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FOTO DE LA SEMANA: “Lago Titicaca”

La imagen fue capturada por Cindy Martínez.

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

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Una plegaria por Ida

Emanuel Meraz Yepiz*

“¿Y yo? ¿Por qué no estoy aquí?”, pregunta la novicia. La cámara enfoca a un hombre cansado, arrodillado entre el barro de la fosa que acaba de destapar, donde hace casi veinte años enterró a una familia judía. La pregunta de la novicia es doble, como el silencio y la respuesta del hombre. Ambos confrontan su pasado y su presente, interrogan y responden simultánea y recíprocamente quién fuimos desde el acto de definir quién somos.

“Ida” (Polonia, 2013), de Paweł Pawlikowski, ganadora de los premios de la Academia de Cine Europeo hace apenas unas semanas, fue nominada a los premios Oscar en la categoría de Mejor Película Extranjera. Ninguna premiación, para bien o para mal, recibe tanta atención mediática, ni es sometida al escrutinio y las suspicacias que despierta y alimenta el formato de selección y publicidad elegido por la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, por lo que es altamente posible que las muchas virtudes de este filme pasen inadvertidas entre la red carpet, los selfies y la politiquería que colmará el evento y que probablemente terminará consagrando como mejor película extranjera a “Leviathan” (Rusia, 2014), un monstruo por sí misma, pero que a los ojos de la Academia norteamericana puede parecer más una ocasión para estrechar los vínculos culturales con el gigante euroasiático tras la turbulencia geopolítica del último año y medio, que el poderoso estudio de las consecuencias del poder y su ejercicio corrupto. Cosas del glamour y su mercado. De Hollywood, pues.

De vuelta con la novicia, es 1962 y estamos en el corazón del monótono páramo de Polonia. Anna está por hacer sus votos, y en su corta vida no ha conocido nada aparte del convento al que llegó desde niña, huérfana de padre y madre. La madre superiora la llama para informarle que tiene un pariente, una tía, que la recibirá unos días para que tenga el tiempo necesario de reflexión antes de dar el paso definitivo a una vida consagrada. Wanda –una ex fiscal consumida en la tristeza, cuyo único refugio es el alcohol y Mozart–, recibe a Anna y la confronta con un hecho que altera su corta idea de sí: es judía de nacimiento, su nombre es Ida, y sus padres murieron asesinados durante la guerra. Ambas inician entonces un viaje para descubrir el destino de su familia y para dar sentido al presente que cada una vive.

La trama del viaje como transformación no es nueva, y es en sí un género noble que ofrece incontables posibilidades. En “Ida”, el viaje de las protagonistas no pretende responder grandes cuestiones en torno a un tema tan sensible como el genocidio y sus consecuencias en la memoria de sus víctimas, de los perpetradores, y de quienes activa o solapadamente colaboraron en su ejecución, antes bien, supone una muestra de lo que ha sido la más reciente etapa en la búsqueda por entender estos acontecimientos: el retorno al individuo y su relación directa con el acontecimiento.

En este caso, “Ida” es un ejercicio de confrontación del presente, más que de comprensión del pasado, tremendamente fuerte en el contexto de la Polonia contemporánea. Es también una declaración de principios: los hechos del pasado sólo tienen sentido y adquieren verdadero contenido cuando les damos coherencia en la historia personal que construimos día a día. Si el pasado y el peso de sus acontecimientos se impone a nuestra capacidad de ser-en-el-presente, entonces estamos perpetuando el círculo que decimos querer comprender, perdiendo la posibilidad de constituirnos en individuos autónomos, capaces de discernir las condiciones en que vivimos y las decisiones que tomamos en beneficio o perjuicio de nosotros mismos y quienes nos rodean.

Si después de conocer el destino de su familia materna, de probar el mundo exterior y sus placeres y desventuras, Anna decide ser Anna, la monja consagrada, o Ida, la joven que hace suya la vida que la guerra le negó, eso es algo que sabremos al final de la película, la mañana que nos levantemos y decidamos poner el pasado como espectador de nuestro futuro. Una plegaria por “Ida”, por su magistral fotografía en blanco y negro, y por los ojos con que escudriñamos el devenir de nuestra existencia.

*Asistente de investigación en El Colegio de Sonora.