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FOTO DE LA SEMANA: “Cananea”

La imagen fue capturada por Leova Peralta.

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Gabo: la vida sin límites

Leopoldo Santos Ramírez*

Entre noviembre y diciembre de 2008 se llevó a cabo la 21 Feria Internacional del Libro, FIL, en Guadalajara. En esa ocasión se rindió un homenaje a Carlos Fuentes por su cumpleaños 80, y entre otros asistieron como invitados Gabriel García Márquez y Carlos Monsiváis. El local de la FIL fue insuficiente para alojar a la gente y la sensación que con su presencia causó el Gabo en esa ocasión fue inusitada. La gente quería tocarlo, fotografiarse con él, llamar su atención, con la misma actitud de fanáticos de un cantante o artista del momento. Un día después, en la misma FIL, en una conferencia salpicada con la ironía profunda muy propia de él, Carlos Monsiváis recordaría el recibimiento que la gente prodigó al Gabo García y —así lo dijo— le tomó por sorpresa la reacción de la multitud de lectores del premio nobel y —también lo dijo— que eso le había provocado una envidia de la buena. Lo asombró el hecho de que tantos lectores lo quisieran, le demostraran su afecto y admiración.

Pero la querencia venía de lejos y tenía una causa, la realidad es que ningún otro autor latinoamericano nos representó mejor que Gabriel García Márquez en el siglo XX. Ni Jorge Luis Borges, ni Vargas Llosa, Cortázar o cualquiera otro que venga a la memoria como escritores de talento extraordinario lograron construir la biblia latinoamericana como es el caso de Cien años de soledad. Así, la querencia fue siempre en dos sentidos: de los latinoamericanos hacia el Gabo, y de éste hacia los pueblos de la América Latina. Ese diciembre de 2008 en la FIL fue una de las últimas apariciones del premio nobel frente a un público tan numeroso. Como él mismo lo dijo, ese premio que esperaba todos los octubres, lo libró de la ansiedad de la espera, pero lo condenó al silencio, “después del Nobel todos esperaban que yo dijera algo inteligente en cada declaración, así que para no equivocarme, decidí guardar silencio”. Intérprete de lo maravilloso que existe siempre en la realidad, aún en la más dolorosa, el Gabo aprendió de las actitudes sensatas e insensatas de los personajes creados por él mismo, de esta manera no permitió que la fama se le subiera a la cabeza y acabara por trastornarlo.

Pero la consecuencia de su escritura y sus acciones personales estuvieron siempre a la altura de las expectativas de sus lectores. Fue fiel a las luchas de liberación del Cono Sur y su lealtad para con la revolución cubana se mantuvo a toda prueba aún cuando la gran mayoría de intelectuales antes apoyadores del castrismo, a fines de los años sesenta, voltearon la espalda a la revolución y publicaron largos desplegados que tenían el tufo de una democracia como la que concebían los poderes norteamericanos para América Latina. Ahora también es conocida su actuación en el intento de aminorar el bloqueo económico contra la república cubana durante el gobierno de Clinton.

En una apreciación personal de quien pertenece a la generación formada en el gusto literario de los sesenta y setenta, cuando más se hizo notar la literatura de este autor, pienso que prácticamente el Gabo elaboró una antropología literaria de Latinoamérica. En todas sus obras existe la simbología latina, los imaginarios y mitos colectivos de indígenas, españoles, esclavos africanos, el resto de europeos y árabes que antes se habían fundido con los españoles y que en el nuevo mundo nos fundaron como naciones diversas y semejantes al mismo tiempo, y, paralelamente, en esa obra literaria perviven también los anhelos de dejar el atraso ancestral de nuestras sociedades y lograr la justicia. Ahora, al regresar a la lectura de sus textos encuentro que en la medida en que Gabriel García Márquez maduró, sus textos van transmitiendo un optimismo que no está en la novela Cien Años de Soledad de los años sesenta. En ella no hay escapatoria ni para el último de los Aurelianos ni para Macondo, la ciudad de los espejismos que desaparecería “porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Sin embargo, al mediar los años ochenta publica El amor en los tiempos del cólera, historia de un amor casi imposible entre Fermina Daza y Florentino Ariza, que en el otoño de sus vidas se realiza, por fin, en un buque fluvial caribeño. Es aquí donde García Márquez al final de la obra construye un relámpago esplendoroso de esperanza, “El capitán miró a Fermina Daza y vio en sus pestañas los primeros destellos de una escarcha invernal. Luego miró a Florentino Ariza, su dominio invencible, su amor impávido, y lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites”.

*Maestro en Ciencias Sociales por la ENEP. Profesor-investigador de El Colegio de Sonora.