poder. Pero no sólo para vigilarlos sino para servir de contrapeso ante las desmesuras y la desinformación. Requerimos contribuir en la elección de los mejores candidatos a competir por un cargo de elección popular. Esto es, los salvadores tendríamos que ser los propios ciudadanos ahora que de los políticos es tan difícil esperar algo efectivo.

*Doctor en Economía. Profesor e investigador de El Colegio de Sonora.