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FOTO DE LA SEMANA: “Frutos rojos”

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Ayotzinapa y la enfermedad del poder

Nicolás Pineda*

En los sucesos de Ayotzinapa veo un problema central: cómo se adquiere y cómo se ejerce el poder público en México. Las preguntas me asaltan: ¿Es el ejercicio del poder en el municipio de Iguala, Guerrero, un caso aislado y excepcional o es más bien uno más de los muchos abusos de poder que se dan en México? ¿Es la desaparición de estudiantes de Ayotzinapa una patología aislada de un municipio particular o es un síntoma de la enfermedad de todo el ejercicio del poder en México? ¿Es el crimen organizado el que corrompió al poder público o es el poder público que se corrompió y criminalizó dentro de su propia lógica de poder?

Un político mexicano como muchos
Reviso la página web del municipio de Iguala (www.iguala.gob.mx) y encuentro todo como estaba antes de los acontecimientos de Ayotzinapa. Ahí está la foto oficial del alcalde José Luis Abarca Velázquez, su expresión es sonriente y de cierta modestia, no se ve prepotente y hasta cae bien; muy bien vestido, de traje fino y corbata; al fondo un librero de madera que lo hace ver como persona de letras; destaca la bandera mexicana a un lado. Pero, sobre todo, me llama la atención que tiene la mano puesta, como en forma de juramento, sobre un tomo de la Constitución Política.

Aparte está un mensaje de bienvenida: “Estamos construyendo un nuevo patrimonio más seguro, con mejor desarrollo, con mejor inversión y con mejores oportunidades para que los igualtecos gocen de una vida de mejor calidad”. Hay además una profusa colección de fotos del alcalde, siempre él en el centro con un público atento y comedido, inaugurando obras de un parque, dirigiendo unas palabras, mejorando el servicio del registro civil, etcétera. Realmente, por su contenido, pudiera ser la página de cualquier político o gobernante mexicano.

Pues este político está ahora convertido en responsable de la desaparición de 43 estudiantes, prófugo de la justicia y con tres órdenes de aprensión. Todos los medios ahora revelan que ya se conocían sus antecedentes y relaciones con el crimen organizado y se ha vuelto un multiasesino criminal. La cuestión es cómo llegó ahí, cómo se sostuvo. ¿Es Abarca un caso excepcional o es otro político más?

La enfermedad del poder
En México estamos acostumbrados a que el poder se deposita en personas, no en instituciones. A esas personas se les dan muchas facultades legales y se les tolera el ejercicio de otras extralegales; se les da poder para nombrar y asignar centenas de puestos públicos; se les dan, por medio del presupuesto público, cantidades de dinero exorbitantes que jamás manejarían fuera del gobierno. Además, los que les rodean comienzan a adularlos y a crearles un halo de infalibilidad y de dioses del Olimpo. Todo mundo los trata con comedimiento para que les dé un puesto, un permiso, un contrato, una ayuda o ya de perdida que no haga daño. De este modo, quienes llegan a estos puestos de alcalde, gobernador, o presidente pierden piso y se sienten que están más allá del bien y el mal. La ley, los principios cívicos y morales son para la plebe, para el pueblo llano; ellos son otra casta. Llegado a este punto el individuo pierde piso, se marea y se vuelve un enfermo del poder.

La carrera política y en particular la del ejercicio del poder personal comienza con una manera de pensar pragmática: “hay que hacer lo que haya que hacer para conseguir el resultado que quiero”. Esto puede ser ganar elecciones, derrotar a mi contrincante, conseguir el siguiente puesto público, acumular fama, dinero y privilegios.

La lógica del poder los mete en una espiral de engaño, mentira, robo y asesinato. Se comienza engañando en precampañas con fundaciones dolosas y propaganda encubierta; luego se sigue con la violación de los topes de campaña y la sustracción de dinero de las arcas públicas; después vienen las mochadas, las facturas apócrifas, los desvíos para otros fines y, ya entrados en esta dinámica, qué más da aceptar dinero de gente que quiere hacer negocios sucios o ya de plano aliarse con el crimen organizado y emplear sicarios y a la misma policía para eliminar rivales. ¿Se pueden detener en algún punto? Al parejo, emprende una campaña mercadotécnica de mejoramiento de imagen, multiplicidad de notas y fotos en las que aparece como figura central saludando a la gente, con jóvenes deportistas, besando al bebé y abrazando a la viejita, siempre como un gobernante ejemplar preocupado por el bienestar de sus gobernados. Pero también se vuelve intolerante con sus críticos; emprende complicadas estrategias para anularlos y si no se pliegan, los manda al encierro, al destierro o al entierro. Así lo que comienza como un juego de conseguir un modesto puesto público que les diera notoriedad, los lleva por medio de la lógica del engaño, la mentira, el robo y el asesinato a convertirse en unos enfermos criminales del poder. Mi pregunta sigue siendo: ¿Es este perfil una excepción en la política mexicana o más bien es la regla general dentro de una lógica inexorable de la cual no pueden sustraerse?

*Profesor-investigador de El Colegio de Sonora. nicolas.pineda.p@gmail.com