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La historia nos juzgará, la historia me absolverá

Zulema Trejo Contreras*

Las frases que dan inicio a este escrito fueron pronunciadas por dos personajes en dos momentos históricos diferentes. La primera pertenece a Benito Juárez y con ella finaliza una carta que le escribió al emperador Maximiliano de México en la década de 1860. La segunda fue pronunciada por Fidel Castro en el transcurso del juicio que se le siguió por el asalto al cuartel de Moncada en la década de 1950. Si bien los personajes y las circunstancias que dieron origen a estas frases son diferentes, ambas tienen en común la manera como se concibe a la historia. Tanto Fidel Castro como Benito Juárez comparten la concepción de que la ciencia de la historia es un tribunal que, en algún momento, va a juzgar a los individuos y otorgará un veredicto de culpable o inocente, bueno o malo que los condenará o absolverá para siempre.

Entre la fecha que Juárez señala que la historia los juzgará a él y Maximiliano, y el año en que Fidel Castro se acoge a la historia para esperar su absolución transcurrió casi un siglo, lo cual deja claro que el hecho de considerar a la historia como un tribunal omnipresente y omnipotente no había experimentado ningún cambio en casi cien años. ¿Lo ha experimentado en los últimos cincuenta años?, me gustaría pensar que sí, pero si tomo en cuenta las declaraciones de personajes del escenario político, como el ex presidente de Egipto Hosni Mubarak quien en 2011 declaró que “la historia juzgaría sus méritos.”

Si la historia fuera realmente una especie de tribunal que se encuentra por encima de la sociedad, ¿quiénes serían los jueces?, ¿los historiadores? Entonces valdría la pena preguntarse ¿por qué unas personas que no quieren ser juzgadas por sus contemporáneos, ponen en manos de otras, a quienes presuponen imparciales, el juicio de sus conductas? Se podría pensar que esa dilación inevitable, y quizá interminable, que conlleva esperar el juicio de la historia es el motivo por el cual se escoge esa opción. Si eso fuera cierto, entonces tendría que tomarse en cuenta que la investigación histórica y por consiguiente los historiadores no tienen como objetivo juzgar a los individuos, sino investigar, comprender y explicar los hechos en los que participaron o de los cuales fueron protagonistas.

Sí hubo un tiempo en que los estudios históricos emitían juicios de valor acerca de los personajes que estudiaban, así se fueron construyendo imágenes estereotipadas que plagaron la historia de héroes y villanos, de buenos y malos; estos estudios forjaron la idea de que la historia existe para juzgar, de ahí que reiteradamente haya personajes que remitan a sus coetáneos a un hipotético juicio histórico que, probablemente, esperan avale sus actuaciones en determinados acontecimientos.

La historia, sin embargo, no es un tribunal. Los historiadores no investigamos el pasado de nuestras sociedades para juzgar a quienes vivieron en él. El objetivo de la historia es conocer, en la medida que las fuentes documentales lo permitan, los acontecimientos pasados, comprenderlos y brindar a la sociedad contemporánea una explicación respecto a ellos. Enmarcando a la historia en el contexto de otras ciencias sociales y humanidades diré que al igual que éstas, el objetivo de la historia es conocer, y el ámbito donde busca ese conocimiento es el pasado.

Si el lector tuviera el tiempo y el deseo de hacerlo sería interesante reflexionar en torno a los siguientes cuestionamientos, si a la literatura no se le pide que juzgue a los escritores, ni a la sociología la sociedad, ni a la psicología a las personas que presentan algún problema de conducta, ni a la medicina que juzgue a los que se enferman, ¿por qué a la historia se le pide que juzgue a los hombres que actuaron en el pasado?

*Profesora-investigador del Centro de Estudios Históricos de Región y Frontera en El Colegio de Sonora.