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FOTO DE LA SEMANA: “Antes de partir”

Sol y Luna en los patios del Colson.

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Corruptos, sí, ¿pero no tanto?

Lorenia Velázquez Contreras*

¿Cómo saber si la corrupción es mucha o poca? Si los costos de la corrupción realmente se pudieran medir; ¿cuál es el límite mínimo aceptable, cuál el máximo sostenible? ¿Es inevitable que una parte de la riqueza nacional producida deba ser destinada inexorablemente para solventar estos costos?

Los niveles de corrupción en México parecen imbatibles; ¿Qué tan ricos seremos que podemos darnos el lujo de etiquetar miles de millones de pesos para este rubro? Esto no sería tan escandaloso ni tan grave si la contraparte no fuera la carencia visible de infraestructura educativa, enfermos muriendo en las banquetas de los hospitales, los altos niveles de delincuencia generalizada y un sinnúmero de ejemplos de carencias básicas que pudieran, que debieran, ser cubiertas.

Que la corrupción no es una característica privativa de México sólo debe de servir para sosegar la conciencia de quienes la practican: si otros lo hacen, ¿por qué yo no? Da tristeza cuando alguien expresa sus intenciones de voto con base en la percepción que se ha formado del nivel de corrupción de determinado partido político. Cuántas veces hemos escuchado decir “estos son corruptos, pero no tanto”.

Cerca del año 2000 se les preguntó a altos funcionarios públicos y miembros clave de la sociedad civil de más de 60 países en desarrollo acerca del impacto económico de la corrupción; en general, todos la consideraron como el peor obstáculo al desarrollo y crecimiento de sus países.

La encuesta nacional de calidad e impacto gubernamental 2013, publicada el año pasado por el INEGI, da cuenta de hasta dónde han permeado los niveles de corrupción en la sociedad en general. De los poco más de 30 millones de ciudadanos mayores de 18 años que se acercaron a alguna ventanilla de gobierno para realizar algún trámite, es decir, que tuvo contacto con algún servidor público, 7.5 millones experimentaron algún tipo de corrupción. Esto significa que en casi 25 de cada cien trámites existió alguna experiencia de corrupción.

Estas cifras han dado como resultado que México se sitúe como una de las naciones donde la corrupción impera. En el ranking mundial, por ejemplo, donde un nivel de 100 indica la inexistencia de corrupción, México obtuvo una calificación de 35 en 2014 (tanto para 2012 como para 2013 esta cifra fue de 34), lo que lo colocó en el lugar 103 de 174 países analizados y en el lugar 21 de 31 países del continente americano.

La figura de la corrupción más generalizada es la utilización de un cargo público en beneficio propio. En México, los cargos públicos no parecen haber servido para otra cosa que no sea el enriquecimiento personal de quien los ostenta: viajes —documentados además a través de las redes sociales— a los lugares más exóticos del mundo de los familiares de políticos no sólo de primer nivel sino incluso de líderes sindicales; zoológicos privados; propiedades que ostentan los últimos adelantos tecnológicos, entre otras muchos ejemplos, dan cuenta de ello.

Estudios realizados por el Banco Mundial estiman que un país con un ingreso per cápita de dos mil dólares estadounidenses que combata la corrupción, mejore la gobernabilidad y aplique las leyes creadas exprofeso, estaría en posibilidades de esperar que este indicador aumentara a ocho mil en el largo plazo. México presentó en 2014 un ingreso per cápita de alrededor 10 700 dólares. Imaginemos las posibilidades de mejorar el nivel de bienestar de la población si aplicamos la misma proporción del Banco Mundial.

La tipificación de los actos de soborno como delito parece no frenar la inercia creciente de la corrupción. Sin embargo, algo debe estar sucediendo que finalmente legisladores y partidos políticos hablan de las consecuencias, de los costos y de los riesgos que representa no abatirla. ¿Se habrá alcanzado en México, entonces, ese nivel máximo sostenible?

*Dra. en Ciencias Económicas. Profesora-investigadora del Centro de Estudios del Desarrollo. El Colegio de Sonora. lvelaz@colson.edu.mx