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Falacias y creencias sobre la corrupción

Nicolás Pineda*

Aunque muchos la consideran una mera travesura, la corrupción es delito grave que se castiga con pena de cárcel, inhabilitación y multa, tanto en el Código Penal Federal (arts. 217-224) como en el Código Penal Estatal (Título séptimo: Delitos cometidos por los servidores públicos). Sus principales manifestaciones son: cohecho, peculado, concusión, intimidación, uso indebido de facultades, abuso de la función pública, tráfico de influencia y enriquecimiento ilícito.

Hay sin embargo un problema clave en la persecución de este delito: la parte ofendida del delito, que es el erario público y toda la sociedad, no tiene manera de defenderse y de denunciar si no es a través de los mismos que cometen el delito. Esta situación es propiciada además por una serie de creencias que son parte de nuestra cultura política y que es necesario combatir y desterrar.

La corrupción es inevitable y está en todas partes
Tal vez la principal falacia es la de que la corrupción está en todas partes y es inevitable. La sentencian muchos políticos y la repite mucha gente vinculada a la corrupción. Se manifiesta como un fatalismo que dice “así es la vida y no hay nada qué hacer”. Lo grave de esta falacia es que es una justificación y tranquilizante de conciencia para los que están involucrados. La consecuencia o conclusión práctica para la que se usa esta falacia es que entonces tenemos que ser tolerantes con la corrupción, o peor aún, concluir que “no hay bronca si yo estoy inmiscuido en actos de corrupción; todos lo hacen, o todos harían lo mismo en mi lugar”.

La respuesta a esta falacia es la misma que para el delito, y es materia de estudio en la sociología del crimen: el delito es inevitable y está en todas partes, pero de eso no se infiere que deba de aceptarse, tolerarse o incluso aceptar cometerlo uno mismo. Por ejemplo, los homicidios que tanto nos preocupan en México, tal vez no puedan eliminarse totalmente, pero como sociedad estamos de acuerdo en que debe de reducirse al mínimo posible. Más aún, debemos tratar de construir una sociedad en la que el delito probablemente no se erradique, pero sí donde sea menos posible. Todos estamos de acuerdo en que no porque el homicidio sea inevitable, por eso debamos de aceptarlo y no ver problema en incurrir en él. Sin embargo, con mucha frecuencia así se piensa con respecto a la corrupción. La corrupción es delito y el corrupto es un delincuente.

La corrupción es igual en todas partes
Esta creencia es muy interesante y tiene qué ver con el problema de la “desviación social” que estudia la sociología. ¿Hay un porcentaje “normal” de delincuencia?
La cuestión es que la corrupción es muy variable de un país y de una cultura a otra. Varía tanto en su proporción como en su naturaleza. Lo que es corrupción en una cultura puede no serlo en otra. Aquí el pago de propinas es normal, mientras que en Japón y en otros países no se considera aceptable dar propina. Más aún, lo que se considera delito es variable, considérese por ejemplo, la homosexualidad.

El caso aquí es que, sociológicamente, la corrupción no es igual en todas partes. Ha habido y hay países mucho más corruptos que México. De hecho existe la categoría de cleptocracia (o Estado corrupto), es decir un país en el que la corrupción está establecida como forma de gobierno. Éste fue el caso de los regímenes de Duvalier en Haití, Trujillo en República Dominicana, Stroessner en Paraguay, o Idi Amin en Uganda. Éstos son países en los que la corrupción y el abuso del poder se instalaron al nivel más alto. No creo que esos deban de ser nuestros modelos. Por otra parte, existen también países en los que se ha logrado disminuir la corrupción  a los niveles más bajos. Ahí están los países escandinavos, pero también todos los países considerados desarrollados. Esto es tautológico, es decir va “junto con pegado” porque precisamente el descenso y control de la corrupción es un requisito y síntoma de desarrollo. En Latinoamérica, para no ir más lejos, países como Chile o Costa Rica son considerados mucho menos corruptos que México. Entonces, ni la corrupción es igual en todas partes ni eso significa que no se pueda combatir.

La corrupción en México es inevitable
Las creencias anteriores tienen una variante muy socorrida que considera que la corrupción es inevitable “en México” y considera que “el mexicano es corrupto por naturaleza”. Esta creencia está muy vinculada con nuestra baja autoestima colectiva y considera que el Mexicano es “chafa” y sólo sabe hacer “chicanadas”. Aquí el problema es de psicología social, de clasismo y de racismo. Mientras consideremos que el mexicano o una parte de lo mexicano es inferior, seguiremos pensando que la corrupción en México es inevitable.

Pero muchos hechos nos muestran que los mexicanos no somos inferiores, sino que somos seres humanos iguales que el resto de la humanidad, capaces de superación y de alcanzar hazañas y logros si nos lo proponemos. El problema de esta creencia es que es de esas promesas que se cumplen a sí mismas y que si así creemos, así será. Es necesario entonces cambiar esa mentalidad y convencernos de que como personas y como nación somos capaces de cambiar y ser “ciudadanos”. En la próxima espero abordar el tema del combate a la corrupción.

nicolas.pineda.p@gmail.com; Twitter: @npinedap