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FOTO DE LA SEMANA: “Chicago parte 1″

La imagen fue capturada por Esther Padilla Calderón.

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¿Qué hacer con una mina que contamina?

Álvaro Bracamonte Sierra*

La discrepancia es normal en la discusión económica. Los desencuentros surgen luego de que las decisiones tomadas respecto a un problema particular dependen de las percepciones de los profesionales de la economía, que a su vez están determinadas por prejuicios o compromisos previamente contraídos. Los textos y manuales de teoría económica comúnmente abordan este asunto en la sección metodológica y distinguen entre dos tipos de práctica económica: la economía positiva y la economía normativa.

La primera no admite mayor controversia pues busca explicaciones objetivas o científicas en torno al funcionamiento de la economía. La segunda, en cambio, ofrece recomendaciones para la acción basadas en juicios de valor; es decir, se ocupa de lo que debería de ser. Es justamente en este ámbito donde se escenifican las mayores discrepancias entre los economistas. A manera de ejercicio, abordé estas diferencias con los estudiantes del curso de Microeconomía que imparto en la Universidad, a propósito de la terrible contaminación del río Sonora causada por la minera propiedad del Grupo México.

La disyuntiva fue expresada en los términos siguientes:

“Suponga que una compañía minera está contaminando tanto las aguas subterráneas como las superficiales en una vasta cuenca hidrológica. Si se evalúa el costo que la compañía debe pagar por los daños causados, es factible que pronto pueda convenirse el monto a sufragar. Dado que un peritaje arroja datos indiscutibles, estaríamos operando entonces en el mundo de la economía positiva. Suponga ahora, que la empresa amenaza con relocalizarse o, en su defecto, que se procederá a cancelarle la concesión debido a que se niega a pagar el costo de la remediación y mejorar sus protocolo de seguridad ambiental. Ante una situación así, las autoridades deberán decidir entre permitir a la minera seguir operando, y por tanto contaminando, y asumir ellas, las autoridades, el costo de la remediación, o bien, obligarla a cerrar con la consiguiente pérdida de empleos en la histórica ciudad de Cananea. En este caso, cualquiera que sea la decisión, se está recurriendo a la economía normativa” ámbito donde, decíamos, surge la polémica entre los economistas.

Hay quienes desde luego considerarían más importante conservar los puestos de trabajo dado el severo y prolongado problema de desempleo que aqueja no sólo a esa comunidad sino a toda la región. En cambio, para otros economistas resultará prioritaria la conservación de los recursos naturales y sin mayor cortapisa recomendarían el cierre de la empresa. ¿Cuál sería la solución correcta ante esa disyuntiva? Es difícil sugerirla a botepronto pues cada una traería consigo sus propios conflictos. Como decía, la decisión que se tome estará influida por prejuicios ideológicos y culturales.

Quienes tienen en alta estima el esfuerzo empresarial seguramente recomendarán que la empresa siga trabando y contaminando. Quienes piensan que la compañía es intrínsecamente depredadora sugerirán suspenderla indefinidamente. En una encrucijada más o menos de este tipo nos han metido los propietarios de la mina de Cananea. Los economistas de la Secretaría de Economía federal repiten que la concesión no se retirará pues la producción de cobre es crucial en la economía regional; economistas pro ambientalistas, por su parte, demandan la cancelación inmediata de la mina.

Pregunté a los estudiantes del curso aludido su opinión respecto a esta polémica. La mayoría coincidió en que procede el cierre del mineral, pues con ello se garantizaría el buen estado de los ecosistemas. Es una postura que llama la atención pues muestra que los jóvenes poco a poco toman conciencia de la importancia del medio ambiente. En el pasado seguramente la actitud hubiera sido otra, pues la conciencia ecológica no estaba tan desarrollada y lo importante era crecer a cualquier costo así fuera devastando la flora y la fauna y poniendo en entredicho la rentabilidad de otras actividades económicas.

Afortunadamente, el escenario que enfrentamos no se reduce a los extremos esbozados. La discusión conlleva un falso dilema: desarrollo económico o desarrollo ecológico. La salida es considerar que no se trata de uno o el otro sino de los dos al mismo tiempo: se puede conseguir prosperidad sin menoscabo de los recursos naturales como lo han podido hacer en muchos países y regiones.

Es cuestión de voluntad política y de aplicar la ley ambiental sin simulaciones, sin componendas y sin complicidades. Si el Grupo México no quiere comprometerse con el medio ambiente, la salida es fácil: reasignar la concesión a otro empresario dispuesto a respetarlo.

*Doctor en Economía. Profesor-Investigador de El Colegio de Sonora.