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La imagen fue capturada por Celina Quiroz.

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Hacia el descanso… eterno

Zulema Trejo Contreras*

Hermosillo ha crecido mucho en las últimas décadas. Zonas que hace cinco o diez años se consideraban en las orillas de la ciudad ahora están prácticamente “en el centro”, como suele decirse cuando queremos dar a entender que los márgenes de una población se han ampliado mucho. Este crecimiento ha traído aparejado ventajas y desventajas, ¿cuáles son unas y cuales las otras?, la respuesta dependerá en muchos sentidos de quién la dé, y en otros es evidente. Una de las desventajas es obviamente la pavimentación de las calles. Hay lugares de la ciudad que no están pavimentados, otros en los que el pavimento es más una ilusión que un hecho, y otros en los que los baches son nuestro sobresalto de cada día. Sin embargo, en esta ocasión voy a referirme a una problemática —desventaja, desde mi punto de vista— que afecta a todos los hermosillenses. Me refiero al tráfico.

Con el transcurso de los años Hermosillo se ha ido convirtiendo en una ciudad para automóviles más que para peatones. Basta observar a los peatones para ver que se juegan la vida al cruzar los bulevares, que no hay forma de acogerse a la protección de los semáforos, puesto que mientras uno le marca que puede pasar, otro permite que los autos den vuelta a la vez que él está cruzando. Entonces, ¿qué hacer?, ¿quedarse en la esquina esperando que no pasen carros, independientemente de lo que diga el semáforo, o “aventarse” y cruzar a la vez que se cruzan los dedos y se espera el milagro cotidiano de no ser atropellado?

El problema con el tráfico no es exclusivo de los peatones, también los ciclistas ponen su vida en riesgo cada vez que se aventuran por las cada vez más congestionadas calles hermosillenses. No hay vías para ciclistas, y las pocas que existen los automovilistas las usan como espacios para estacionamiento. Y ya que hablamos de estacionamiento, es imposible soslayar el tema de la falta de lugar para estacionarse en el centro de Hermosillo, a los alrededores de la plaza Zaragoza o en las oficinas de gobierno del vado del río; y aquí el problema que más preocupa, o debería de preocupar, es que se usa para estacionarse prácticamente cualquier parte, y eso, en muchas ocasiones, obtruye la visibilidad a los conductores, que no pueden ver si vienen o no autos al dar la vuelta en una esquina o cruzar hacia otra calle, lo cual ha ocasionado más de un accidente.

La velocidad a la que se maneja en Hermosillo es desfavorablemente impresionante, lo mismo que la falta de precaución de quienes conducen. Circular por los bulevares de la ciudad a 60km/h es ir “a vuelta de rueda”, o al menos eso parecen indicar las bocinas de otros autos que suenan incesantemente en son de protesta contra quienes van a esa velocidad. Pasarse los semáforos en ámbar, no respetar los altos de cortesía, manejar mientras se responde un llamado al celular, o lo que es peor, mientras se manda un mensaje de texto, es parte de la cotidianidad en la ciudad del sol. Es parte de una rutina que ya ha costado un sinfín de vidas tanto de conductores como de peatones, es lo “normal”, una normalidad que pone en riesgo muchas vidas.

La vida de un ser humano es más importante que responder una llamada o contestar un mensaje de texto. Posiblemente se aduzca que es la urgencia de una situación la que obliga a responder, sea verbalmente o por escrito, sin embargo, seamos sinceros con nosotros mismos: ¿cuántas de esas llamadas y de esos mensajes que respondemos mientras conducimos son verdaderamente una emergencia?

Hermosillo es una ciudad grande. Como sus habitantes  tenemos que aprender a manejar el tiempo de otra forma, ya no podemos confiar en que llegaremos al trabajo, a la escuela, a las tiendas, al cine, al hospital en pocos minutos porque estos lugares en muchos casos nos quedan lejos. Desde mi punto de vista, es una irresponsabilidad intentar suplir con velocidad algo que no tiene qué ver con ello, esto es, las distancias cada vez mayores que separan una y otra parte de la ciudad.

*Profesora-investigadora del Centro de Estudios Históricos de Región y Frontera de El Colegio de Sonora.