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FOTO DE LA SEMANA: “Nacapule”

La imagen fue capturada Jorge Moreno.

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Los retos de la familia en el siglo XXI

Lic. Mónica Gpe. Bracamontes A.*

“Todo tiempo pasado fue mejor” es una frase que solemos decir; sin embargo, es una afirmación que no necesariamente aplica a todos los casos o, específicamente, en el tema de la familia.

Es curioso observar que en todos los ámbitos que rodean la vida humana se han presentado signos de evolución; podemos sorprendernos con los avances en la ciencia y alegrarnos con ello; podemos ser testigos de los pasos agigantados que ha dado la tecnología, nos admiramos de lo que el hombre ha sido capaz de hacer en los últimos 50 años si lo comparamos con los avances logrados durante cientos de años, sin embargo, la familia no ha cambiado a ese mismo ritmo.

Pese a que somos testigos de modificaciones en los roles de los miembros de la familia y del desempeño de la misma en la sociedad, realmente no hemos evolucionado a la misma velocidad con que lo han hecho otros ámbitos.

En la intención de analizar los cambios que viven las familias, observaremos primeramente el pasado para hacer un balance con nuestra realidad actual.

Las familias de hace treinta años permanecían unidas contra viento y marea, los padres representaban la autoridad y, en algunos casos, el autoritarismo, sin embargo, siempre fueron figuras respetadas; los hijos participaban activamente en las labores del hogar y en muchas ocasiones aportaban económicamente para el sostenimiento de su familia; la hora de la comida era sagrada y, por tanto, todos los miembros estaban presentes; los abuelos eran vistos con mucho respeto y se les atendía con orgullo. Un aspecto muy importante es que en las familias de antaño los roles de cada miembro estaban muy bien definidos y esto aportaba, en gran medida, estabilidad a las mismas.

Entre las sombras de las familias en décadas anteriores están: la falta de comunicación asociada a temas intocables entre esposos o entre padres e hijos; se debía cumplir con ciertas reglas sin tomar en cuenta la opinión de los hijos, las decisiones las tomaba regularmente el padre, quien solía ser cabeza de la familia, y sólo en raras ocasiones intervenía la madre; los castigos y reprimendas eran duras, pero había disciplina.

La familia de hoy día goza de mayor comunicación, los padres y los hijos abordan con más naturalidad toda clase de temas, sobre todo por el hecho de que los hijos no solamente tienen voz sino también voto, es decir, su opinión en la toma de decisiones cuenta mucho más. El uso de la violencia para corregir a los hijos ha pasado a la historia en aras de su salud mental. Hoy, las mujeres se asumen como miembros de la familia, con los mismos derechos y oportunidades que los hombres en cuanto a estudiar una carrera profesional. Cada vez vemos más padres que acompañan a sus hijos en actividades extracurriculares, y el padre de familia está más involucrado en la educación y formación de sus hijos. Los papás visualizan a sus hijos como triunfadores y apoyan su formación en diversas habilidades para lograrlo.

Pero la familia de hoy también enfrenta problemáticas cada vez más complejas, pues el ritmo acelerado de la vida y las exigencias en el plano laboral, comercial, político y social han modificado sustancialmente los roles tradicionales que se vivían anteriormente.

Dentro de los principales cambios están: la cantidad de hijos, ya que ahora se planean; las madres incursionan cada vez más en el terreno laboral y en muchos casos el padre tiene que colaborar en las labores del hogar. Por otra parte, la estructura de la familia también ha sufrido cambios y es común que un solo miembro parental esté al frente de la familia, lo que impide que se supervise de cerca la formación de los hijos. Los hijos, que solían casarse e irse de la casa alrededor de los veinticinco años, hoy permanecen al cobijo de los padres hasta después de los treinta porque postergan la responsabilidad de formar una familia. Otro fenómeno que se observa es el número de parejas que deciden no tener hijos en función de una vida más cómoda, ligera y libre.

Nuestras familias enfrentan hoy un mundo con mayor acceso a sustancias nocivas para la salud, desde el tabaco y el alcohol hasta las drogas. Como factor adicional (la familia no podía quedarse ajena a su uso), interviene la tecnología, que por una parte permite tener contacto inmediato con los miembros de la familia en cualquier lugar y cerciorarse de su seguridad pero, por otro lado se afecta la comunicación afectiva y personal.

Estos y otros cambios traen consigo situaciones tales como el hecho de que hay miembros de la familia que viven bajo el mismo techo, pero que se aíslan y cada vez están más solos. El estrés en que vive la sociedad actual provoca que las personas sean menos tolerantes y más violentas, el desencanto por la vida empieza a ser denominador común y cada vez más jóvenes abandonan las escuelas porque no se les ha forjado el carácter para sobrellevar los retos que nos presenta la vida actual. Empezamos a vislumbrar a una juventud depresiva que no cree en el pasado y que ve incierto su futuro, le preocupa, pero no sabe qué hacer.

Cuando hacemos estos planteamientos no podemos dejar de preguntarnos cuál es la solución, de qué manera podemos corregir el camino, dónde nos equivocamos; sin embargo, la respuesta debe solicitar una transformación de fondo, un compromiso con las generaciones que vienen, con la sociedad del futuro. Nos toca a quienes aún tenemos en nuestras manos la posibilidad de forjar el carácter de nuestros hijos, responder estas interrogantes.

¿Cómo? A través de una supervisión cercana, de formación con firmeza. En el día a día hay muchas oportunidades para lograrlo. El hecho de tener pocos hijos facilita la atención personalizada que hay que brindarles, el que ambos padres trabajen debería ser un pacto tanto de compartir gastos como del cuidado de los hijos. Habría que volver a los modelos en los que cada miembro de la familia tenía un rol definido en función del beneficio de todos, y esto aplica con más razón para familias monoparentales. Esto daría como resultado el reforzamiento de la solidaridad, la tolerancia y la cooperación.

Retomar algunos modelos del pasado no significa ser retrógradas, significa tener la inteligencia de hacer un análisis y encontrar los aspectos que conviene volver a practicar y combinarlos con otros aspectos de la modernidad que nos pueden funcionar. Lo que es un hecho, es que no podemos seguir educando y formando a nuestros hijos sin un rumbo. Si lográramos establecer una misión de familia unida a una visión, es decir, cómo visualizamos el futuro de nuestra familia, cómo queremos que sean nuestros hijos cuando sean adultos, qué clase de relaciones deseamos que permanezcan entre los miembros de nuestra familia en el futuro, tendríamos más claro el camino que debemos tomar y las acciones específicas que tenemos que realizar.

Educar con firmeza no significa ser duros y autoritarios, significa educar en la responsabilidad, enseñando que todo acto lleva consigo su consecuencia y esta filosofía no está en disputa con la comunicación, con tomar en cuenta las opiniones, formas de sentir y pensar de cada miembro de la familia, pero sin olvidar que la cabeza de la familia son los padres y por lo tanto somos las personas que por el momento, estamos dirigiendo los destinos no solo de nuestros hijos, sino de alguna manera, también de nuestro país.

*Tec de Monterrey CSN. bmonica@itesm.mx