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La imagen fue capturada por Celina Quiroz.

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Deterioro salarial y desigualdad social

Álvaro Bracamonte Sierra*

Cualquier ama de casa que acude al mercado debe sentir cierta impotencia al fijar su vista en el precio de los productos. La sensación de que todo está caro no es un espejismo sino una realidad. Ahora sabemos que esa percepción está documentada. El reporte divulgado por el Inegi en torno a las tendencias de la inflación confirma que los precios crecen a un mayor ritmo que el previsto por las autoridades; a ese paso, con facilidad quedará superada la meta inflacionaria programada a principios de año: menor a 4 por ciento.

Lo grave es que esta tendencia afecta el poder de compra de los asalariados. La mayoría de los mexicanos gana menos de dos salarios mínimos; el monto del mínimo asciende a 66 pesos en promedio diarios, es decir, serían 132 pesos, alrededor de 3,900 mensuales. Es evidente que no alcanza para mucho, o mejor dicho para casi nada. Peor aún, el problema se acentuará si sigue aumentado la inflación como de hecho está ocurriendo. Sabemos que el incremento del salario mínimo para 2014 se ubicó en 3.9%. Si la inflación supera, como se prevé, el 5 por ciento al final del año, los salarios de los trabajadores experimentarán una merma considerable.

Puede advertirse entonces que la situación no pinta bien en materia salarial. Con ello se acentúa la centenaria desigualdad que aqueja a México. El concepto de desigualdad alude a la circunstancia en la que muy pocos se apropian de la mayor parte de la riqueza y muchos se quedan con una proporción significativamente baja. En México este problema es antiguo; de hecho, uno de los principales pasivos del “Milagro mexicano” de las décadas de los 50 y 60 fue precisamente la desigualdad. Pero la transformación de la economía inspirada en la liberalización económica la ha profundizado. Si a mediados de los 80 del siglo pasado la masa salarial representaba alrededor del 30 por ciento del ingreso nacional, ahora no rebasa el 25 por ciento. Los que han ganado son los propietarios, logrando apropiarse de una proporción mayor de la riqueza nacional. La cuestión de la desiguadad no es privativa de México. Permea en casi todos los países cuya modernización se ancló en la creencia de que los mercados corrigen automáticamente esos problemas. Los mercados efectivamente resuelven muchas cosas eficientemente, pero también —nadie podría negarlo— propician asimetrías y disparidades sociales como aquí se menciona. ¿Qué hacer al respecto? una de las salidas recomendadas por los expertos es incrementar los impuestos a los ricos. Esta medida se aplicó en Estados Unidos en el 2013 y en México se consideró en la reforma hacendaria recientemente aprobada. Los que perciben ingresos superiores a los 400 mil pesos pagarán un porcentaje mayor de impuesto sobre la renta. De la misma forma, pagarán impuestos los que invierten en la bolsa de valores o los empresarios mineros que contribuían poco a la hacienda federal pese a que se quedan con utilidades estratosféricas. La otra sugerencia para aminorar la inequidad social es incrementar los salarios. En la Unión Americana el presidente Obama ha insistido en su propuesta de incrementar en forma significativa los salarios mínimos: 40 por ciento por lo menos. De concretarse esta iniciativa seguramente empezaría a aminorar la desigualdad que también afecta a la sociedad norteamericana.

En México este tipo de soluciones parece entenderse luego de que el Gobierno del Distrito Federal ha propuesto medidas similares. Mientras tanto, el poder de compra se sigue deteriorando; el incremento de los salarios quedará al terminar el 2014 muy por debajo de la inflación. En ese contexto, la sociedad mexicana seguirá arrastrando una creciente desigualdad que de no atenderse provocará procesos de descomposición social como los que ya se registran en prácticamente todos los rincones de la República Mexicana. No se puede comprender de otra manera la desaparición de más de 40 normalistas en Ayotzinapan que ha consternado a todo el mundo, o la matanza de Tlatlaya en el Estado de México o la descomposición del tejido social que se padece en Michoacán, Tamaulipas, Veracruz, etcétera. Sonora no está exenta. La violencia desatada en varias ciudades es muestra de que la desigualdad y la inequidad salarial empiezan a cobrar factura. Ojalá estemos a tiempo de parar esa dinámica depredadora y de que institucionalmente pueda contarse con la madurez requerida para hacer frente a esa clase de urgencias y no llegar al extremo de otras regiones hoy convertidas en Estados fallidos.

*Doctor en Economía. Profesor-Investigador de El Colegio de Sonora