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Breves comentarios al documento “Educar para una nueva sociedad”

Nicolás Pineda Pablos*

Ficha del documento “Educar para una nueva sociedad: Reflexiones y orientaciones sobre la educación en México” de la Conferencia del Episcopado Mexicano, México, septiembre de 2012, 155 pp.

Agradezco al doctor José Rentería, rector de la Universidad Kino, la invitación a comentar este documento. Agradezco igualmente la apertura al diálogo y a escuchar comentarios críticos.
Como advertencia previa, quiero mencionar que hago estos comentarios como profesor de ciencias sociales y como observador de las ideas filosóficas contemporáneas y no como católico. Voy a dar entonces una visión laica de las propuestas que hace el episcopado mexicano sobre la eduación.

Son muchas mis coincidencias con este documento. Entre ellas están la preocupación por lo que aquí se denomina “la emergencia educativa” y el deseo de mejorar la educación en México. Me parece atinado señalar que vivimos un cambio de época, con avances tecnológicos y abundancia de información que propician una realidad fragmentada y un entorno difícil de comprender. Estoy de acuerdo también en que México tiene una cultura de raíz cristiana en donde la Iglesia ha jugado un papel fundamental y es parte del alma de este pueblo. Coincido también en la centralidad de la persona humana y en la importancia de la familia en el desarrollo de los individuos, aunque aquí probablemente yo sería partidario de una visión sociológica más amplia y menos restrictiva del núcleo familiar. Coincido también con la preocupación por la desigualdad, el desempleo y la pobreza. Concuerdo en que la población indígena ha sido marginada en diversos planos y aspectos. Me parece acertado señalar que la educación juega un papel fundamental en la construcción de México y que ésta debe ser humanista y enfocada a formar a la persona humana de manera integral y no ser sólo una capacitación instrumental para el empleo. Por ello, “las instituciones educativas deben orientarse a humanizar y personalizar, desarrollando plenamente el pensamiento, la vida afectiva y en general todas las capacidades de la persona” (pág. 110). Concuerdo con expresiones que apuntan que “Educar es también valorar, promover y defender a la mujer” (110) y con que “el Estado debe ser laico pero la sociedad ha de ser tan religiosa como ella desee con el único límite del respeto al derecho de terceros” (pág. 116).

Sin embargo, encuentro que el documento es ambivalente en cuanto a si sus propuestas están orientadas a toda la educación en México o si sólo se dirigen a las instituciones educativas de orientación católica. En este sentido, voy a concentrarme en dos aspectos que considero críticos de este documento.

Primeramente, no coincido con el concepto de verdad. El documento propone principalmente en su propuesta número 3 que hay que educar en la verdad. Ahí señala que “el primer valor fundamental que ha de perseguir la educación es la búsqueda y la aceptación de la verdad” (pág. 132). Pero de acuerdo al mismo documento, la verdad que propone es la verdad religiosa, es decir la verdad revelada y que se manifiesta en las enseñanzas del evangelio y en Jesucristo. Para el documento entonces, educar en la verdad equivale a educar en la doctrina cristiana y las enseñanzas de la Iglesia. Esta verdad y esta propuesta sólo pueden ser válidas para la educación religiosa y en el ámbito las instituciones católicas, pero no para la educación que imparta el Estado mexicano ni para las sociedades plurales contemporáneas. A mi manera de ver, aceptar esta concepción de la verdad en el ámbito público y estatal, nos llevaría a concepciones absolutas de la misma y a su subordinación al criterio de las autoridades religiosas.

El documento es omiso en reconocer a la sociedad mexicana actual como una nación plural en las que conviven diversas formas de pensamiento y manifestaciones religiosas y como una sociedad en transición a la democracia. Considero que la Iglesia y la educación que imparten las instituciones emanadas de la Iglesia debieran de acompañar este proceso democratizador.

Entonces, mi segundo comentario es que el documento debería hacer más énfasis en la educación cívica y moral de los católicos mexicanos, impulsando de manera más explícita y decidida la formación de ciudadanos que se consideren poseedores de derechos humanos inalienables frente al Estado. Por ello, la educación católica deberá de estar fundada también en la tolerancia y el respeto a las formas diversas de pensar y de creer. Me parece que el documento no hace suficiente énfasis en estos valores. En este mismo sentido, la definición de libertad que ofrece el documento como “obediencia consciente y voluntaria a la verdad” (pág. 133) me parece limitada e insuficiente como base para la formación y la participación de los católicos en el espacio público. La principal libertad política es la que se tiene ante el Estado y las instituciones de poder. Con mucha frecuencia, los países de mayoría católica, y México en particular, han sido asociados con su proclividad al corporativismo, la corrupción y el autoritarismo, que son plagas que azotan a México. La Iglesia, como principal institución moral y de valores, puede coadyuvar decididamente a combatir estos lastres políticos de México. Considero que la nueva época a que convoca el documento debiera incidir también, de manera más decidida, en la formación de ciudadanos completos que con su moralidad y sus firmes creencias en la dignidad humana no permitan la concentración del poder, la cancelación de las libertades, la malversación del patrimonio público y que se conviertan en un valladar a la corrupción de los gobiernos y los poderes dictatoriales.
Con este tipo de católicos ciudadanos, México seguramente será una nueva y mejor sociedad que es el objetivo que plantea el documento.