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La imagen fue capturada por Tadeo Méndez.

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Los yaquis, siempre impredecibles

Adalberto Rosas López*

Hay algo intrínseco en la conformación cultural de la tribu Yaqui, en mucho, resultado de una resistencia que ha mantenido a sus integrantes enfrentados a estructuras de poder superiores a sus propias fuerzas, y eso es lo impredecible de su conducta y lo inesperado de sus reacciones. No presentan un perfil definido frente a sus adversarios y llevan más de quinientos años en un curso permanente de guerra irregular.

Esto es lo que se desplegó el día 15 de mayo en la guardia tradicional del pueblo de Vícam, cuando recibieron al director nacional de la Dirección General de Impacto y Riesgo Ambiental (DGIRA), Alfonso Flores Ramírez, y al séquito de funcionarios federales que quizá pensaron que estarían operando una rutina burocrática de entrega de documentos e información para dar cumplimiento al proceso de la consulta a la tribu Yaqui, ordenado por la Suprema Corte.

Pero las cosas no sucedieron como tenían en mente los operadores del Gobierno federal, que querían hacer de la consulta un simple trámite procesal para luego imponer el acueducto Independencia, lo que profundizaría la condición deficitaria de la cuenca del río Yaqui y, con ello, le daría un golpe existencial a los yaquis y a las actividades productivas de todo el sur de Sonora.

La reunión se agendó a las cinco de la tarde. La hora de estas citas es sólo un referente, porque nunca se sabe realmente cuándo dará inicio el protocolo formal de las reuniones. El señor Alfonso Flores, a quien presentaron como Maestro en Ciencias, venía acompañado del delegado de la Secretaría de Gobernación en Sonora, Adolfo García Morales, y del señor Gudiño, quien se encarga de la consulta a los yaquis y tiene algún puesto en la SEMARNAT. También venía la figura protocolaria del señor Ulises Cristópulos, delegado de SEMARNAT en Sonora, siempre muy prudente en las reuniones.

Los funcionarios llegaron puntuales, incluso con cierta anticipación. En el elenco destaca el porte de García Morales, quien se mueve como todo un operador político, con desplantes que denotan la autosuficiencia que aporta el cargo que ostenta. Se hace aparecer como el conocedor del terreno y el mejor intermediario para instrumentar las negociaciones que podrían asegurar —sin el mayor costo político— la imposición del acueducto Independencia.

Es posible que el mismo García Morales le haya presumido al director de DGIRA que el encuentro con la tribu transcurriría sin ningún contratiempo, bajo el supuesto de que se está en un proceso de negociación donde lo único que se pide es que se cubran las apariencias y se respeten las formas. Pero tal desenvolvimiento imaginado no se cumplió.

Después de cubiertas las formalidades y del discurso de Alfonso Flores, quien insistentemente ponderó la buena fe con que el Gobierno federal se está conduciendo en el proceso de consulta, se hizo la entrega de una caja y media de documentos presentados como información que los yaquis han solicitado a la SEMARNAT y a la CONAGUA.

Luego de las deliberaciones de las autoridades tradicionales, le pasaron la palabra a la tropa yoreme. El castellano de los yaquis es muy directo; son frases cortas, con una musicalidad propia del caíta. Un yoreme de la Loma de Guamúchil fue directo al cuestionamiento del discurso del director de DGIRA: “Siempre vienen a decir de su buena fe, pero en todo este tiempo no hemos visto buena fe. Tomaron control del acueducto y se siguen robando el agua. Son muchos papeles y el problema no se resuelve. La consulta se alarga y siguen bombeando agua. No hacen lo que la Corte ordena”.

El de la Loma de Guamúchil fue secundado por un yoreme mayor del pueblo de Tórim, quien en tono vehemente, y acuerpado por la tropa, levantó su mano para exigirles a los funcionarios, especialmente a Flores Ramírez, que pararan ya la operación del acueducto. “Ustedes —les dijo—, son los inteligentes. Son los estudiados. Los que llevan y traen papeles. Cartones de papeles, que para saber si el acueducto nos perjudica. Y luego dicen que todavía no pueden decir si nos hace daño”. Subió el tono para rematar: “Nosotros vemos que por el río Yaqui no corre agua; nosotros vemos que se han secado los árboles y se han ensalitrado nuestras tierras. ¿Cómo es que ustedes, que son tan estudiados, no lo ven?”.

“Se me hace —dijo—, que nos estamos haciendo tontos. Lo que queremos es que hablen a chile pelón y nos digan la verdad, porque si nos volvemos a subir a la carretera, ustedes van a tener la culpa de todo lo que pase”.

Habían transcurrido dos horas de reunión, la tarde empezó a caer, pero no impedía que se viera el rostro del director de DGIRA, que ya para ese momento no podía ocultar su nerviosismo y volteaba insistentemente a su lado derecho para encontrar la cara de García Morales, quien ya se había levantado en varias ocasiones para dirigirse al secretario de la tribu con la intención de calmar la tormenta.

Los esfuerzos fueron en vano. Las intervenciones de la tropa se tradujeron en el consenso de los gobernadores yaquis, quienes se encargaron de formalizar la exigencia de que había llegado el momento de cancelar el acueducto Independencia.

La noche llegó y aparecieron un par de focos. El ambiente se torno más solemne y tenso. El funcionario de DGIRA seguía volteando con García Morales. Ya había angustia en su rostro y también cansancio emocional. Se advertía en su expresión el reclamo al delegado de Gobernación, como diciendo: ¡licenciado, sácame de aquí!

Y García Morales lo intentó. Rompiendo el protocolo del recinto sagrado, en dos ocasiones dio las buenas noches en señal de despedida para finalizar la reunión, pero fueron intentos fallidos. Los yaquis lo volvieron a sentar otra hora más. El orgullo tan sensible del delegado se veía lastimado; más por sentir que había fracasado ante el director, a quien seguramente le había prometido que aquello sería un día de campo.

El reloj se acercaba a las once de la noche cuando se le ocurre a García Morales pedirle treinta días a los yaquis para traerles una respuesta sobre la petición concreta del cierre del acueducto. Las autoridades rechazan el tiempo solicitado y se lo reducen a ocho días. La paciencia del delegado se agotó y terminó por guardar silencio. El licenciado asesor de los yaquis los convenció de la pertinencia de aceptar los treinta días naturales como el compromiso para esperar la respuesta del director de DGIRA.

El giro mostrado por los yaquis en esta reunión los hace maestros del factor sorpresa. Es un mensaje claro de que la tropa yoreme y las autoridades tradicionales de la tribu Yaqui no están en ninguna estrategia de negociación como la que presume la Secretaría de Gobernación. Los yaquis nunca serán gestores de su propia destrucción y de esa convicción participa el Movimiento Ciudadano por el Agua.

Guardia Tradicional del Pueblo de Vícam, 16 de mayo de 2014