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La imagen fue capturada por Cindy Martínez.

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Las razones de “El Narco”

Francisco Piña Osuna*

Cuando se habla, se ve o se escucha sobre la conducta delictiva, son múltiples los factores a los que se atribuye su implantación en la sociedad. Se trata desde variables tan contextuales como la falta de oportunidades económicas, educativas y laborales, o la globalización, hasta condiciones tan individuales como la personalidad, el instinto o la biología del individuo ejecutor. Siguiendo a una expresión de conducta delictiva, la academia sugiere todo un cuerpo de factores ligados al narcotráfico en México. Al respecto existen dos nociones: aquella que pone el énfasis en el Estado fallido, la falta de oportunidades o el contexto depauperado de la vida rural mexicana, y aquella que alude a la capacidad de agencia, los planes de vida del individuo, el razonamiento costo-beneficio o la estrategia previa como aspectos importantes en el creciente ingreso de personas al narcotráfico. A continuación algunas de estas razones que fluctúan entre ambas consideraciones.

El narcotráfico supone un modo de vida factible para la persona. La difusión de las historias del tráfico de drogas y la popularidad de la narcocultura indica el grado en que los narcotraficantes son aceptados por la sociedad como algo normal, como un aspecto usual de la vida. Visto en números, la masificación se puede ver en los índices delictivos relacionados con drogas: de 2000 a 2006 pasó de 20 mil a 30 mil; de 2007 ascendió a 81,491; en 2008 a 73,222 y de 2009 a 2014; nunca ha sido menor a los 55 mil. En Sonora la masificación del fenómeno se observa en el hecho de que es el tercer estado en el país con mayor tasa de condenados por delitos de drogas (55 por cada mil). De todo México, el municipio de Benjamín Hill es el que registra la mayor densidad de residentes condenados por estos delitos en los últimos diez años (12.32 por cada mil) y que en esta misma estadística existen otros seis municipios sonorenses dentro de los primeros diez a nivel nacional (Resa, 2014).

Socialmente representa un motivo de ascendencia. El dinero, el ocio, los viajes y el poder social fueron los motivos para unirse a estas actividades según estudios hechos por Ovalle (2010). Estos aspectos han contribuido a que el narcotráfico se haya posicionado en la sociedad como una opción laboral válida. El narcotráfico es un medio para llegar a una mejor calidad de vida, al menos en lo económico.

Individualmente permite cumplir un ideal difícil de alcanzar en la legalidad. Las propias autoridades (SNSP, 2013) reconocen que para muchas personas el narcotráfico permite acceder a una dinámica del honor, de prestigio, hedonismo, consumismo, poder, ostentosidad, utilitarismo, religiosidad y violencia, que no se les otorga por otros medios, ni en otros espacios.

El traficante representa una imagen heroica. El análisis de algunos autores (inaugurado por Luis Astorga en 1995) sobre los contenidos de la música, la televisión, la moda y la arquitectura, aportan la idea de que estos son los referentes más cercanos para muchos jóvenes latinoamericanos.  El joven ve en la figura del traficante a aquel sujeto “mesiánico” que después de superar la adversidad de la pobreza se da el tiempo y el gusto de ayudar a su estrato social de origen (el ejemplo de Jesús Malverde como el traficante salvaguarda de las clases populares es un estereotipo que se busca alcanzar).

El narcotraficante es una figura de respeto, transgresora de las leyes opresoras del Estado. El poder adquisitivo no solo se da en lo material, sino también en la actitud. El hecho de tener poder, de ser más que los demás, implica también “la capacidad de triturar” como diría el extinto Julio Scherer. El narcotráfico, al ser uno de los delitos más perseguidos por el Estado, representa el mejor pretexto para revelarse y atacar al sistema que limita las oportunidades de vida de muchas personas.

Existe un vacío relacional en el sujeto que es preciso llenar. El narcotráfico atrae porque cuando se habla de él, el joven escucha sobre un sujeto socialmente reconocido, mezclado, camuflado, adaptado a plenitud a la vida social común y hasta cierto punto atractivo tanto para las grandes como para las pequeñas esferas económicas. Además, existe la noción teórica de que las labores de narcotráfico se caracterizan por un importante sentido de compromiso, donde la lealtad y el sentido de familiaridad son valores indispensables. Bourgois (2010) señala que un común denominador en los vendedores de crack es que éstos ven en sus compañeros de faena a su única familia.

Existen contextos depauperados donde la cultura narco es la única opción. La vida rural mexicana con variedad cultural limitada (solo “buchona” o predominantemente “buchona”), convierte a la adhesión al narcotráfico como una sola aspiración que no tiene competencia. Es decir, ante la falta de otras oportunidades y ofertas culturales, el camino a seguir es el narcotráfico, casi por default.
Unirse al narcotráfico es producto de un razonamiento previo costo-beneficio.

Del otro lado de la discusión, existe la noción de que el ingreso al narcotráfico obedece a un plan de vida y a una estrategia que tiene el sujeto que decide. Este enfoque permite considerar que una persona, en su elección por ingresar a actividades de narcotráfico, razona previamente los riesgos que conlleva (la rigidez del sistema judicial, la violencia, la posibilidad de ser encarcelado), así como la factibilidad de realizarlo (las ganancias, el poder).

El beneficio

Estas actividades le permiten sobreponerse a la pobreza y marginación rápidamente. El narcotraficante puede ser el individuo que se percibe a sí mismos como rechazado de la sociedad debido a la restricción de sus oportunidades. Un sujeto anómico (usando términos mertonianos) puede encontrar en el narcotráfico una oportunidad de integrarse social y económicamente.

Percibe instituciones de justicia débiles. Para Cardona (2004), quien pretende cometer un crimen considera los beneficios que obtendrá de ello frente al castigo que se le imputará de ser sorprendido. Ante una sociedad basada en las normas de castigo, la debilidad permite que el individuo que nunca había pensado en delinquir, termine por hacerlo.

Existe un blindaje donde la sociedad protege al traficante. Por el beneficio que muchas comunidades, sobre todo rurales, obtienen de las actividades del narcotráfico (escuelas, iglesias, regalos, trabajo, comida) aunado al miedo y riesgo que implica la denuncia, las comunidades arropan estas actividades y en algunos casos las desconocen como delitos o como un aspecto negativo.

El costo

Existe un plan y una estrategia considerados previamente ante los posibles riesgos.El individuo tiene un plan de vida, una estrategia, incluso una visión del momento de ingreso e incluso de salida, ya sea por el tiempo que planea trabajar o por tomar en cuenta que puede morir o ser encarcelado.

La discusión anterior, obliga a un replanteamiento de ideas. Debido a la evolución que ha experimentado el narcotráfico donde poco a poco éste abandona la vida rural, y aquella noción del “capo”, aderezado con estrafalaria vestimenta ranchera, muta hacia el empresario con título académico, urbanizado, heredero de los bienes y el apellido del primero, mediáticamente conocido como “narcojunior”, es preciso cuestionarse: ¿no será preciso que los tradicionales indicadores de pobreza, marginación, necesidad y analfabetismo como factores que explican el ingreso al narcotráfico deben ser reconsiderados en favor de un análisis de los planes de vida, los esquemas de valores, el razonamiento costo-beneficio y la ideología bajo la cual el traficante de drogas se adhiere a estas actividades?

*Estudiante del doctorado de El Colegio de Sonora.