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    Cuaderno de investigación Cuarto Creciente #24

FOTO DE LA SEMANA: “Día de los muertos”

La imagen fue capturada por Jesús Morales Quiñonez.

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

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Todas y todos somos los asesinos de Ayotzinapa

Elsa Cornejo Vucovich*

Puede ser que la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa sea un parteaguas para nuestro país, un antes y un después, como lo fue la masacre de Tlatelolco en 1968. Es imposible no solidarizarnos con la causa de los normalistas desaparecidos, imposible no sentir rabia, frustración y desesperación, imposible no exigir que se rindan cuentas.

Pero quienes hicieron desaparecer a los normalistas, y quienes los cobijan con su corrupción e impunidad, no son ajenos a nosotros. Salieron del seno de familias y comunidades que no son tan distintas a las nuestras, y esto nos confronta con una realidad incómoda: somos una sociedad que acepta y normaliza la violencia, y en algunos casos la premia y la promueve. La corrupción es generalizada, y todas y todos somos partícipes: pagamos mordidas, usamos “palancas” aunque sea ilegal o poco ético, mentimos cuando nos conviene, somos indiferentes a la violencia cotidiana, observamos actos corruptos constantemente y no los denunciamos.

Las relaciones interpersonales que establecemos son violentas. El Instituto Politécnico Nacional desarrolló un violentómetro que ubica las manifestaciones de violencia en la pareja en una escala que va desde las bromas hirientes hasta el asesinato. La investigación que sustenta el violentómetro describe que hay manifestaciones de violencia (como celar, mentir y controlar) que se perciben como situaciones normales, e incluso se consideran muestras de cariño, atención y amor. La “carrilla”, violencia psicológica por excelencia, se considera parte normal de nuestras relaciones amistosas y una experiencia fundamental de la niñez.

A nivel social, quien avanza tiende a ser la persona más tranza, más gandaya, la más individualista, y la más explotadora. Para nuestros líderes es aceptable ejercer la violencia, sobre todo en contra de quienes se perciben como “enemigos”. La psicología social utiliza el concepto de violencia instrumental para describir cómo los actos más extremos de violencia se justifican cuando hay un acuerdo colectivo de lograr ciertos fines, y cómo se construye el concepto del “enemigo” para deshumanizar a las víctimas. Gustavo Díaz Ordaz, hasta el final de sus días, defendió su violencia homicida argumentando que la ejercía para proteger al país y a los “ciudadanos de bien” de la chusma agitadora. Y hubo quienes lo apoyaron, incluyendo el Senado de la República. De igual manera, apoyamos a los narcos cuando nos beneficia, a los políticos corruptos cuando son de nuestro propio partido, a los abusadores cuando son nuestros familiares… la lista es casi interminable.

La psicología social nos ayuda a entender cómo se construyen las estructuras de conocimiento a partir de influencias biológicas y sociales, y cómo estas estructuras de conocimiento se vuelven automáticas y, por lo tanto, difíciles de reconocer y de cambiar. La observación de la violencia conlleva el desarrollo de creencias y comportamientos agresivos. Crecer en situación de pobreza, en un entorno violento, con una falta de espacios recreativos, viendo y viviendo violencia en la casa, en la escuela, y en los medios de comunicación facilita el desarrollo de esquemas de hostilidad. Las intervenciones que funcionan para cambiar estos esquemas necesariamente deben atender factores biológicos, escolares, laborales, familiares y comunitarios, pero quizás no sea necesario que todas y todos tengamos que volvernos expertos en psicología social para que disminuya la violencia.

¿Qué pasaría si simplemente tomáramos un acuerdo colectivo de reconocer la violencia, y colectivamente la dejáramos de utilizar como el cimiento sobre el cual construimos todas nuestras interacciones sociales? Si todas y todos somos Ayotzinapa, también todas y todos somos sus asesinos y sus políticos corruptos. Puede ser que ésta sea la sacudida que necesitamos para decir “basta”, como nación y como sociedad, a la violencia generalizada en la que vivimos.

*Ayudante de investigación de El Colegio de Sonora. ecornejo@colson.edu.mx