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FOTO DE LA SEMANA: “Fauna regional”

La imagen fue capturada por Inés Martínez de Castro.

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

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La UNISON en un laberinto sin fin

Álvaro Bracamonte Sierra*

La Universidad de Sonora ha rebasado el mes en huelga y pese a los recientes acercamientos no se ve para cuando quede superada. El sindicato y las autoridades están en una verdadera encrucijada de la que a estas alturas no saldrá nadie ganador, pues sólo perdedores se otean en el horizonte. El conflicto laboral está revelando muchos de los vacíos institucionales que padece la máxima casa de estudios del estado. ¿Cómo justificar o aceptar que por un día no pagado se hayan perdido ya más de 30 y la cuenta siga creciendo? ¿Qué falló en realidad para que las partes no alcanzaran un acuerdo y la Unison evitara tantos males?

Es muy probable que la causa de las tensiones universitarias sea más profunda que la que se advierte a simple vista. La huelga está expresando el agotamiento de una gobernabilidad interna basada en compromisos no escritos. Las componendas fueron suficientes en el pasado para administrar una institución que por sí misma es compleja, pero estas formas de administrar el conflicto generaron seguramente excesos de una parte y simulación en la otra.

Dado que no se registraban mayores dificultades, la gobernabilidad así tejida incubó modos organizacionales que ahora hacen inviable la relación laboral. Las formas de operar del sindicato son en sí mismas un fruto indeseado de esa atípica institucionalidad. Pero también lo son las formas de operar de la autoridad universitaria que alcahueteó por muchos años las desmesuras sindicales. Las aceptó porque permitían el control aun cuando éste fuera engañoso y a costa del desarrollo universitario. Si un diagnóstico de esta naturaleza es correcto, entonces lo aconsejable es aprovechar la coyuntura para replantearse un cambio sustantivo en la vida universitaria y trazar un proyecto que eficiente las relaciones laborales y destierre para siempre la autocomplacencia como estrategia de evaluación.

Parece factible pensar en ello ahora que algunos diputados señalan que valdría la pena revisar el marco normativo de la universidad, porque el existente no corresponde con la realidad que se vive interna y externamente. Más vale, pues, que la comunidad universitaria se aplique y responda al imperativo transformador que parece reclamar la situación actual.

Mientras esto ocurre, la coyuntura se asemeja a un laberinto sin fin. Se advierten dos escenarios cuyo desenlace no favorece la construcción de un futuro compartido por todos, o por lo menos por la mayoría:

1) Las autoridades consiguen poner fin al paro, con el consabido pago del famoso día retenido y, además, de los salarios caídos. Esta solución representaría una especie de rendición de la rectoría, que había apostado al desgaste sindical para imponer una agenda orientada a poner fin a las desmesuras de los trabajadores. En este caso, un sindicato triunfador afianzaría sus malos hábitos y peores rutinas. El rector perdería y, con él, también los funcionarios que le aconsejaron una estrategia de demolición acelerada de los privilegios sindicales. En estas circunstancias el horizonte de la Unison sería el de un equilibrio caracterizado por la anomia, es decir, por la parálisis y la involución administrativa, que repercutiría en todos los ámbitos del quehacer universitario.

2) En el extremo, el otro escenario sería uno donde, después de tantos días de huelga, los empleados sindicalizados aceptan las condiciones propuestas por las autoridades: descuento del día que originó la suspensión de labores y ningún peso de salarios caídos. En este caso, los derrotados líderes gremiales incrementarían la animosidad contra la institución configurándose un ambiente poco propicio para la reconciliación, lo que implicaría mayores dificultades para la necesaria modernización de la Universidad. Comparto con muchos la opinión de que al sindicato no debería vérsele como problema sino como solución o, al menos, parte de la solución. En tal sentido, una salida autoritaria no abonaría en nada a la superación de los graves problemas de la alma mater.

Ninguno de estos escenarios pavimentaría el camino para una trasformación colectiva. El triunfo de uno es la derrota del contrario; la reestructuración de la Universidad requiere del concurso de todos y, por lo mismo, nadie debe salir pensando que ha ganado o perdido todo. Aquí lo que debe prevalecer es la cordura y el compromiso con un mejor futuro para la casa de estudios. Para ello, habría que deponer posturas irreductibles a fin de posibilitar un ambiente de colaboración que facilite caminar en una ruta capaz de acabar o mitigar los vicios sindicales al tiempo que reduzca la simulación y la autocomplacencia que en ocasiones exhibe la autoridad universitaria.

Mientras esto ocurre, miles de estudiantes siguen perdiendo clases y los cambios internos que harían más equilibrada la vida universitaria viven el sueño de los justos.

*Doctor en Economía. Investigador de El Colegio de Sonora y Profesor universitario con más de 20 años de antigüedad.