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FOTO DE LA SEMANA: “Tarde de verano”

La imagen fue capturada por Gabriela Jiménez.

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La corrupción

Álvaro Bracamonte Sierra*

Los temores de disturbios callejeros durante el Mundial de Brasil quitaban al sueño a las autoridades amazónicas en los días previos al evento. Previo a la inauguración los cariocas estaban irritados por lo que consideraban gastos faraónicos destinados a la construcción de los estadios para los encuentros mundialistas: efectivamente, lo que iba a costar unos cuantos miles de millones de dólares se multiplicó desorbitadamente sembrando la sospecha de que una parte sustancial se fue por el caño de la corrupción. Esta creencia encendió los ánimos opositores sobre todo porque al temor de malos manejos se suman los profundos rezagos en infraestructura carretera, en escuelas, hospitales, etcétera, que quizá se hubieran aliviado en parte con los cuantiosos recursos aplicados a la fiesta futbolera.

Los argentinos no desentonan en el certamen de corrupción. La señora Kirchner enfrenta severas críticas por varios motivos, uno de ellos tiene que ver con el supuesto desaseo en el manejo de los fondos públicos, donde destacan los deslices del polémico vicepresidente Amado Boudou quien, a juzgar por las frecuentes denuncias, es campeón en actividades de dudosa naturaleza.

Entre las últimas está la acusación de haber adquirido junto con un amigo empresario un negocio que a simple vista resulta inapropiado dada su alta investidura. Los españoles tampoco cantan mal las rancheras. Aunque fue fugaz su paso por el torneo futbolístico, en el campo de la corrupción llevan buen rato debatiéndose en el fango. Un botón de muestra son los sobresueldos que se asignaban dirigentes del Partido Popular, pero lo peor es el tráfico de influencias de la familia real sobre todo de la ahora ex infanta Cristina quien gestionaba, junto a su marido Iñaki Urdagarín, inversiones irregulares aprovechándose indebidamente de ser parte de la Casa Real. Tan lejos ha llegado este escándalo que el nuevo monarca, Felipe VI, la desinvitó del acto de coronación; incluso, el discurso del novel rey giró en torno a varios pasajes alrededor de la ética que debe guiar la conducta privada y pública de los miembros de la monarquía.

Hasta los países más sólidos institucionalmente hablando exhiben lamentables hechos de corrupción que a menudo son alcahueteados por la autoridad. El caso de la crisis financiera de 2008, por ejemplo, sería incomprensible sin la proverbial desmesura con que operaron los genios financieros de entonces. En efecto, el responsable en materia regulatoria actuó con negligencia y no suspendió a tiempo la borrachera bursátil que originó los tristemente célebres Créditos Subprime y otros derivados que llevaron al colapso del sistema financiero estadounidense y con ello el del resto del mundo.

Aunque en este caso la corrupción fue por omisión, ha sido más destructiva, considerando las terribles consecuencias que tuvo para el conjunto de la economía mundial. No se sabe que ninguno de los cerebros que incubaron la crisis haya sido encarcelado o al menos quedado inhabilitado de la actividad financiera.

En México la corrupción ha pasado a formar parte de la cultura nacional. Existe un sinnúmero de frases que le rinden homenaje a ese flagelo: “Entre más obra más sobra”, “un político pobre es un pobre político”, “el que no transa no avanza” son parte de la picaresca mexicana. Incluso en la clase política tricolor llegó a tal extremo que fue uno de los factores que los hizo perder la presidencia en el 2000. Esta horrible pedagogía fue bien aprendida por los panistas que cuando han llegado al Gobierno dejan mucho que desear en cuanto a la ética en el ejercicio del poder. Al foxismo se le ha acusado de muchas cosas pero una de las más graves es el desparpajo con que gobernó y que de cierta forma fertilizó la semilla de la corrupción.

Ahí están los hijos de Martha Sahagún que se valieron de la posición del padrastro para incursionar en múltiples negocios de origen inexplicable. Uno de ellos, el de Oceanografía, concentra hoy la atención mediática pues no sólo ordeñaron al erario nacional sino también el de los particulares como ha quedado demostrado con los préstamos irregulares que les fueron otorgados por Banamex. Por otro lado, la suspensión de la Línea Dorada del Metro capitalino abrió una especie de caja de pandora pues en ésta, que fue la mayor inversión del sexenio pasado, campea el fantasma de la corrupción. Una situación similar aunque más indignante fue la Estela de Luz construida para conmemorar el Bicentenario de la Independencia.

Nuestro Estado no está exento de esta siniestra fama. Por todas partes se habla de que panistas y priistas han llevado la corrupción a niveles insostenibles. Es fácil, pues, advertir cómo la corrupción no es patrimonio de una organización política ni de ciertos países o regiones. Es de todos y está en todas partes. Lo fundamental son las acciones que se emprendan para combatirla y buscar contrarrestar los desastrosos efectos económicos que produce. Para que México vuelva a crecer no sólo hacen falta reformas estructurales sino principalmente salvaguardar a las instituciones de la pandemia de la corrupción. De otra manera el horizonte se ve ominoso tal y como se advierte el presente cuando por ningún lado aparecen los frutos de las reformas aprobadas en el pasado.

*Doctor en Economía.Profesor-Investigador de El Colegio de Sonora.