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FOTO DE LA SEMANA: “Amarillo”

La imagen fue capturada por Jesús Morales.

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

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Heridas invisibles

Zulema Trejo Contreras*

Las palabras hieren no es una frase sin sentido, lo que decimos puede causar más daño a una persona que un daño físico porque este es visible y se hará lo imposible por subsanarlo, en tanto que las consecuencias de un ataque verbal, al ser intangibles en la mayor parte de los casos, pasan inadvertidas para todos excepto para la persona que lo sufre. La persona víctima de un ataque verbal no suele pedir ayuda  y, en el raro caso de que lo haga, lo más común es que no la reciba. En el mejor de los casos se le dirá “que aguante”, “que sea fuerte”, “que no haga caso”. En el peor, la petición de ayuda se convertirá en objeto de burla, es decir, en otro ataque que se disfraza con la simpática e “inofensiva” “carrilla”. Ahí las frases burlescas como “ni aguantas nada”, “qué exagerada” se dicen con un tono burlesco que no hace más que “poner sal a la herida” como se dice coloquialmente.

Sin embargo, una persona puede defenderse de las puñaladas vestidas de palabras, puede eludirlas, contraatacar, refugiarse en la oscuridad del silencio, alejarse físicamente de quien la agrede. Incluso si no enfrenta a su atacante en el instante de ser atacada, quizá más tarde, cuando el shock haya pasado, vuelva el valor y el ataque sea repelido ya sea de forma directa o indirecta. ¿Pero qué pasa con las personas que no pueden defenderse?, ¿las que ni siquiera tuvieron la oportunidad ya no digo de optar por la defensa, sino de saber que estaban siendo atacadas?

En la historia hay múltiples ejemplos de mujeres que vivieron estos ataques verbales. Por ejemplo, los biógrafos de la reina Victoria de Inglaterra dicen que ésta lloraba cuando veía las caricaturas que publicaban los periódicos londinenses burlándose de su sobrepeso o el largo luto por la muerte su esposo el príncipe Alberto. La reina María Antonieta de Francia es, por decirlo de alguna manera, el ejemplo perfecto de mujer calumniada. Quienes estudian su vida niegan que la reina fuera la alcohólica incestuosa que se presentaba en los panfletos de su época.

Así como estos podríamos relatar más ejemplos, pero son ejemplos de mujeres vivas que se enteraron de los ataques en su contra. ¿Qué pasa con las que han muerto y su muerte es objeto de ataque, como sucedió en el caso de Ana D. Mendoza cuya muerte se anunció en los medios de comunicación con el titular de “Por andar de fiesta con malas compañías termina mujer estrangulada”, es decir, además de que la mataron, ¿la culpable de su muerte fue ella misma?, y no sólo eso, después de fallecida se le sigue golpeándo con las palabras indicando que era “fiestera” y que no sabía elegir a las personas con las que salía? Me pregunto cuál fue la motivación para publicar estas cuestiones en un encabezado que cientos de personas verían. ¿Conocían a la víctima, sus hábitos, su vida? ¿Bajo qué criterios se dice que las personas con las que estaba eran “malas compañías”? ¿Se implica que ella ni siquiera tenía la capacidad de discernir con quién podía o no podía salir? Las palabras hieren, sobre todo cuando son escritas sin tomar en cuenta el significado que esconden.

El viento se llevará las palabras que volvieron a asesinar a Ana, pero la memoria guardará la acción que las produjo. ABC no se olvida, Ayotzinapa no se olvida, 2 de octubre no se olvida y acerca de estos eventos se han realizado foros, mesas redondas, escrito libros, artículos… pero los 49 niños aún esperan justicia, todavía esperamos el regreso de los normalistas y los desaparecidos de Tlatelolco. Aún esperamos justicia para los que derramaron su sangre en esa plaza. Aún espero que la costumbre de herir con palabras se detenga.

*Profesora-investigadora de El Colegio de Sonora.