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FOTO DE LA SEMANA: “Día de los muertos”

La imagen fue capturada por Jesús Morales Quiñonez.

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

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Por si algo faltara

Alvaro Bracamonte Sierra*

Acongojados y consternados se advierten los rostros de muchos priistas; pocos pueden ocultar la preocupación que les producen los últimos acontecimientos nacionales: los muertos de Tlatlaya, los jóvenes desaparecidos de la normal de Ayotzinapa y el escándalo de la casa blanca propiedad de la consorte presidencial.

Un par de meses atrás esos mismos rostros reflejaban un talante completamente diferente: un horizonte luminoso les dibujaba una amplia sonrisa, se sentían más que seguros de ganar las elecciones del 2015. Pero todo cambió y ahora priva una desazón que crece al compás de la furia ciudadana que ve en el Gobierno central la causa de todos los males nacionales.

En descargo del tricolor vale decir que los adversarios tampoco viven mejores momentos. La división panista es comparable con ciertas escisiones históricas que han sufrido en ese partido. Que no parezca ahora tan evidente no significa que no exista; sólo está invisibilizada por el descontento social desatado tras la inseguridad desbordada, la corrupción insostenible y la injusticia generalizada que quedaron evidenciadas en la trágica noche del 26 de septiembre.

En las filas perredistas el escenario no puede ser peor: sobre el sol azteca se cierne una crisis moral, ética y de identidad. En las actuales circunstancias no parece temerario sostener que esa organización corre el riesgo de un final prematuro; de ese grado es el enredo que ahoga al partido nacido el 6 de julio de 1988.

Pero el desastre que evidencian tanto el PAN como el PRD no compensa el desconcierto tricolor; el priismo se hallaba preparando la consolidación de la restauración del viejo régimen. La protesta callejera los afecta directamente y perfila escenarios electorales impensables, o por lo menos augura que la restauración no será tarea fácil. Incluso no se puede descartar una dolorosa derrota, sobre todo si surgen, como ha sucedido en otros países, nuevos protagonistas capaces de catalizar el malestar social y desplazar las vetustas y desgastadas organizaciones partidarias que poco tienen que decir ante el reclamo de justicia.

Como si no fuera suficiente el sorpresivo desmoronamiento de la imagen presidencial y la de su partido, producida en medio de lo que el historiador Enrique Semo llama revolución pasiva, se suma ahora la confirmación de que la economía sigue hundiéndose.

Apenas el viernes 21 el Inegi dio a conocer que el PIB creció 0.5 por ciento en el tercer trimestre respecto al anterior. Comparado con el mismo trimestre de 2013, el PIB avanzó un poco más de 2 por ciento, cifra menor a lo previsto por las autoridades hacendarias que nuevamente se vieron obligadas a ajustar la meta de crecimiento para 2014.

Para que la disminución no se viera tan aparatosa, Hacienda ideó una nueva manera de proporcionar la información: antes indicaba una tasa única, como fue el caso del 2.7 por ciento anunciado a mediados de año; lo que ahora notificó es un rango de crecimiento: señala que la tasa de expansión del PIB oscilará entre 2.1 y 2.6 por ciento.

Es una manera de aceptar, sin decirlo, que la desaceleración es importante y que en el mejor escenario la tasa de crecimiento del PIB al final del 2014 será cerca de 50 por ciento menor con relación a la proyección inicial que la ubicaba en alrededor del 4 por ciento.

A ese ritmo no sorprendería que bajara más tomando en cuenta que algunos pilares macroeconómicos muestran un debilitamiento progresivo. Es el caso del precio del petróleo, que cae abruptamente, lo cual inhibe las inversiones que se esperaba llegarían a reactivar el sector energético.

Pero también el deterioro de la confianza en el país (momento México) afectaría el arribo de inversionistas, sobre todo de nuevos; seguro la pensarán dos veces antes de arriesgar su dinero en un contexto tan inestable.

Una lectura obligada de los idus de octubre y noviembre es que la modernización del país no avanzará sólo reformando las reglas del juego político y/o modernizando la economía si no se resuelven antes, o al mismo tiempo, los rezagos en materia de justicia, transparencia, desigualdad, impunidad, corrupción; si antes no se reestructura el maltrecho y desvencijado Estado de Derecho.

El país cambió. Hoy es otro respecto al de unos meses atrás y eso explica la preocupación de toda la clase política, particularmente la priista, que creía que el 2015 consolidaría la restauración de lo que Vargas Llosa llamó dictadura perfecta. Lo mejor del próximo año apenas está por asomarse. Hay que estar pendientes.

*Doctor en Economía. Profesor-Investigador de El Colegio de Sonora