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FOTO DE LA SEMANA: “Antes de partir”

Sol y Luna en los patios del Colson.

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

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El regreso

César M. Espinoza Arvizu*

Todo empezó hace alrededor de año y medio cuando Saratoga, uno de mis grupos musicales  favoritos en español, informó de su separación por razones personales. Sin embargo, también anunciaron que antes de separarse harían una última gira en la que pasarían por Obregón; ciudad que se ubica como a tres horas y media en camión desde Hermosillo.

En ese tiempo yo iba a cada evento musical que podía, no importaba si era en un teatro o en una cochera, así que está de más decir que agarré el primer camión que vi y fui a ese concierto. Ese viaje fue impresionante para mí, no pude dormir de la emoción ni antes ni después del evento, pensé que era probablemente el mejor concierto al que había asistido en mi vida sumando todos los factores, incluso considerando que fui prácticamente solo.

Pasaron los meses, no asistí a muchos conciertos después de ése. Definitivamente, aquél seguía siendo el mejor.

Un día me encontraba perdiendo el tiempo en el internet, cuando me di cuenta de un gran anuncio: Saratoga había vuelto, y con la misma formación que antes. Alrededor de diez minutos después me llegó la invitación de un amigo, quien siempre se encargó de promover conciertos y de que asistiera la mayor cantidad de gente posible. Era el líder de nuestra comunidad, él hablaba con los dioses promotores con el puro objetivo de conseguir lo mejor para nosotros, sin fines de lucro. Al principio me sentí triste, en mi corazón siempre tuve la idea de que asistí a la ultima vez que Saratoga se presentó en tierras mexicanas, estaba feliz y orgulloso. Después de un rato me di cuenta de que eso era irrelevante, debía estar feliz. El mejor concierto de mi vida volvería a mí. Las sensaciones, el dolor corporal que me hacía sentir tan vivo, todo eso y más volvería a mí. Compré el primer boleto general que encontré y me preparé para el concierto.

Y por fin llega el día, amanezco muy enfermo de tos y calentura, me siento fatal. Las únicas personas que sé que irán estarán en VIP. Yo no quiero estar en VIP, dado que lo encuentro realmente sobrevalorado, especialmente en conciertos que no son tan grandes. Antes del concierto, camino 45 minutos de la escuela a mi clase de alemán; esto es para decirle a mi cuerpo que mi condición física no será impedimento esta noche.

Estoy al interior del Expoforum, en cualquier momento empezará el primer grupo. Diseño varios planes para llegar al VIP pero, para mi sorpresa, no lo consigo. No había concierto al cual no hubiera llegado al VIP tarde o temprano, siempre fue tan sencillo… Me encuentro solo en el lugar, entonces, la desesperación cuando el primer grupo abre el concierto, siento como si me hubieran vaciado un balde de agua fría a la cara. ¿Por qué ahora es diferente? Antes no me molestaba encontrarme solo. ¿Por qué ahora me causa tanta rabia no tener a un ser apreciado a mi lado? El no tener la respuesta solo me irrita más.

De repente, el hombre que está parado enseguida me dice:

—Ese agudo fue muy bueno, mis respetos a ese vocalista, me sorprende no haber conocido a tan buen artista antes.

Le respondo: —Definitivamente, fue un buen agudo. No me sorprende, pero si lo admiro.

—¿Vienes solo? —pregunta.

—Vengo solo, pero irónicamente, estoy rodeado de compañía.

Cuando digo eso, volteo a ver a toda la gente a mi alrededor, todos ubicados en la zona general; me doy cuenta de la diferencia: casi todos vienen acompañados de su pareja. Sencillamente el 75 por ciento de los que se encuentran aquí vienen abrazados felizmente de su media naranja, o al menos así lo percibo yo.

Una avalancha de pensamientos y cuestionamientos negativos me llega al observar este escenario amoroso: me digo: “no recuerdo que hubiera tantas parejas el concierto pasado, Saratoga no es un grupo romántico, ¿qué hacen aquí? Esto pasa por hacer el concierto en Hermosillo, tengo que admitir que la gente de mi ciudad no se compara con la de Obregón, sobre todo si hablamos de buen público. ¿O tal vez Saratoga ha cambiado? es cierto que sus nuevas canciones son mucho mas ligeras, con letras mas tranquilas. Entonces, ¿por qué estoy aquí? claramente no pertenezco a este lugar”

Completamente derrotado por la situación, empiezo a caminar por ahí. Esto es algo que hago cuando realmente no sé que hacer. Mucho tiempo después, veo que dos personas hablan con el guardia y le dan cien pesos cada uno al señor gordo, y él los deja pasar a la zona VIP. Sorprendido, voy lo más rápido que puedo con él y digo: “Vi que esos 2 hombres te pasaron cien pesos cada uno para dejarlos pasar, te daré cincuenta pesos y me dejarás pasar o le diré a los promotores”. Le hubiera ofrecido los cien para no meterme en problemas, pero solo me quedan cincuenta en la billetera y eran para mi comida del día siguiente, ahora me sirven para abandonar mi soledad. El guardia, burlándose, dice: “Tranquilo chico, si te voy a dejar pasar, disfruta” Le doy los cincuenta pesos y entro.

Al fin estoy en el VIP y va a empezar el último grupo antes de Saratoga, son Black Oil un grupo brasileño con un perfil relativamente bajo, pero aun así, de talla internacional. Todo, poco a poco, parece mejorar. Empieza la primera canción y me encuentro a los cuates y al líder de la comunidad. Están felices de verme, todo lo percibo tan maravilloso: la música, la convivencia con los conocidos y los extraños.

Después de un gran espectáculo, el grupo se despide. Entonces caigo rendido al suelo, apenas consciente de lo que sucede, mi cuerpo no da para más. Intento levantarme pero no puedo. Los promotores empiezan a tirar regalos desde el escenario mientras se prepara Saratoga, lanzan uno que caerá cerca, un hombre salta para agarrarlo y cae encima de mí, dicho individuo se levanta, se disculpa y me agarra de la mano para levantarme. Asustado, camino a la orilla del lugar, donde se encuentran los barandales y desaparezco un momento. Todo poco a poco empieza a verse oscuro otra vez. Con dicha oscuridad vuelven los pensamientos negativos, cada vez más irracionales. Para mi sorpresa, un hombre que jamás había visto en mi vida, me dice: “Parece que te encuentras muy mal ¿quieres agua? mira, ni siquiera la he abierto, no te preocupes, puedes tomar toda la que quieras”. Yo lo miro con ojos desbordantes de felicidad, bebo tres tragos y se la devuelvo, sin hablar, conservando la mirada a los ojos. He vuelto a mi sano juicio junto con la fe en la gente, mi gente. Me levanto como puedo y voy a buscar algo, pero nada en especifico, simplemente algún objetivo para mantenerme bien. Encuentro a uno de los cuates y me pregunta: “¿Quieres conocer a Black Oil? Llevo tres días seguidos tomando con ellos, son buenos amigos, de seguro les gustará conocerte”.

La emoción corre por mi cuerpo y me electrifica…

—Claro, vamos ya. —Le respondo eufórico.

—Entonces sígueme. —Dice.

Haciendo caso a sus palabras, lo sigo ciegamente hasta llegar a los camerinos. El cuate abre la puerta y dice con un fuerte acento:

Guys, I have a friend right here who is a great fan of yours, he also speaks perfect english so you gentleman should get along pretty easily.

Pasan alrededor de veinte minutos y nuestra plática termina. Nos tomamos varias fotos y vuelvo al concierto. Para ese momento, Saratoga acaba de empezar, pero de pronto me doy cuenta que estoy en el backstage, aprovecho mi oportunidad y veo el concierto desde una perspectiva que jamás tuve antes. Ahí conozco a los promotores mas grandes de Sonora, todos son tan agradables, todos cantamos, bailamos y nos pegamos al son del concierto.

Empieza la segunda canción, una especial para mi: “Tras las rejas”. En el concierto anterior de Saratoga esta fue la canción con la que empezaron y yo en ese tiempo no la conocía, aquella vez me sentí muy tonto al no conocer la canción de apertura, tonto y avergonzado de mí mismo. Esta vez es diferente, esta vez estoy listo y nada me tomará por sorpresa, me doy cuenta que este concierto superará al anterior.

Pasan las canciones y con ellas, las horas. Vuelvo a la zona VIP para reencontrar a mis amigos, todos están ahí, alegres. Me reintegro con ellos y empieza: “Maldito corazón”. Esta canción es famosa porque, como el título dice, tiene una letra muy dolida y negativa, pero el ritmo es muy rápido y cambiante, lo que la hace perfecta para el desastre. “Hagamos el mayor slam de nuestras vidas” dicen emocionados los cuates. Sin temor, todos los demás estamos de acuerdo, me agarran y empiezan a empujarme contra los demás, el desmadre toma lugar.

La mayoría en zona VIP empieza a correr y empujarse unos contra los otros. Lo encuentro tan emocionante. No soy el único. Los de la zona del medio y los generales empiezan su propio slam.

Llega un momento en que son tres grandes remolinos en el concierto. Las tres zonas ejercen una gran fuerza. Las masas se mueven, y muy rápido. Cuando volteo a admirar el fenómeno, observo que los de la zona general lograron entrar a la zona del medio, uniéndose dos remolinos para formar uno más grande, al ver esto los de la zona VIP nos emocionamos y les gritamos: “Empujen el barandal y luego levántenlo! nosotros los ayudaremos de este lado, unámonos todos!” Dicho y hecho, sucede. Todo es cuestión de segundos. No logro comprender, ni describir lo que siento cuando observo a todos trabajar como para llegar a un bien común, la unidad de todos. Sé que es algo positivo y muy alentador.

Más del 70 por ciento de la gente que se encontraba en el concierto es parte de ese slam. Me pierdo entre la multitud, desconozco en qué parte me encuentro y qué me rodea. Lo primero que alcanzo a distinguir es a un hombre golpear sin piedad el rostro de otro, le rompe la nariz causando un espectáculo bastante sangriento. Los amigos del hombre golpeado agarran al ofensor y le empiezan a pegar, lo cual provoca que los amigos del ofensor lo defiendan. En cuestión de segundos lo que era un slam, que representaba la unidad de todos, se convierte en una lucha salvaje por la supervivencia, digna de ser captada por un documental o las noticias.

No sé que hacer, entro en pánico, pero al mismo tiempo me encuentro fascinado por lo que sucede. Volteo para ver las reacciones de los demás y noto que una mujer bastante joven, de unos once a trece años de edad; está asustada. Creo que no alcanza a comprender lo que sucede. Rápidamente la separo lo más que puedo de la pelea y le tapo los ojos, sin hablarle. Ella se queda quieta. Al menos sabe que no le haré daño.

El vocalista de Saratoga se da cuenta de lo que sucede y espera a terminar la canción, supongo que esto debe ser algo como “Show must go on”. Cuando termina, agarra de forma distinta el micrófono y se para diferente, ahora es mucho mas imponente, siento que es como el macho alfa y su control es absoluto.

—Parece que Hermosillo es justo como me lo describieron, bravo y caliente. —dijo bromeando, pero eso no le quitaba la imponencia. —Ustedes, mis hermanos, han perdido el sentimiento de unidad, cantemos juntos, síganme y hagan lo que yo.

Después de decir eso, Tete empieza a entonar y nosotros lo seguimos, cada vez mas agudo. Me encuentro asombrado por el control que tiene el vocalista, con solo su voz logra calmar a las bestias, es como ver al dueño controlar a todos sus perros con solo un silbido. Todo se tranquiliza, Saratoga vuelve a tocar y le destapo los ojos a la mujer, ella me ve, sonríe sin hablarme y se va a buscar a su banda.
El resto del concierto ha sido disfrutar solo, ya que no he logrado encontrar a mis amigos, pero no me siento triste, se que están por ahí disfrutando. He estado ignorando las llamadas de mi madre, creo que se pondrá histérica cuando me vea.

El concierto ha acabado, el ayuntamiento y la policía llegan (solo un poquito tarde) a revisar el caso de la pelea y a escoltar a Saratoga, sin permitir fotos ni que sean abordados por la prensa. Me encuentro un tanto desilusionado por esto, pero no importa, me voy a buscar a mis amigos para despedirme y agradecerles por la gran noche. Ellos se encuentran tan desorbitados por tanto alcohol y mariguana que ni se dan cuenta de que me voy.

Estoy caminando, salgo del Expoforum y me encuentro al vocalista caminando hacia su camioneta, corro hacia él con las últimas fuerzas que me quedan y le digo: “Gracias por el gran evento”, me doy cuenta de que no me escucha, sigo mi camino y llamo a mi madre.

—Hijo, ¿ya quieres que vaya por ti? —Pregunta preocupada.

—Sí, por favor, tuve planeado devolverme con unos amigos para no molestarte, pero las condiciones no se dieron.

—No hay problema, ya iba en camino de todos modos.

—Mamá ¿traes agua?

—Sí, ¿por?”

—Porque creo que ni toda el agua de Obregón podrá saciarme.

*Estudiante de sexto semestre de El Colegio de Bachilleres del Estado de Sonora.