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La imagen fue capturada por Janeth Schwarzbeck.

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En cuatro renglones

Lorenia Velázquez Contreras*

Hace unos días me invitaron a asistir a una ceremonia por demás esperada y por mucho merecida. La Universidad de Sonora realizará un homenaje – en el marco del día internacional de la mujer- a Doña María Dolores Gaxiola, mejor conocida como Doña Lolita Larios. También me pidieron escribir unas líneas que, junto con otras, serán leídas a Doña Lolita ese día.

“Alrededor de cuatro renglones, algo sencillo, que resuma la forma en que recuerdas a mi mamá”, me dijeron. En ese momento creí que sería fácil.

Ahora que lo estoy haciendo, comienzo a escarbar en mi memoria de más de cuarenta años (suponiendo que mis recuerdos empiezan cuando tenía yo seis) y Doña Lolita aparece desde el principio. ¿Cuatro renglones? ¿Cómo? Para conseguir una síntesis, tendría primero que organizar mis recuerdos y resumirlos en cuatro renglones; lo haría más o menos así.

En el primer renglón, podría hablar de cuando yo era niña y Doña Lolita era para mí una ama de casa, era mamá de muuuchos hijos, y una señora que hacía unas obras de arte en costura. Si hoy está próxima a sus 90 años, ella tendría entonces poco más de 45. En ese tiempo los vecinos del Cerro de la Campana admiraban a la pareja tan unida, tan bonita y tan trabajadora que formó con Don Jesús Larios. “Además tan exitosos”, decían: Don Jesús había sido ya tesorero municipal bajo la administración del primer presidente panista en Hermosillo, Jorge Valdez, y Doña Lolita era militante activa (y muy activa) de su partido. “Y tan sencilla y tan simpática”, decían las señoras. Yo asistía a la primaria y estoy casi segura que entre los adultos de mi barrio el nivel de escolaridad más alto en promedio era 6º grado; creo que por ello sentí varias veces el tono de admiración en las conversaciones de los mayores cuando mencionaban que Don Jesús y Doña Lolita estaban estudiando. Yo no tenía muy claro qué ni dónde, pero sabía que estaban estudiando.

El segundo renglón haría referencia a Doña Lolita como mamá de tremendos jóvenes y adolescentes. No faltó el profesor de secundaria que me reprendiera por tener amistades simpatizantes de las “causas comunistas”, refiriéndose a los hijos. Se sabía que uno de los mayores tuvo que ausentarse del país en una especie de auto-exilio durante el movimiento estudiantil universitario de los setentas del siglo pasado. El fin de los setentas y principios de los ochentas representaron la época dorada en Hermosillo de la música folclórica suramericana junto a la música de protesta, y el cerro de la campana fue semillero de músicos de esos géneros; ahí concurrieron varios músicos de otras zonas no sólo de la ciudad. Doña Lolita toleró interminables reuniones de jóvenes cantando, tocando guitarras, charangos, bombos, quenas, entrando y saliendo de su casa como si fuera la propia. Todo mundo se sabía bien recibido en “la mina”; o al menos eso nos hacía pensar.

Ya para el tercer renglón el tiempo habría de pasar demasiado rápido. Doña Lolita se convirtió en la abuela de mis primeros sobrinos, en la “Abuela Loli”, y su casa continuaba con las puertas (sobre todo las de la cocina) abiertas para cualquier visitante. Charlar con ella y escuchar su historia siempre ha sido de lo más agradable. Sus anécdotas van desde su incursión en la política –fue una de las primeras mujeres en las filas panistas sonorenses–, hasta las gracias y travesuras de sus fieles mascotas –pájaros, canarios, pericos, perros– a quienes ha sabido entregar buena parte de su amor.

Para el cuarto renglón ya quedaría un espacio demasiado pequeño donde recordarle a Doña Lolita lo mucho que la han querido y queremos los vecinos y vecinas de toda la vida. Decirle que entendemos que noventa años pueden ser fáciles de decir, pero difíciles de vivir. Sobre todo los tramos que se transitan a contra corriente.
Reciba entonces, segura de que lo merece, este homenaje.

*Profesora-Investigadora. Centro de Estudios del Desarrollo. El Colegio de Sonora. lvelaz@colson.edu.mx