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La mala infraestructura

A la memoria de Gerardo Cornejo Murrieta

Álvaro Bracamonte Sierra*

En mi caminata mañanera de ayer domingo hice un pequeño ajuste en la ruta acostumbrada para conocer el recién inaugurado puente peatonal que comunica a la Universidad con el Hospital General. Esta obra, junto con el famoso puente deprimido, es decir, el paso a desnivel que desahoga el flujo vehicular que va del bulevar Transversal (Luis Encinas) al Navarrete, constituyen las novedades urbanas del año. Se supone que en ambos casos la utilidad estaba fuera de duda considerando el atasco que habitualmente padecían los automovilistas y el inminente peligro que corrían los peatones que cruzaban esas inmediaciones.

Hasta ahí todo bien. Lo malo empieza cuando se revisa la funcionalidad y la calidad de la obra y surgen dudas sobre los beneficios reales que traerá consigo. Cuando me acercaba al puente, digamos como a 50 metros de la rampa inicial, pude advertir a lo lejos que una dama atravesaba la calle haciendo caso omiso de la flamante obra dispuesta para su seguridad.

Cierto que en domingo y a hora temprana el tráfico es naturalmente escaso, pero aun así la mujer tuvo que serpentear apurada la ancha avenida para esquivar los pocos carros que circulaban. Mala espina me dio esa primera impresión, pues si una señora sin apuro evidente no utiliza el puente peatonal, qué se podrá esperar de los jóvenes universitarios cuando estresados por llegar a tiempo al salón de clase prefieran arriesgar su integridad física antes que “perder” unos minutos recorriendo el “largo” puente; fijé después la vista en la columna principal y no vi a esa hora ningún usuario; nadie, absolutamente nadie. Luego me dirigí a la obra y la sensación que da es de prematuro abandono. Basura por aquí, por acá y más allá; basura por todas partes: el estrecho corredor se convirtió muy pronto en un chiquero. Me pregunto quién se responsabilizará del aseo, con qué frecuencia lo harán, por qué no colocaron depósitos a lo largo del pasadizo.

Todo esto se puede arreglar, claro, con un poco de voluntad y, por qué no, también promoviendo una adecuada cultura peatonal que en la capital sonorense es un pasivo notable. Si los problemas referidos pueden corregirse con relativa rapidez, no pasa lo mismo con la calidad de la obra. Como en todas las que ejecuta el gobierno —y al decir gobierno incluimos al nivel federal,  al estatal y al municipal—, los acabados estéticos dejan mucho que desear. El caso no llega a lo vergonzoso del distribuidor Solidaridad, pero, qué caray, ¿por qué no hicieron un mayor esfuerzo para que la calidad no desmereciera la utilidad potencial? Me recuerda a aquello que en alguna ocasión señalara Leo Zuckerman en estas mismas páginas acerca de que el gobierno es un mal constructor.

El puente peatonal es un ejemplo, pero no es el único; muy cerca está el paso a desnivel que desahogó un poco el tráfico pero no resolvió totalmente el problema. De hecho, lo incrementó para los automovilistas que intentan incorporarse al Transversal viniendo del Navarrete. Una situación similar se aprecia con el desnivel de San Pedro, otro monumento a la arquitectura y a la “estética transitoria”. Ahí mismo está la ampliación en curso del puente del río San Miguel, obra que, como lo ha manifestado Camou Healy, es el mejor prototipo de la imprudencia temporal: lo construyeron en plena época de lluvias cuando es seguro que el río corra y se lleve de largo la frágil desviación habilitada en su lecho. No sabemos cómo va a quedar en cuanto a calidad y funcionalidad, pero si por la víspera se saca el día, no sería razonable esperar mucho. Siguiendo con la calidad de la obra pública, seguramente la pésima gestión y peor ejecución de la infraestructura urbana en Nogales explica que los pasados chubascos la hayan hecho añicos. Llovió lo mismo en el Nogales de Arizona que en el de Sonora y, sin embargo, mientras allá solo afectó una parte del cerco fronterizo en un tramo cercano a la garita Mariposa, de este lado la destrucción fue tal que implicó la declaratoria de zona desastre a fin de que la federación acudiera al rescate.

Mucho dinero se va en infraestructura defectuosamente planeada y pocas veces funcional para el desarrollo local. En cambio, con frecuencia se olvidan de las obras que sí lo promueven como son los caminos rurales que desafortunadamente lucen destrozados.

Intente, si no, llegar a Puerto Libertad por la carretera costera y podrá atestiguar el escaso, por no decir nulo, mantenimiento que recibe. Lo mismo ocurre con muchas de las carreteras que nos comunican con la sierra.

Ojalá se asignen recursos para que los usuarios de esas vías puedan contar con la seguridad de tener infraestructura funcional y de calidad.

*Doctor en Economía. Profesor-Investigador de El Colegio de Sonora