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FOTO DE LA SEMANA: “Submarina”

La imagen fue capturada por Judas Méndez.

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

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El espejo de Hathor

Inés Martínez de Castro*

Reverbera la planicie, el horizonte móvil con olas de calor de encendido naranja, rojizo y en lo alto de la tarde, violeta. Un aire imperceptible arrasa la tierra seca, la fragmenta, entonces se levantan dunas y la arena lastima con sus millones de agujas, es el simún en el interior de mi cuerpo, diminutas rocas que dispersa el aire de la pasión tanto tiempo contenida. Sigo caminando fatigada, sedienta. Al final del asfalto, aparece la humedad de un espejismo que se aleja al ritmo de mis pasos con la angustia de la huida, y por mi pecho, la carretera es una cicatriz indeleble que se desdobla para alcanzar el agua pero nunca llega, entonces queda la piel con su ardor; se funde y desvanece, cera y antorcha en el silencio.

Atrás está la noche de centellas y hacia el poniente, Venus no guía a mi instinto marinero, se perdió de un viaje a otro, pero aún exploro el desasosiego y me atormenta el deseo de no sé aún qué, su misterio me empuja al no destino. Para allá, hacia un punto desconocido, voy extasiada como en un ensueño doloroso del no saber, al no sentir, sin dirección ni brújula, con el impulso de mi propio fuego. Casi lo alcanzo y se disuelve.

Desaparezco aliada con el sol, extraviada, ya sin mi sombra, con un hilo de voz. La tarea es encontrarse en el reflejo, en el azogue: diatriba al filo de las uñas, aunque el futuro sea un arroyo seco. ¿Cómo alcanzar la corriente subterránea que me lleve a mí sin dejarme vencer por el azoro? Y voy sola, desapercibida de los otros, única, sin mirar, aturdida de esta soledumbre en el arbitrio de mi propio camino que únicamente así será posible.

Entonces aparecen las huellas en la arena y el espacio va anocheciendo con la sequedad de la saliva, se espuma entre los dientes, y no hay aliados ni esperas. Soy un reflejo, doble de mi luz, la no imagen me asombra, brazos transparentes y huesos que fosforecen a través del pecho. Esto lo intuyo porque me siento pegada a mí, constante, pero sin comprobación y en duda. Quisiera desprenderme y mirarme desde fuera.

Sigo los pies de arena blanquísimos que aparecen y desaparecen como en un juego de ardides y me lanzo hasta la abertura donde inicia el laberinto. Con el dejo de un cuerpo tenue recorro los pasillos en sombra, no tengo hilo guía ni regreso, es preciso seguir. Entonces encuentro la armadura, una segunda piel endurecida, no me atrevo a quitarla porque debajo está la frágil, develada, desnuda ante mí y frente a los otros. La despego lentamente y un temblor me conmueve, hace frío, no sobreviviré con esta ligereza, así camino, ave vulnerable tiritando ante la cavidad negra que se abre en mi pecho, vacío, oquedad del desaliento, grieta, rajadura hacia el abismo.

Mas allá, el espejo de Hathor, divina de estrellas desde su vía láctea, me mira con tres mil años de espera, ante ella no me atrevo a enfrentar el reflejo. Refulge su cabeza. Con carga festiva regresa para el renacimiento y aunque el rostro circular me incite, la diosa, mi diosa, parece impotente ante mi precipicio oscuro. Pero hace trabajar su arma de tiempo que atrae el cuerpo flexible, camino paso a paso hacia la luna antigua, pulida por los siglos. La energía en espiral me remonta, sube por el canal de la vagina hasta alcanzar el corazón y sale para tocarme en el reflejo: por fin miro la imagen, afinada como pez, ave marina, y es bálsamo, murmullo de agua, espuma, soplo de la brisa. Soy yo sola en mi reflejo y no me reconozco, Hathor que se aventura a regresar desde el territorio de la muerte. Estuve ausente tanto tiempo que casi me he olvidado de mí misma. Pero estoy aquí viva, nueva y arcaica, erguida ante mi propia imagen.