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FOTO DE LA SEMANA: “A punto de iniciar”

La imagen fue capturada por Cristina Saldaña.

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

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La vida en pantalla

La moda está presente en todos los ámbitos de nuestra vida, este término que hace algunas décadas estaba referido primordialmente a la ropa y accesorios ahora se usa prácticamente para calificar a cualquier elemento novedoso, a cada comportamiento que surge y es rápidamente imitado por un grupo o varios grupos sociales. La moda, por supuesto, se extiende también a la televisión y su programación, una programación en la que, por cierto, cada vez hay menos programas que reflejen la creatividad de productores, guionistas y directores, ni que decir de las capacidades histriónicas de actores que poco a poco han ido desapareciendo de la pantalla chica. Y es que ahora la televisión se ha sumido en la moda de los reality show.

Los reality show no son nuevos, en México los primeros se transmitieron a comienzos del segundo milenio, probablemente muchos de nosotros recordamos como de pronto la pantalla de televisión se vio “invadida” por programas como Survivor, American Idol, The Swan, The Bachellor, Big Brother con sus consiguientes réplicas mexicanas tales como “La academia”, “El fin del mundo”, Big Brother en su versión mexicana por mencionar algunos. En aquellos momentos los reality se dividían en tres vertientes: por una parte estaban los programas en los cuales se “encerraba” a un determinado grupo de hombres y mujeres en una casa (Big Brother), en la cual eran constantemente observados por las cámaras de televisión que transmitía, día a día, lo que estaban viviendo y así los televidentes disfrutaban, sufrían o simplemente se divertían con los amores, desamores, pleitos y discusiones de los protagonistas que luchaban por permanecer en la casa para ganar algún premio.

Los reality show para conseguir pareja (The Bachellor, Joe Millionaire) también seguían la dinámica de acuartelar en una lujosa residencia ya fuera a hombres o mujeres, con el fin de que conquistaran al protagonistas del programa en cuestión, en ocasiones a éste hombre/mujer premio se le hacía pasar por millonario lo cual ocasionaba que las pretendientes entablaran fieras luchas verbales, e incluso física, con tal de ganar “el premio prometido.” También hubo un apogeo de reality show de talento como American Idol en Estados Unidos y La academia en México, en los cuales los participantes se presentaban cada tantos días ante un jurado que calificaba sus avances como cantantes, designando al final de la temporada un ganador de un premio en efectivo, la más de las veces.
Actualmente los reality show no sólo persisten, sino que han acaparado mucho del prime time, u horas de más audiencia en la televisión. La categorización que he hecho en los párrafos anteriores se ha diversificado casi hasta el punto de lo absurdo, ahora estos programas que han comenzado a conocerse como “televisión real” abarcan campos tan dispares como la moda (¡No te lo pongas!), aventuras (A prueba de todo), familiares (Duck Dinasty), de grupos sociales (Mundo Amish, Mi gran boda gitana), competencias (Master chef, El desafío de Buddy) y un largo etcétera.

¿A qué viene la crítica de este tipo de programas, si, dirán algunos, la televisión es sólo para divertirse y siempre han existido novelas o comedias muy parecidas a esta televisión real? El problema es, y de ahí la crítica, que estos programas no son ficción; los niños, adolescentes están creciendo viendo cómo se comporta la gente que aparece en estos programas, están creciendo con la enseñanza implícita de que todo es válido (arriesgar la vida, exponer tu salud, tu vida privada y la de tu familia) si hay algún beneficio, sea dinero u otro tipo de premio, de por medio. Los reality son divertidos ciertamente, todos o la mayoría de nosotros los hemos visto, la pregunta aquí es cuántos de nosotros somos conscientes del contenido subliminal de los mismos.