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Comentarios de Salvador Cruz sobre especial número 4 de región y sociedad

Violencia contra las mujeres en el norte de México

 

Salvador Cruz Sierra*

El extremo muestra el centro, así lo dicen algunos pensadores. Las expresiones de violencia extrema hablan del límite del actuar humano; como la crueldad y brutalidad, pero esta punta concierne a todo el continuo de formas de violencias más moderadas, pero no por ello menos letales. Susana Bercovich (2013) nos dice que no se trata de explicar lo que ocurre, sino más bien al revés, los acontecimientos son los que nos explican, nos localiza, es la realidad la que nos interpreta. Así, el feminicidio que empieza a denunciarse en Ciudad Juárez a partir de 1993 y la exacerbación de la violencia social desde el año 2008, dan cuenta del sentido devastado de la justicia, de la pérdida de sentido de valor de la vida humana de los sectores más desprotegidos; niños, mujeres, jóvenes, pobres, migrantes. Así, la violencia bizarra que parecía ser exclusivas de Ciudad Juárez, o de todo el borde fronterizo del norte, ahora parece no tan ajena a otros contextos geográficos. Así lo refiere también Mercedes Zúñiga en la presentación de este número de la revista, al señalar que la violencia se vuelve parte del paisaje de todos los días, cito “se expande y diversifica a lo largo y ancho del territorio enrareciendo la atmosfera nacional y alcanzando en ciertas regiones connotaciones graves”.

Cómo entender la violencia sino es a través de sus formas? se pregunta Bercovich. Un elemento presente en estas formas de la violencia es la misoginia y el ejercicio recio de tácticas de laceración contra las mujeres. Es justamente este tema el que nos convoca en el contenido del Número Especial 4 de la revista Región y Sociedad, Violencia contra las mujeres en el norte de México, coordinado por Mercedes Zúñiga.

 

La publicación, que cuenta con presentación, ocho artículos, dos notas críticas y tres reseñas, tiene como eje articular la violencia y las mujeres. Particularmente, algunos de los artículos parten de una investigación común sobre la violencia hacia las mujeres en el noroeste de México: Baja California, Baja California Sur, Sinaloa y Sonora, sin embargo, también se presentan datos y estudios de otras poblaciones de nuestro país. Me permito en esta presentación agrupar los capítulos en términos de las propuestas teóricas e investigativas que aporta cada uno de los artículos que componen esta publicación. Y en un segundo momento, retomo algunos de los elementos comunes de dichos artículos para pensar la situación de la violencia hacia las mujeres en la región norte. En este sentido, agrupo en material en tres apartados: la violencia social y la narcoviolencia como marco contextual de la violencia hacia las mujeres; las violencias estructurales históricas y emergentes; y el cuerpo como centro de inscripción del sexismo. Todo esto bajo el sello de la violencia hacia las mujeres y la misoginia que se desprende de la posición de las mujeres en nuestra sociedad actual.

 

Primeramente inicio con una aportación teórica muy sugestiva que presenta en el capítulo inicial Margarita Bejarano, en el artículo “El feminicidio es solo la punta del iceberg”, pues elabora una propuesta conceptual para entender todo el continuum de violencias que viven las mujeres  en sus trayectos de vida. Para Bejarano, “Violencia feminicida”, que debe entenderse como la forma extrema de violencia hacia las mujeres y que puede culminar con su muerte profana.

En su argumentación teórica, Bejarano señala que a través del habitus se le genera a la mujer una disposición para entrar en el juego en una posición a la vez exterior y subordinada. Atropello continuo que se sustenta sobre una violencia moral, por lo que esta violencia feminicida es un mecanismo para mantener el orden social, es un llamado al orden. En la violencia continua y persistente que viven las mujeres, el feminicidio se entiende como la manifestación extrema de la violencia contra ellas, sin embargo, existe un continuum de violencias que viven en la cotidianidad pero casi invisibilizadas al presentarse de manera interrelacionada. Por lo que para estas autoras es mejor, cito: “…Hablar de violencia feminicida como un concepto más abarcador que pueda ayudar a ubicar las posibles implicaciones, causas y efectos en la vida de las mujeres más allá de y previo a un feminicidio, con el fin de prevenir las muertes violentas, no solo las que ocurren a manos de asesinos, sino también las que son la última salida a la situación precaria de violencia moral y de opresión de muchas (suicidios, muertes negligentes y accidentes fatales entre otras)…”.

 

Esta propuesta conceptual posibilita mirar la violencia social en su sentido más amplio pero reconociendo el peso que tiene el género, la clase, el color de piel, en la forma en que se construyen enemigos y criminales y se protegen, invisibilizan otros rostros de la actividad criminal. Asimismo, el término de violencia feminicida posibilitaría identificar formas específicas de violencia hacia la mujer en las múltiples manifestaciones de la violencia social.

Permite pensar los conflictos sociales de diversa índole inherentes a la vida en comunidad. La criminalidad de grupos organizados y no organizados; la cometida por individuos que aprovechan la precariedad de la infraestructura urbana; las instituciones y dependencias gubernamentales corruptas; conflictos barriales y vecinales; violencias especificas a contextos concretos, como la escuela o el trabajo; los conflictos étnicos, religiosos o políticos; el ataque directo o encubierto contra homosexuales y transgéneros; la violencia hacia las mujeres, son algunos ejemplos.

 

Violencia, crimen organizado, políticas de seguridad y narcocultura

 

Para entender las condiciones que posibilitan la expresión de la violencia hacia las mujeres parto de señalar las condiciones estructurales que generan violencia y las condiciones coyunturales que la visibilizan con mayor claridad e intensidad.

 

Arturo Anguiano, en su nota crítica “CALDERON, APRENDIZ DE BRUJO O LA GUERRA COMO ESCAPE”, da la pauta para plantear que el problema de la política de seguridad nacional y el manejo que el gobierno ha implementado respecto al crimen organizado y la narcoviolencia, es producto de una relación binacional México-Estados Unidos, y con ello estrategias y manejo mediático diferenciados. Donde el gobierno de nuestro país con su estrategia de combate directo y frontal originó un desencadenamiento de diversas violencias; podría decir yo como limpieza social,entre otras. “ Cito … Al parecer, el gobierno mexicano no es un estado fallido ni su estrategia fue errática, al menos para propósitos no explícitos ni políticamente correctos. El autor señala,  “…esto no fue un resultado inesperado, imprevisto, sino producto de una estrategia de Estado, deliberada, destinada a imponer la inseguridad como modo de vida que requiere la protección estatal, a promover el miedo y la parálisis, esto es el conformismo, el sometimiento resignado de la mayoría de la población, independientemente de las clases a las que pertenezca…” (p. 299). Así, esta nota provee de elementos importantes para enmarcar la violencia hacia las mujeres en una dimensión trasnacional, y en una situación de violencia social generalizada que se vive en el país.

 

Asimismo, José Ignacio Delgado, en su reseña de la obra “El crimen como realidad y representación: contribución para una historia del presente México”, de la autoría de Fernando Escalante, hace una aguda lectura a la propuesta del autor, la cual apunta que a partir de la estrategia de seguridad federal en 2008, se conjuró un nuevo lenguaje “producido a partir de un relato monocorde, reiterativo por el predominio de lo que podría llamar un saber estándar sobre el narcotráfico, los capos, los cárteles y las plazas, el cual resulta engañoso, por lo que este libro, según Delgado, proporciona un marco analítico desmitificador para repensar las representaciones que tenemos de la realidad, de la dimensión imaginaria que subyace en el relato oficial y que encuentra eco en los medios de comunicación”. Según se expone, este trabajo hace pensar en los discursos oficiales y los mensajes explícitos e implícitos que en estos se manejan, en las incongruencias, los estereotipos, los imaginarios sociales, que funcionan para implementar la mano dura, la cero tolerancia, justificar la guerra y las matanzas, para criminalizar a unos y crear enemigos. Cita al autor del libro quien señala que el crimen adquiere un carácter fantasmal, independiente de lo real, pues el miedo pasa a ser un elementos fundamental del orden del nuevo siglo.

 

De este marco de políticas y discursos oficiales que contrasta con la realidad, pasamos a las estadísticas. En el artículo “Muertes de mujeres y violencia social en tres entidades de la frontera norte de México”, Felipe Mora, María Elene Reguera y José Eduardo Calvario, presentan un panorama estadístico a partir de la información proporcionada por el INEGI sobre las cifras de Muerte de Mujeres con Presunción de Homicidio en Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, entre los años 2000-2009. Su hipótesis va orientada a pensar en qué medida la posición de las mujeres en la sociedad las vulnera y si la violencia ejercida contra ellas es muestra de la crisis del sistema de género que sustenta la masculinidad hegemónica. “… si la ausencia de oportunidades de empleo bien remunerado las conduce a participar en grupos delictivos en actividades de mayor exposición a morir…”.

Este trabajo logra identificar que en los municipios y ciudades de mayor conflicto con el crimen organizado, el asesinato de mujeres es notorio. A pesar de las discrepancias estatales e interestatales, así como de la supuesta concentración de muertes en localidades con niveles altos de bienestar social, se proporciona información muy interesante: a) que el asesinato de mujeres se incrementó a partir de la implementación de la estrategia de seguridad nacional, particularmente en ciudades con presencia del ejército y en puntos estratégicos para la distribución o venta de droga ; b) se podría decir que la mayoría de las víctimas han sido mujeres jóvenes, de baja escolaridad (salvo Chihuahua) y solteras (después unión libre, viudas); c) en el caso de los perpetradores se perfilaron los hombres jóvenes y de baja escolaridad. ¿Qué lleva a explicar esta situación? ¿La mayor participación de las mujeres en el crimen? ¿Su desplazamiento del ámbito doméstico? Sin lugar a dudas, esta número de la revista nos puede dar algunas informaciones y posibles líneas de respuesta.

 

Por su parte, Elsa Ivette Jiménez, en su texto, “MUJERES, NARCO Y VIOLENCIA: RESULTADOS DE UNA GUERRA FALLIDA”, parte de señalar la importancia de la narcocultura en el país, expresada en los narcocorridos, narco películas, series de televisión, blogs y videos caseros, y cómo en estos hay elementos que delínean y diferencian la cultura de género. Por lo que se pregunta ¿Cuáles son las construcciones hegemónicas que para hombres y mujeres se pueden ubicar en ese espacio simbólico? Si la narcocultura se caracteriza por exaltar el derroche, la transgresión, corrupción e impunidad, violencia, drogas y armas, se podría decir, diría yo, que adquiere un rostro asimilado a la masculinidad. La ideología de género se reproduce en las imágenes estereotipadas del narco/la mujer del narco. En Cd. Juárez se les denomina chacales / las buchonas.

 

Las Violencias Estructurales

 

En un segundo bloque presento aquellos trabajos que abordan las condiciones de desigualdad estructural en que han estado insertas las mujeres históricamente. Sin embargo, las persistentes violencias que viven estas en el ámbito laboral formal también han experimentado su agravamiento a partir del incremento de la violencia social y la narcoviolencia. Así, mujeres en la maquila o como jornaleras agrícolas, han sentido el mayor control y abuso contra sus cuerpos.

 

Mireya Scarone, en su texto VIOLENCIA LABORAL INTRAMUROS. HOSTIGAMIENTO SEXUAL Y OTRAS FORMAS DE VIOLENCIA CONTRA LA MUJER EN LAS MAQUILADORAS DE SONORA Y BAJA CALIFORNIA, pone énfasis en el hostigamiento sexual y otras violencias que padecen las trabajadoras. La autora muestra los relatos de estas mujeres sobre la agresión sexual, verbal y física que reciben de los hombres. Al parecer, el hostigamiento sexual es una práctica cotidiana en la maquila; asedios constantes para salir o a relacionarse sexualmente, manoseos y tocamientos, comentarios alusivos a la sexualidad, apariencia, vestimenta y miradas libidinosas, son algunas de sus expresiones y los ejecutores son hombres, regularmente, que ocupan puestos de jerarquía superior. Y ante la indiferencia de las instancias que deben velar por el su bienestar, ellas emplean la resignación como forma de resistir a estas situaciones. Ante las formas de hostigamiento que la autora observó en la maquila de Sonora y Baja California, tanto en aquel en el que las mujeres acceden y obtienen beneficios, como en el hostil, se cimenta en cuatro pilares: a) las políticas laborales que desvalorizan el trabajo femenino; b) la presencia de un amplio contingente de mujeres; c) la ausencia de intervención de las maquiladoras para prevenirlo o desalentarlo y d) la falta de apoyo institucional…”.

 

Por su parte, Ma. Del Carmen Arellanos, en su texto “VIOLENCIA LABORAL CONTRA JORNALERAS AGRICOLAS EN TRES COMUNIDADES DEL NOROESTE DE MEXICO”, identificó la violencia a través del vigilamiento del estado de gravidez de las mujeres y su posible retiro del trabajo. Práctica común del llamado “descanso” que enmascara el incumplimiento de las prestaciones laborales, sin ofrecer opciones de seguridad social y salud”. Al igual que las mujeres de maquila, las jornaleras agrícolas están expuestas a la violencia sexual: “…La violencia se expresa en la interacción con los compañeros de trabajo, quienes las cosifican como objetos sexuales, las acosan con la mirada, con frases denigrantes de contenido sexual, insinuaciones y hasta peticiones y exigencias directas de favores sexuales…”, cita la autora. Pero también nos advierte que esta violencia es invisible para las mujeres dada la asimilación de esquemas de percepción que construyen y naturalizan una imagen desvalorizada de la mujer.

Problemas de esta situación se observan también en la revictimizacion de las mujeres; su disfrute, luego su desecho y abandono por parte de los hombres, así como la crítica y juzgamiento por las otras mujeres . Y nuevamente aparece la indiferencia o negligencia por parte de las instancias encargadas de recibir las quejas o denuncias. No hay conciencia por las diferencias en el idioma, en el uso de términos técnicos o apropiados. El tema de clase, origen social y étnico son invisibilizados.

 

En esta misma línea, el trabajo de Patricia Aranda Gallegos, titulado “DE ESPACIOS Y VIOLENCIAS: VIDA COTIDIANA DE JORNALERAS EN COMUNIDADES DE NOROESTE DE MEXICO, analiza la situación de la violencia comunitaria, desde la perspectiva de mujeres jornaleras, en colonias y poblados cercanos a los campos agroindustriales en donde ellas habitan y laboran en Baja California, Sonora y Sinaloa. En este trabajo se evidencia  a) la violencia en los caminos o trayectos; b) la violencia en los hogares y c) la violencia vinculada al crimen organizado. Particularmente, este trabajo identifica el peso que tiene en el imaginario colectivo la violencia feminicida como un terrorismo que atenta contra sus vidas, señala la autora “…las jornaleras narran sobre todo experiencias de acosos sexual en estos lugares, y en su mayor expresión dan cuenta de su uso para asesinar y dejar ahí a las víctimas”. Pero también en su cotidianidad  “La violencia relacionada con el crimen organizado se vincula con la venta y distribución de drogas, agresiones sexuales y trata de personas…”. Los testimonios de las trabajadoras hablan de la agresión sexual que va desde el exhibicionismo, el hostigamiento hasta la violación. Otros agravantes son los horarios de movilidad para asistir al trabajo; el apoderamiento de sus ingresos por sus parejas; la doble jornada; el control de sus formas de vestir y el uso del tiempo libre a consideración de la pareja.

 

Otro aspecto que me parece relevante es la preocupación que externan con relación a hijos, hijas, los jóvenes y el consumo de drogas, así como la culpa que les genera el dejar solos a hijos para ir a trabajar. Cito: “…El temor a que las hijas sufran este tipo de vejación está presente en las tres entidades, en Sinaloa además llama la atención que vincularon de manera más reiterada a las violaciones con la delincuencia organizada. En las colonias de Baja California la asociaron a pandillas de muchachos que consumen y venden droga, muestras que en Sinaloa las mujeres refieren la importancia social del “sicario”, y descuben una preocupación constante de que alguno de ellos se fije en sus hijas…”. Señala la autora “…Las practicas que se consideran violencia son de diversa gravedad y se presentan a continuación, de menor a mayor grado: a) falta de respeto o groserías; b) exhibicionismo; c) hostigamiento y acoso; d) violaciones y f) feminicidios…”.

 

Al igual que en el ámbito laboral, la violencia estructural e histórica que se ejerce contra las mujeres está asentada en la calle y en los espacios públicos y semipúblicos o publico-privatizados. Existen formas imperceptibles que segregan y discriminan a determinados sectores de la población, entre ellos las mujeres. En el artículo de Mercedes Zúñiga, “LAS MUJERES EN LOS ESPACIOS PUBLICOS: ENTRE LA VIOLENCIA Y LA BUSQUEDA DE LIBERTAD”, pone en la discusión el tema del espacio urbano y su uso o desuso por parte de las mujeres, pues como señala la autora, la calle para las mujeres es un espacio de zozobra. La infraestructura urbana, pero también la dinámica que en la ciudad se desarrolla en consonancia con su equipamiento y disfrute del espacio público no ha considerado las necesidades ni particularidades de las mujeres.

 

Al margen de esto, también la violencia social ha afectado las formas de apropiación del espacio público por parte de las mujeres. Señala la autora, “…Este entorno de violencia ha acrecentado la sensación de inseguridad del espacio publico por parte de las mujeres…”. “…la violencia que viven las mujeres debido a las deficiencias del servicio, se acompaña del sentimiento de inseguridad que implica vivir en una ciudad insegura y violenta… desplazarse en el espacio publico implica una exposición a la evaluación de los otros…”.

Por lo tanto, el efecto ha sido el retraimiento de las mujeres de los espacios, como la calle y otros semipúblicos. De alguna manera, esta situación coacciona la libertad de las mujeres en su movilidad, desplazamiento, apropiación, uso y disfrute del espacio público, es decir, como señala Núñez hay una libertad condicional. Por lo que concluye que “…Las ciudades no están pensadas para que las mujeres circules por ellas con libertad, seguridad y confort; por el contrario, el patrón seguido en las poblaciones del norte de México hace de ellas escenarios magníficos para que sea factible la reproducción de la violencia cotidiana y en pequeñas dosis contra las mujeres…”.

 

Las violencias en los cuerpos de las mujeres

Paso al tercer bloque que aborda la violencia masculina, la comunitaria e institucional sobre el cuerpo de las mujeres. Con relación a la violencia histórica que se he ejercido contra las mujeres, sustentado desde las posturas conservadoras,  en el plano de la relación de pareja y dentro del ámbito de la familia, Gabriela García, en su trabajo “VIOLENCIA INTRAFAMILIAR Y DOVIERCIO: LAS CONTRADICCIONES ENTRE LOS DICHOS LEGALES Y LOS HECHOS CONSERVADORES EN HERMOSILLO, SONORA”, se ve concretado en el cuerpo de las mujeres bajo el control del aborto, el uso de anticonceptivos artificiales, el divorcio, las relaciones sexuales prematrimoniales, la educación sexual. Su acertado comentario advierte sobre la disolución de las fronteras entre la religión y el papel del Estado, donde los símbolos religiosos se confunden con los políticos.

Su trabajo da cuenta de cómo las políticas educativas se ven afectadas por el conservadurismo religioso, por ejemplo, al modificar el contenido de los programas oficiales de educación sexual al promover la abstinencia. Analiza los discursos conservadores que reiteran el lugar de la mujer en el ámbito doméstico y su resignación a la violencia de género. Por lo que para esta autora  “…la Procuraduría de la Defensa del Menor y la Familia (PDMF) aparece más como una institución aliada o defensora del padre o maltratador, que del resto de los integrantes de la familia…”, así como el hecho de que en Sonora “…predomina una perspectiva “familista” y medidas conservadoras por parte de las instituciones públicas.

 

En esta misma línea, nuevamente Margarita Bejarano, ahora junto con Leyla Guadalupe Acedo, en el trabajo titulado “CUERPO Y VIOLENCIA: REGULACION DEL ABORTO COMO DISPOSITIVO DE CONTROL A LAS MUJERES”, analizan los discursos jurídicos que versan sobre la interrupción legal del embarazo en Sonora, y la criminalización y castigo sobre las mujeres y su cuerpo, sustentado por el poder estatal, a partir del propio sistema jurídico, lo que constituye una fuerte carga de violencia.

Nuevamente en este artículo se entiende que la violencia infringida hacia las mujeres es un llamado al orden y se deja saber por quién ostenta el poder. Estrategia añeja que naturaliza la desigualdad a partir de la diferencia biológica y se apodera del cuerpo de las mujeres. Este tema es delicado dado que se pone en juego la vida de las mujeres, pues la práctica del aborto no implica una simple trasgresión, sino un desvío que atenta contra la disciplina y el control que el estado tiene sobre el cuerpo de las mujeres, y con ello aparejado el señalamiento de comportamiento antinatural y antisocial. Esto en sí mismo puede ser leído desde el concepto de violencia feminicida, según las autoras: “porque: a) son injustas, pues abortar es un derecho humano de ellas y b) son evitables, pues en condiciones salubres su ejercicio es un procedimiento sencillo y seguro…”, podríamos decir, que indudablemente, esta situación puede llevar a muchas mujeres a una muerte segura. Esta situación constituye un hecho violatorio a los derechos humanos de las mujeres desde el mismo marco jurídico, al reformar el artículo primero de la Constitución de Sonora es una franca violación a los derechos de las mujeres y quebranta el Estado laico. Estas violaciones son reforzadas con la criminalización de las mujeres que abortan y con un único modelo de familia; la nuclear tradicional.

Referencia

Bercovich, Susana (2013) Misoginia y Ciudad Juárez. Sobre los efectos miméticos y contagiosos de las formas violentas. En Cruz, Salvador, Vida, muerte y resistencia en Ciudad Juárez. Una aproximación desde la violencia, el género y la cultura. El Colef y Juan Pablos, México

* Doctor en Ciencias Sociales. Estudios de la mujer y relaciones de género por la Universidad Autónoma Metropolitana de México.