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Dos años de EPN

Álvaro Bracamonte Sierra*

Hoy Enrique Peña Nieto cumple dos años de presidente de los mexicanos. Se supondría que es un día de celebraciones. Pero no hay nada que festejar; al contrario, hay una larga lista de motivos para estar tristes a propósito del horizonte ominoso y turbulento que se atisba en el país.

El primer año del mexiquense en Los Pinos se fraguó alrededor del Pacto por México, instrumento que permitió un conjunto de acuerdos partidarios que dieron pie al acelerado reformismo en ese tramo inicial de su gestión. Pese a ello, la economía se debilitó, situación que se consideró pasajera y el preámbulo de una reactivación anclada en los cambios constitucionales. En esa idea, se suponía que lo mejor vendría a partir de 2014.

Estamos por cerrar este fatídico año y las cosas, lejos de estabilizarse, por ejemplo en materia financiera, se complican más. Si todo sale como indican los especialistas, el PIB crecerá apenas por encima del incremento registrado en el 2013. Esto no deja de ser una mala noticia especialmente porque en el 2015 los aprietos en esa materia se acentuarán.

¿Por qué tantas dificultades económicas, si Peña Nieto sacó adelante una agenda de reformas largamente diferida? La impresión es que el problema estriba precisamente en el peñanietismo. El oriundo de Atlacomulco, a dos años de gestión produce desconfianza e intranquilidad, cuando debería generar certeza y tranquilidad. Esta percepción la padecían al final del sexenio anteriores gobiernos priistas.

Al respecto, hay varias explicaciones que vale la pena referir. La primera tiene que ver con la incapacidad o intencionalidad consciente de no dar a la inseguridad, la impunidad y la corrupción la importancia que merecían. Las prioridades del mexiquense se centraron fundamentalmente en la modernización económica, pero la economía no caminará, o no como debiera, si antes no se fortalece el Estado de Derecho cuya debilidad se manifiesta precisamente en una corrupción extrema, en omisiones frecuentes e irresponsabilidad de los servidores públicos, que afectan la eficacia productiva.
El caso de los desaparecidos de Iguala catalizó antiguos agravios ciudadanos pero, sobre todo, mostró que el gobierno federal actuó tarde y sin estrategia en esa impronta guerrerense que dibuja de cuerpo entero los pasivos de la República.

Igualmente, el escándalo de la casa blanca está minando en forma dramática la precaria legitimidad con que inició la gestión de Enrique Peña.

Lo peor es que ese desgaste apunta directamente contra el presidente y su familia. Este vergonzoso episodio está dañando la imagen presidencial en mayor proporción incluso que la tragedia de Ayotzinapa en virtud de que la sospecha de tráfico de influencias recae en el mandatario, y el tan lamentable caso de los normalistas compete al gobierno como institución y, pese a su complejidad, podría atenderse empezando por pedir la renuncia de los servidores que no cumplieron con su trabajo. En el asunto de la casa blanca es complicado el control de daños, puesto que sería un despropósito aceptar que puede despedir a su esposa. Siendo este escenario poco factible, las propiedades de la primera dama afectarán, si no pasara algo extraordinario, el resto de la gestión presidencial.

En resumen, Peña Nieto cumple dos años al frente de Los Pinos en medio de una espantosa crisis cuyo desenlace es impredecible dado el escaso oficio que exhibe para salir del atolladero que tiene sumido al país en la desesperanza y la irritación.

De las decisiones que el presidente tome en esta coyuntura dependerá el tipo de sociedad que vamos construir a futuro: una sociedad alejada de la frivolidad y comprometida, una sociedad donde prive el Estado de Derecho, una sociedad donde el imperio de la ley permita vivir tranquilos, una sociedad donde los malos o los que violan la ley sean realmente sancionados, una donde los empresarios multipliquen su dinero con su esfuerzo y dedicación y no fraguando alianzas inconfesables con el poder público, donde las autoridades regionales (estatales y municipales) no asuman papeles de caciques y virreyes sino de verdaderos gobiernos republicanos comprometidos con la ciudadanía.

En fin, a los dos años de que Peña Nieto iniciara su gobierno, todo indica que debemos volver a empezar y buscar cómo darle rumbo a esta nave a la deriva que es en lo que parece estar convertido nuestro país.

*Doctor en Economía. Profesor-investigada de El Colegio de Sonora.