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FOTO DE LA SEMANA: “Vitral”

La imagen fue capturada por Janeth Morales.

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

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Extracto de “Mujeres, narco y violencia: resultados de una guerra fallida”.

Elsa Ivette Jiménez Valdez*

El papel del género en la configuración de las vidas de hombres y mujeres vinculados al narcotráfico en el noroeste del país.

Al estudiar los grupos sociales alrededor del mundo, las y los antropólogos han identificado que cada sociedad sanciona algunos espacios, comportamientos y tareas que se consideran exclusivos para hombres y mujeres. y aunque la constante es esta diferenciación entre sexos, la forma como cada grupo humano la ha concebido y organizado ha sido muy variable y cambiante en el transcurso de la historia.

La tendencia de la mayoría de estudiosos- predominante varones- era interpretar estas diferencias como muestras de la división y complementariedad entre hombres y mujeres. Eso fue así hasta que las feministas problematizaron la naturaleza y efectos de estas relaciones, en un intento por explicar las raíces de las desigualdades históricas entre lo sexos, que tan perversas habían resultado para las mujeres -como es el negarles la ciudadanía, el derecho a decididir sobre sus cuerpos, a participar en los espacios educativos y recibir menos salarios por igual de trabajo, entre muchas otras situaciones que aún hoy violentan este grupo-.

Con la reflexión y aportaciones de numerosas activistas y académicas surgió y evolucionó el concepto de género, el cual hace referencia a construcciones culturales que, con base en los cuerpos sexuados, establecen roles apropiados para hombres y mujeres, y generan identidades subjetivas distintas para unos y otras (Scott 1996, 271) . La construcción genérica en cada sociedad asigna, entonces, a cada sexo un conjunto de espacios, tareas y características que están fuertemente delimitados pero a la vez en cambio constante, para responder a coyunturas y procesos sociales, culturales, económicos y políticos.

Si los roles de género se entienden como un modelo o imagen que condensa el ideal de masculinidad o feminidad vigente en una sociedad -a manera de “tipo ideal weberiano”-, es posible acercarse a la propuesta de la filósofa estadounidense Judith Butler (2006), que comprende la construcción de identidad genérica como un esfuerzo continuo de teatralización, que la persona lleva a cabo con la intención de encajar dentro de los moldes socialmente definidos para su sexo. De manera que siempre están haciendo algo que convenza a los demás y así mismas de que “están siendo” o actuando como hombres o mujeres, según sea el caso. (Ibid., 45).

La noción del género como teatralización permite explicar cómo unos y otras se encuentran tentados a realiza distintas prácticas orientadas a “encajar” en el estereotipo de género hegemónico, que se va modificando en este ejercicio de recreación, pues las y los actores tienen siempre un margen para la acción, reflexión, incluso la subversión. Esto hace que las construcciones de género sean muy dinámicas y mutables.

Además, en la configuración de género hay tres elemento que siempre están presentes; uno es su binariedad, puesto que -al menos en la mayoría de las culturas-  se reconocen sólo dos géneros, los cuales se construyen siempre en diferenciación y oposición entre sí, que es la segunda característica. De modo que lo femenino es diferente a lo masculino, y lo masculino se construye como tal en oposición a lo que socialmente se considera femenino (Serret 2001, 36). La tercera es la relación de jerarquía presente, pues a la vez que se produce la diferenciación masculino/femenino, mediante una operación mental de construcción del orden simbólico, también se establece la superioridad de los atributos designados masculinos, que ha generado una forma de dominación de género, que el sociólogo Pierre Bourdieu calificó como “el mejor ejemplo de violencia simbólica”.

La dominación masculina se traduce en el acceso y control diferenciado entre hombres y mujeres a los recursos materiales y simbólicos, que producen una repartición inequitativa del poder (Scott 1996, 293), comprendido éste como un juego de relaciones desiguales entre individuos o grupos, que permiten ejercer una acción sobre las acciones de otros. En palabras de Foucault, el poder “incita, induce, seduce, facilita o dificulta, amplía o limita, vuelve más o menos probable; de manera extrema constriñe o prohíbe de modo absoluto; con todo, siempre es una manera de actuar sobre un sujeto actuante o sobre sujetos actuantes” (1988,15).

Pese a la insistencia de las feministas en la desigualdad de poder, presente en las relaciones entre los géneros, las aportaciones de numerosos trabajos empíricos permiten dar cuenta de que también existen diferencias intragénero. En el caso de las masculinidades, los hombres que cuentan con mayores privilegios y recursos materiales y simbólicos ejercen mayor control respecto de las mujeres, pero también sobre otros hombres. Esta gradiación en el acceso al poder entre mujeres y hombres y luego entre estos últimos, lleva a postular la existencia de construcciones masculinas “hegemónicas” (Careaga y Cruz 2006, 11; Ramírez 2006, 39 y 40).

Un elemento muy presente en las relaciones entre hombres y mujeres es el empleo de la violencia de género, que se puede comprender como un sistema de discursos y prácticas que buscan “reducir y aprisionar a la mujer en su posición subordinada, por todos los medios posibles recurriendo para ello al empleo de la violencia física, sexual y psicológica y a tráves del mantenimiento de un orden social y económico en la estructura” (Segato 2003, 15).

*Académica del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente (Iteso).